Durante su homilía dominical, Mons. Carlos Enrique Samaniego López reflexionó sobre el misterio del pecado original a partir de la carta de san Pablo a los Romanos, destacando que el pecado y sus consecuencias son una realidad presente en la vida humana, pero que la gracia de Cristo es siempre más grande.

El Obispo de Texcoco explicó que, así como por la desobediencia entró el pecado en el mundo, por Jesucristo llegó la salvación, el perdón y la posibilidad de participar de la vida misma de Dios como hijos suyos. Recordó que donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia, y que la esperanza cristiana se fundamenta en la victoria de Cristo sobre el mal.

Mons. Samaniego señaló que el creyente está llamado a no normalizar el pecado ni la injusticia, sino a convertirse en signo de luz en medio de la sociedad, haciendo presente el Reino de Dios mediante obras concretas de bien, justicia y misericordia.

Al concluir, invitó a los fieles a vivir las enseñanzas del Evangelio, especialmente la regla de oro y el perdón, para convertirse en levadura que transforme el mundo. “No te dejes vencer por el mal. Vence el mal con la fuerza del bien”, recordó como una tarea permanente para todo discípulo de Cristo.

Mons. Carlos Enrique Samaniego López

Homilía del 21 de junio de 2026

Hablaremos el día de hoy del pecado original que se hace presente en la carta de san Pablo a los Romanos, en la segunda lectura. Es un tema que ha llevado a un gran acercamiento entre los protestantes, anglicanos, luteranos, con la Iglesia Católica. Y es por ello que vamos a acercarnos a este tema, a tratar de profundizarlo un poco y sacar algunas consecuencias para nuestra vida.

En primer lugar, veamos que, como un eco de esta segunda lectura, en donde en unas tres líneas podemos recordarlo, porque hay veces que lo acabamos de escuchar, pero se va pronto de nuestra memoria el texto, nos dice san Pablo cómo por un hombre entró el pecado al mundo, por la desobediencia de ese hombre, Adán.

No estamos hablando el día de hoy si fue monogenismo, si solamente era un hombre y una mujer, una sola pareja, o era una generación, poligenismo. Simplemente hablamos del primer pecado, sea en el contexto del poligenismo o monogenismo. Pero hubo ese primer pecado de desobediencia a una ley.

¿Cuál era esa ley? Que no se podía tomar fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. Pero el ser humano podía tomar del fruto de los otros árboles. Y estaba, por ejemplo, el árbol de la vida. Ese árbol de la vida ya existía en otras culturas, en Mesopotamia, en Egipto. El árbol de la vida era para el faraón, era el árbol que tenía el fruto de la inmortalidad. En esta historia del pueblo de Israel, el árbol de la vida es para todo ser humano, pero hay un árbol de la ciencia del bien y del mal que trae consigo el poder absoluto y de ese árbol no se puede comer, es decir, ser como Dios.

Actualmente hay quien quiere ser Dios abusando del poder, abusando de la fama, abusando del placer, sin límites, sin frenos, como si fuera un dios. Y es que el comer de ese árbol traería como consecuencia la autodestrucción. Por eso esa desobediencia de comer de ese árbol, transgredir esa ley, introdujo la muerte, la condenación para el género humano.

Ese pecado se transmite por generación, no por imitación, decía san Agustín. Y es así como entró el pecado al mundo y con él la muerte. Pero también por un solo hombre viene la salvación: por nuestro Señor Jesucristo, por un acto, el de su entrega total en su pasión, muerte y resurrección. Y nos trajo así la justificación.

La justificación significa la remisión del pecado, el perdón del pecado, y además nos trae algo que antes no teníamos. Nos elevó a la condición de ser hijos de Dios, nos incorporó a su filiación divina, a su relación con el Padre y con el Espíritu Santo. Y es por ello que su redención nos ha traído algo que no teníamos. Por eso se dirá en la Edad Media: “Oh, feliz culpa que mereció tan grande Redentor”.

San Pablo lo sintetiza diciendo: “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”. Por eso san Pablo, si nos habla de Adán, el pecado y sus consecuencias, es porque en realidad nos quiere hablar de Cristo, la gracia, su amistad con Él y sus consecuencias.

Por eso el día de hoy nos estamos acercando a este misterio. Es un misterio el del pecado original. Misterio no quiere decir algo que no se pueda conocer, sino algo que no se puede abarcar, pero podemos conocerlo más y más, y más. Por eso nos estamos acercando el día de hoy a este misterio del pecado original, pero también comporta una realidad tangible, empírica, verificable en nuestra vida.

Ciertamente ha quedado una consecuencia; en la teología se le llama concupiscencia, un apetito sensible al pecado, al mal, que san Pablo va a resumir muy claramente cuando dice, y a ver si se identifica cada uno: “Hago el mal que no quiero y no hago el bien que deseo”.

Vivimos esa contradicción de manera interior y esto va afectando a la sociedad. Por eso digo que es una realidad empírica, verificable, que se puede tocar. Vemos injusticia, crimen, violencia; vemos lujuria, vemos contaminación. Un río sucio infecta la geografía de la historia humana. Está presente el mal, el pecado. Allí está, se puede tocar, se puede verificar. Y nace entonces un deseo en nosotros de redención, de liberación de ese mal.

Por eso veamos cómo se ha explicado el mal a lo largo de la historia, solamente con dos grandes modelos donde podemos englobar muchas maneras de explicar el mal.

El primer gran modelo es el de los dualismos. Es decir, existen como dos principios, como si fueran dos dioses, uno bueno y uno malo. Y de ahí se crea el ser que somos nosotros, donde también tendríamos esa lucha entre el bien y el mal.

Y nos lo dicen nuestros padres y abuelos: “Hijo, así como existe el mal, existe el bien”. Y vemos expresiones muy populares, en un camión de pasajeros, un póster pegado donde está Jesús jugando a las vencidas con el demonio. ¿Han visto eso? O bien, en las caricaturas, en dibujos animados, vemos a “Don Gato y su pandilla” y al gatito con un angelito que le habla en un oído y otro como diablito que le habla en el otro oído. Ese es el maniqueísmo, los dualismos.

Y entonces siempre estarían al mismo nivel el bien y el mal. Son fuerzas antagónicas, pero esto no satisface en nosotros el deseo de redención, de liberarnos del mal, porque siempre estarían el bien y el mal al mismo nivel luchando. Siempre estaría esta pugna.

Decía un filósofo, Pascal, que a nuestra naturaleza buena, originaria, se ha superpuesto como si fuera un disfraz, como una doble naturaleza que hace que todo aquello que consideramos que es mal, o que objetivamente es un mal, lo veamos con la palabra normal.

Por ejemplo, se llega a decir: “Es que los sacerdotes son pederastas, o se enamoró de una mujer. Ay, es normal”. Espera, que vaya siendo algo común, lamentablemente, no quiere decir que es normal. Tan mal está que sea común, tan mal está que se vea como normal.

“Un abogado es un tranza. Ah, es normal”. No, esto no puede ser normal.

“Que un político equivale a corrupto. Es que es normal”. No, no debe ser considerado el mal como algo normal.

Decía un joven: “Vi a unos muchachos en la universidad tirando residuos químicos a un río y lo estaban contaminando, lo tiraban en las coladeras, pero eso es normal aquí”, como ver a otra persona con dos ojos, una nariz y una boca.

“Vi a una persona que estaba asaltando a una mujer, le quitó la bolsa, le dio unos golpes y nadie se metió. Es normal”, como ver a alguien con dos ojos, una nariz y una boca.

“Vi a un hombre besando a otro hombre. Ay, es normal”, como ver a alguien con dos ojos, una nariz y una boca.

No normalicemos las cosas. Una cosa es que sean comunes y otra es que sean normales. A nuestra naturaleza buena, pura, se ha superpuesto como una doble naturaleza que hace que le llamemos normal al mal. De tal manera que esta primera explicación no satisface nuestro deseo de redención.

Veamos la segunda explicación del mal. Se llaman monismos. Solo hay un principio, no dos, uno solo, como un Dios. Y de ese Dios viene el ser que somos nosotros. En ese Dios hay como una mezcla de bien y de mal. Y también en nosotros habría esa mezcla de bien y de mal.

A veces actuamos haciendo el bien, a veces actuamos realizando el mal, y lo sabemos. No estoy hablando de quién dice o quién determina lo que está bien o mal, sino que sabemos, nuestra conciencia nos dice que no está bien aquello y, sin embargo, lo hacemos.

Hay una mezcla. Aquí lo que privaría finalmente sería el interés. Cuando me interesa, hago el bien. Cuando me interesa, hago el mal. Aquella persona es muy honrada, pero ponlo ante la caja en el negocio y vamos a ver si es honrada. Aquella persona es muy fiel, pero ponlo ahí, delante de otras personas, cuando tiene la posibilidad de pecar. Veamos si es fiel. Lo que cuenta en esta explicación es el propio interés, la propia ambición.

Finalmente, ¿qué nos explica la fe católica? Nos decía el Papa Benedicto que existen dos misterios de luz y un misterio de noche.

El primer misterio de luz: que solo hay un principio, que es Dios, que es totalmente bueno. En Él no existe mezcla de bien y de mal, es totalmente bondad. Es la suma bondad, la suma belleza, el sumo bien. Y el ser, nosotros, somos creados a imagen y semejanza de Dios.

El segundo misterio de noche nos dice que realmente existe el mal, pero que viene de una fuerza subordinada, es decir, no viene de Dios. Se ha introducido el mal por la envidia del diablo, de una criatura que no es igualmente poderosa que Dios, sino infinitamente menor; es una criatura.

Y el tercer misterio de luz nos dice que a ese río sucio que infecta la geografía de la historia humana, Dios le ha opuesto una fuente absoluta de bien. Es Jesucristo y son los santos que han seguido las enseñanzas de Jesucristo. Y es ahí donde nosotros nos podríamos enlistar.

Nuestro Señor Jesucristo no solamente nos dio algunas enseñanzas, por ejemplo: “Perdonen hasta setenta veces siete”, sino también de modo ejemplar lo hizo. No nos redimió con palabras hermosas, sino con su entrega. Lo vemos en la cruz diciendo: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.

Y además nos envía el Espíritu Santo para capacitarnos a hacer el bien. No solo lo dijo, no solamente lo realizó de manera ejemplar, sino que nos da el poder para realizar también este bien.

Concluyo solamente diciendo: ¿cómo podemos sumarnos a esta corriente de bien, de luz, que también limpia la geografía de la historia humana de la corrupción, de la contaminación, del vicio, de la lujuria, del mal?

Algunas enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo.

“No te dejes vencer por el mal. Vence el mal con la fuerza del bien”. Practiquemos esto y veremos cómo en nuestro entorno las cosas cambian.

En segundo lugar, solo por decir algunas enseñanzas prácticas concretas, máximas para la vida, la regla de oro, en sentido negativo, que dice: “No hagas a los demás lo que no quieras que hagan contigo”. O en sentido positivo: “Haz a los demás lo que quieras que hagan contigo”.

Y, en tercer lugar, perdonar hasta setenta veces siete. Que seamos, pues, nosotros, como levadura que fermenta la masa con las enseñanzas del Evangelio. Que seamos como luz que disipa las tinieblas, la oscuridad de la violencia, del mal, de la mentira. Que nosotros seamos también como esa sal que preserva de la corrupción y que le da sabor a la vida.

Pidámosle al Señor que nos ayude a hacer presente su Reino, a ser semilla con nuestro comportamiento, con nuestros valores, a ser semilla de otro reino. Que así sea.