En la celebración eucarística de este domingo, Mons. Carlos Enrique Samaniego reflexionó sobre la vocación de San Mateo, destacando que Jesucristo continúa llamando hoy a hombres y mujeres de toda condición para seguirle y participar en su misión evangelizadora.
A partir del relato evangélico de la llamada del publicano Mateo, el Obispo explicó que la misericordia de Dios no se detiene ante el pecado, sino que descubre en cada persona el bien que está llamada a realizar. Recordó que Jesús pasó, miró y llamó a Mateo, invitándolo a dejar atrás su antigua vida para convertirse en apóstol.
Mons. Samaniego subrayó que la vocación cristiana nace de la iniciativa de Dios y de su confianza en el ser humano. “Jesús no llama a los justos, sino a los pecadores”, señaló, invitando a los fieles a reconocer con humildad sus propias faltas y a abrirse a la gracia transformadora del Señor.
Durante la homilía destacó que la Iglesia continúa siendo lugar de misericordia y reconciliación para todos, sin excluir a nadie de la posibilidad de la conversión. Asimismo, recordó que Cristo sigue llamando a jóvenes, profesionistas, servidores públicos y fieles laicos a hacer presente el Evangelio en los diversos ambientes de la sociedad.
Finalmente, exhortó a los presentes a escuchar en su corazón la voz de Jesús que hoy sigue pronunciando la misma invitación dirigida a Mateo: «Sígueme», confiando en que el Señor puede transformar la vida de quien responde generosamente a su llamado.
Mons. Carlos Enrique Samaniego López
Homilía del 07 de junio de 2026
San Mateo, el día de hoy, nos habla no de lo que Jesús dijo o hizo con otros, sino de lo que hizo consigo mismo. Nos podemos imaginar a San Mateo escribiendo este evangelio, en donde narra su propia vocación, con la mano quizá temblorosa. Nos habla del pecador que se convirtió en apóstol, que es él mismo.
Nos puede ayudar para acercarnos a este evangelio un gran pintor italiano, Michelangelo Merisi, mejor conocido como Caravaggio, un pintor del siglo XVII que pinta la escena llamada La vocación de San Mateo. Está el Señor Jesús con una mano extendida. No sé si han visto aquella imagen de la Creación donde se juntan, o donde casi se tocan dos manos, pero no se tocan en realidad. Y está la mano así de Dios Padre, perdón, de Jesucristo, y la del ser humano. Están a punto de tocarse. Así es la mano de Jesús en el cuadro de Caravaggio. Está haciendo un llamado, una invitación.
Jesús está vestido al estilo de los nazarenos, como en el siglo I, pero San Mateo está vestido a la usanza del siglo XVII. Esto nos muestra que Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre, y sigue llamando.
Por eso, al lado de Jesús está San Pedro, quien imita, quien hace eco también de Jesús porque tiene la misma postura. De una manera más tenue aparece San Pedro también con la mano extendida. Y es que el sucesor del apóstol Pedro es el Papa. De hecho, las siglas PAPA dicen que significan eso: Petri Apostoli Potestatem Accipiens, el que recibe la potestad del apóstol Pedro. Es el vicario de Cristo, es el que hoy hace las veces de Cristo. Es un eco de Cristo que sigue llamando.
Apenas el día de ayer lanzó el Papa un llamado directo a la vocación sacerdotal, religiosa, misionera y laical, en un encuentro que tuvo con los jóvenes en Madrid. El Papa, pues, hace las veces de Cristo que sigue llamando al ser humano, y lo llama hoy, ya no ahora en el siglo XVII, sino en este siglo en que estamos viviendo.
San Mateo, en ese cuadro de Caravaggio, tiene una mano tocando las monedas porque él era recaudador de impuestos. La otra mano se la lleva al pecho, como preguntando: “¿Yo? ¿A mí me estás llamando?”. Tiene que escoger, pues, Mateo, entre su antiguo oficio, las monedas, las finanzas, ser recaudador de impuestos, ser contado entre los pecadores, porque el recaudador de impuestos era del pueblo de Israel, pero trabajaba para el Imperio Romano que estaba dominando. Es un pecador. Así era considerado el que se dedicaba a ser recaudador de impuestos.
Está, pues, ante esa disyuntiva. Tiene que decidir. Y es ahí precisamente cuando el Señor Jesús le dice: “Sígueme, sígueme”, porque lo mira con misericordia y le dice: “Sígueme”.
El Papa Francisco utilizaba en su lema una traducción antigua de San Beda el Venerable, una traducción muy hermosa: Miserando atque eligendo, que quiere decir: “Y mirándolo”, Jesús a Mateo, “y mirándolo con misericordia lo llamó”, porque era un pecador y lo iba a llamar. “Mirándolo con misericordia lo llamó”.
El día de hoy pensemos en nosotros. El evangelio es para nosotros, para hoy. Mirándote con misericordia te quiere llamar el Señor.
Ahora, San Mateo, descubriendo este llamado de Dios, se pone feliz. Alguien se ocupó de él y hace una fiesta. Y en la fiesta llegan sus amigos, que eran también recaudadores de impuestos. Decía San Agustín: “Aquello debió ser un festín de pecadores”. Y decía San Cipriano que la Eucaristía es la asamblea de los pecadores reunidos en torno al altar del Señor.
Se reproduce, pues, el evangelio. Somos la única profesión católica, cristiana, que comienza su rito diciendo: “Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”, reconociéndonos pecadores, aunque tal vez alguno quiera tener a la suegra, al hijo, y decirle: “Por tu culpa, por tu culpa, por tu grandísima culpa”. Pero no, nos reconocemos pecadores en primera persona y se reproduce aquel evangelio.
Jesús no ha venido a llamar a los justos, sino a los pecadores. No ha venido por los sanos, sino por los enfermos, nos dice este evangelio. Por eso va a llamar a aquel publicano a ser justo, a aquel pecador a ser apóstol.
Caravaggio al final pintó otra pintura de San Mateo que se perdió en la Segunda Guerra Mundial, pero quedan otras donde ahora está San Mateo también en una mesa, pero ya no de impuestos, sino en una mesa escribiendo el Evangelio. Está siendo guiado por un ángel.
En su plan misericordioso, Jesús escogió a Mateo, el publicano, para convertirlo en un apóstol. Eligió, por ejemplo, a la samaritana para que anunciara que Él era el Mesías. Eligió, por ejemplo, a María Magdalena para anunciar su resurrección. Levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre, como dice la Biblia, para sentarlo entre príncipes.
Lo llamó y podríamos decir hoy: “Me llamó”. Se encuentran su misericordia y nuestra miseria. Mirándote con misericordia, también te está llamando hoy.
¿Quién pudo haber sido Mateo? Su nombre quiere decir “don de Dios”, pero así como estaba actuando, no era un regalo de Dios, no era una bendición de Dios. Pero se convirtió.
¿Cómo se da el paso de publicano a apóstol, de cobrador de impuestos a santo?
El Señor Jesús, en primer lugar, lo encuentra en su propio escenario, en su propio oficio. Lo encuentra en la oficina de aduana y Jesús va a realizar tres verbos: primero, pasa; lo mira y lo llama.
Hoy también Jesús pasa, te mira y te llama.
Veamos la respuesta de San Mateo también en sus verbos. San Mateo acepta, escucha, se levanta y lo sigue. Hoy podemos conjugar esos verbos en primera persona.
Y así se hizo aquel banquete. Comían en la casa de un publicano. Era un número alto de pecadores publicanos. Y los fariseos les preguntaban a los discípulos: “¿Por qué su maestro come con pecadores?”. Y es cuando el Señor Jesús escuchó, diciendo: “Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. Aprendan la profecía”.
Y aquí el Señor Jesús cita al profeta Oseas: “Misericordia quiero y no sacrificios”. Jesús ha venido por las ovejas perdidas de la Casa de Israel.
¿Cómo entender esta misericordia?
Mateo vio en la mirada todo el bien, toda la ternura que va más allá de su pecado. Esa es la misericordia de Dios. No mira solamente lo que soy, sino lo que estoy llamado a ser. Y aquello que soy lo abraza el Señor Jesús.
Él le dice a Mateo: “Sígueme”. Mateo se va convirtiendo poco a poco en un don de Dios, en un regalo de Dios, en una bendición de Dios. Pero él se presentó como pecador, como es. Y Jesús, que conoce su condición, lo llama.
Jesús se presenta como el médico, sin prejuicios, con mirada de estima, de confianza; no de juicio, sino de terapia; no para reprender, sino para curar. La vocación es un camino también de sanación.
Mateo fue perdonado, fue purificado, fue capacitado para ser signo de la misericordia de Dios. Fue llamado a ser un apóstol de la misericordia de Dios. Fue llamado ahí, en su ambiente, en su oficina.
No hay espacio de nuestra cotidianidad por donde Jesús no pueda pasar. Mateo fue llamado en ese trabajo sucio para una sociedad ocupada por lucrar. Ahí es donde lo encontró Jesús. Pero Jesús le dijo: “Sígueme”.
Por eso también nosotros vamos a dejarnos misericordiar por Jesús ahí, en nuestro ambiente, en nuestro lugar, y luego podemos ser misericordiosos con la misericordia de Dios con los demás.
El Señor Jesús nos decía: “Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso”. El culto que el Señor quiere es la misericordia. Por eso, déjate misericordiar para dar misericordia.
¿Por qué estamos aquí el día de hoy? ¿Por qué hemos venido? Pues porque nos llamó. Nuestra vocación se basa en un acto de confianza. Él cree en nosotros.
Llama no a los justos, sino a los pecadores. Me llamó no por ser justo. La llamada del Señor es para perdonarme, para cambiarme.
Un vocacionado puede ser un signo ante el mundo de las maravillas que hace Dios. La vocación no es un reclutamiento para aumentar el número de católicos. Tampoco es una fina selección de personal como lo harían los cazatalentos. Precisamente donde nuestros límites son más evidentes, se hace presente el Señor de una manera mucho más clara y contundente.
Dios me llamó a pesar de mi indignidad. O mejor todavía: Dios me llama a propósito de mi indignidad. Porque un indigno soy. Por eso es que me llamó, para dar a conocer al mundo que me llamó y que me hace dar pasos en la vida por mi amado Jesús.
Por eso hoy deja que el Señor pase por tu vida. Él te mira y te quiere decir: “Sígueme”, y ojalá le respondas.
Al final del evangelio, unos estaban llenos de alegría y otros estaban llenos de ira. Llenos de alegría porque nadie creía en ellos. Estaban desahuciados incluso por ellos mismos. Pero Jesús les da esperanza a todos al llamar a Mateo. Ahora todos podemos ser llamados por Dios.
La condición: reconocernos pecadores. Hemos de tener la capacidad de ver y reconocer nuestras propias faltas, sin excusas, sin atenuantes, sin echarles la culpa a los demás. Y hemos de tener verdaderos deseos de corregirlas. Verdaderos deseos significa poner verdaderos medios y acercarnos a Jesús que nos puede transformar. Es necesario que reconozcas tu necesidad.
Si Jesús llamara a los justos, ¿quién estaría hoy aquí? Hemos pecado de pensamiento, palabra, obra y omisión. Si alguien dice que no tiene pecado, miente, dice la Primera Carta del Apóstol San Juan.
Los que se juzgan buenos y excluyen a los demás, los que se creen buenos, incluso mejores que muchos, quedan excluidos de los enfermos para ser sanados por el médico divino.
La Iglesia sigue siendo santa, pero reconoce en su seno a sus hijos pecadores. Algunos protestantes excluyen a los pecadores. No podemos desconocer que muchos delincuentes son católicos. No los podemos nosotros excluir, desahuciar. No los podemos desconocer. No los rechazamos. No los abandonamos.
Sé que esta Eucaristía se transmite también en las redes. Por eso, el día de hoy quiero decir: hermano narco, hermano secuestrador, hermano delincuente, conviértete y cree en el Evangelio. Hermano narco, arrepiéntete, vuelve a casa. Eres católico, estás llamado a expresar la ternura de Dios.
Por eso nosotros en la Iglesia visitamos a los presos. Vamos a los anexos, hacemos jornadas y siempre hay confesiones. Hermanos, en nombre de Cristo, a todos les pedimos que se reconcilien con Dios.
La Iglesia, pues, abraza en su seno a los pecadores. Es a la vez santa y siempre necesitada de purificación, y busca sin cesar la conversión y la renovación.
El día de hoy siente en tu corazón la palabra: “Sígueme”. No importa que tu vida pasada sea el pecado. Sígueme, porque a cada suspiro se puede volver a empezar. Hoy Jesús te dice: “Sígueme”. Hoy comienzas el primer día del resto de tu vida. Sígueme.
Jesús llama a funcionarios, así como llamó al recaudador de impuestos; llama a legisladores, llama a políticos, llama a gestores. Necesita de ellos para hacer presente el Evangelio, como San Mateo, en un mundo alejado de Dios. Y sigue llamando a jóvenes a la causa del Evangelio, dispuestos a dejar sus monedas, el matrimonio, la profesión, para estar libres para Jesús, que hoy te dice: “Sígueme”.
Finalmente, los fariseos se escandalizaban de que Jesús haya llamado a pecadores, a gente con fallas. Hoy muchos se escandalizan porque Dios nos ha llamado a algunos obispos, algunos sacerdotes, religiosas. Nos critican, y tienen razón en exigirnos que seamos mejores. No somos ángeles, somos frágiles, somos pecadores, pero también estamos llamados a la conversión. No nos excluye el Señor.
Por eso ayúdennos con sus oraciones, que Jesús quiere darles su gracia a través de nosotros. Los apóstoles tenían muchas fallas, pero por medio de ellos Jesús quiso continuar su obra salvadora en todo tiempo y lugar.
Hoy también el mensaje de Jesús puede hacer de cada uno de nosotros un pecador que se convirtió en un apóstol. Que su llamado cale hoy en tu corazón:
¡Sígueme!
