En la Solemnidad de Pentecostés, nuestro Señor Obispo reflexionó sobre la acción renovadora del Espíritu Santo en medio de un mundo marcado por el caos, la confusión, el temor y la desilusión. Inspirado en el relato bíblico de la creación y en la experiencia de los apóstoles después de la Resurrección, destacó que el Espíritu de Dios sigue “aleteando sobre la faz de la tierra” para devolver orden, armonía, luz y esperanza a la humanidad.
Durante la homilía señaló que, así como el Espíritu Santo transformó el miedo y la tristeza de los discípulos en valentía misionera el día de Pentecostés, también hoy quiere renovar los hogares, las relaciones humanas y la sociedad entera, especialmente ante realidades como la violencia, la incertidumbre social y el desánimo que afectan al mundo actual.
Asimismo, invitó a los fieles a dejar actuar al Espíritu Santo a través de tres medios concretos: el silencio interior, la limpieza de corazón y la humildad. Subrayó que el Espíritu de Dios habla en lo profundo de la conciencia y que, para escucharlo, es necesario apartarse del ruido constante y abrir espacio a la oración y al discernimiento.
También recordó que cada persona es templo del Espíritu Santo, por lo que llamó a cuidar la dignidad propia y la de los demás, evitando toda forma de violencia física, verbal o psicológica. Finalmente, exhortó a los presentes a preguntarse qué espíritu guía realmente su vida: el espíritu del mal, el espíritu del mundo, el propio egoísmo o el Espíritu Santo. Concluyó animando a la comunidad a convertirse en mediadora de la gracia de Dios, permitiendo que el Espíritu Santo revitalice la fe y lleve esperanza a quienes más la necesitan..
Mons. Carlos Enrique Samaniego López
Homilía del Domingo de Pentecostés
En el principio todo era caos, confusión y oscuridad. El Espíritu de Dios aleteaba sobre la faz de la tierra. Y del caos hizo el orden. A Dios le gusta el orden. Lo vemos en las estrellas del cielo, lo vemos en los microorganismos. “Guarda el orden y el orden te guardará a ti”, dice San Agustín. Y aquello que era confusión fue cambiado por el cosmos. De ahí viene la palabra cosmético, algo bello, algo armonioso, algo estético. Y la oscuridad fue disipada con la luz del Espíritu de Dios.
Otro momento muy paradigmático de la acción del Espíritu Santo se da cuando mataron a Jesús de Nazaret. Los apóstoles se escondieron, otros se dispersaron, pero el Señor resucitó y, a pesar de que se encontraron con Él, ellos tenían temor a que les pasara lo mismo. Había tristeza y llanto entre los discípulos. Se cuenta que María Magdalena, al menos cuatro veces, se menciona que estaba llorando. Temor, tristeza, llanto, desilusión. Los discípulos de Emaús salieron hacia su patria desanimados, desalentados.
Pero el día de Pentecostés vino el Espíritu Santo y se manifestó con lenguas de fuego sobre los apóstoles. Y ellos, con esa nueva efusión, salieron a anunciar que Jesús estaba vivo. Salieron a compartir sus enseñanzas, a bautizar a todos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, hasta los confines del universo.
Hoy también estamos viviendo como al principio, un caos. El Papa Francisco decía que es una tercera guerra mundial a pedazos y también lo ha reiterado el Papa León. Y vemos ese caos entre Ucrania y Rusia, en Medio Oriente, también en nuestro continente. Un verdadero caos que requiere de orden. Hay una confusión política que se resume en: “ya no hay ni a cuál irle”. Hay también oscuridad. Al bien se le llama mal, al mal se le llama bien.
Y ante ese nuevo caos, confusión y oscuridad, el Espíritu de Dios aletea sobre la faz de la tierra, sobre este mundo, nuestro mundo, el mundo de mi hogar, el mundo de mis relaciones laborales o escolares, ese mundo en el que vivo en relación con mis vecinos, en mi colonia.
El Espíritu de Dios está aleteando sobre la faz de la tierra para poner orden, armonía y luz. Y también, como en tiempos de Jesús, hoy hay temor a ser asaltado, hay temor ante la violencia, hay tristeza y llanto por las víctimas que cobra el crimen organizado. Hay desilusión, desánimo por el desempleo, por la falta de salud y las atenciones debidas a ella.
Y tenemos nuevamente, como en tiempos de Jesús, temor, tristeza, llanto, desilusión. Y el Espíritu Santo también aletea hoy sobre la faz de la tierra. Quiere realizar un nuevo Pentecostés en este mundo, en tu mundo, en tu hogar, en el mundo de tus relaciones, en el mundo laboral, en el mundo escolar, en ese mundo donde cada uno de nosotros nos movemos habitualmente.
Por eso el día de hoy nos podríamos preguntar cómo dejar actuar al Espíritu Santo, que normalmente ocupa de la mediación humana para manifestarse.
En primer lugar, es necesario hacer silencio, porque el Espíritu Santo no se impone a fuertes voces, sino que nos va hablando en la conciencia, en lo más íntimo. Por eso va bien desconectarse de tanto ruido exterior de las redes, desconectarse también de tanto ruido interior, tantas preocupaciones que nos acechan y que no nos dejan escuchar la voz de Dios.
Va bien pensar antes de hablar, meditar antes de actuar, orar antes de tomar decisiones y orientar la vida. Cuántas malas decisiones por no pararse un momento a pensar, a pedirle al Señor su guía, a pedirle que nos sugiera qué hacer, qué decir, qué pensar, cómo movernos en la vida. Por eso el primer medio es el silencio.
En segundo lugar, conviene la limpieza de corazón. Decía San Juan de Ávila, “que el limpísimo huésped del alma, el Espíritu Santo, requiere una limpísima morada”. Y es que nosotros somos templos del Espíritu de Dios, pero no solo nosotros, también los demás. Ahí habita Dios.
Por eso no solamente hemos de respetarnos, sino incluso venerarnos los unos a los otros, porque ahí está Dios, ahí está el templo de Dios. La violencia física profana el templo de Dios. Lo mismo la violencia psicológica y la violencia verbal. Hemos de cuidar el templo de Dios, el propio templo de Dios y también el de los demás, “porque limpísimo huésped del alma” requiere una limpísima morada que hemos de limpiar también del pecado, de las faltas, para que ahí habite Dios a sus anchas.
Cuando pasaba el Papa Juan Pablo II, todos decían emocionados, “algo tiene”. ¿Qué va a tener? Lo mismo que tú y que yo al ser bautizados: el Espíritu Santo. Pero él lo dejaba mover a sus anchas. Era un hombre guiado, empujado, movido por el Espíritu de Dios. Por eso una reportera, en una ocasión, al ver que apenas podía moverse por la salud física y por el peso de los años, decía: “Es un cuerpo arrastrado, guiado por un espíritu”.
Y un tercer medio para dejar actuar al Espíritu Santo en nuestra vida, y a través de ella en el mundo, es la humildad. Porque el Espíritu Santo utiliza de la mediación humana. Por lo tanto, el humilde, cuando dice: “¿Me ayudas?”, el Espíritu se hace presente a través de los demás y te auxilia. Cuando el humilde dice: “¿Me enseñas?”, el Espíritu Santo te ilustra a través de la sabiduría, de los conocimientos de los demás.
Pero el soberbio dice: “Déjame, yo puedo solo”. Y el Espíritu Santo dice: “Es un todopoderoso. Él lo puede solo”. El soberbio dice: “Ya, yo ya lo sé”. Y el Espíritu Santo entonces dice: “Él lo sabe todo”, y no puede actuar a través de los demás.
Por eso nos conviene mucho la humildad. Además, es la única virtud que pidió Jesús que le imitáramos: “Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón”.
Ahí tenemos tres medios para dejar actuar al Espíritu Santo en nuestra vida: silencio, limpieza de corazón y humildad. Y a través de nosotros quiere Él renovar ese caos, confusión y oscuridad a través de su actuación en nosotros; quiere infundir la alegría, la vitalidad al mundo donde hay temor, tristeza, llanto, desilusión.
El día de hoy nos podríamos preguntar: ¿quién está guiando mi vida? Con mucha sinceridad delante de Dios podríamos concluir que es el espíritu del mal. Quizá no como San Pablo que decía: “Hago el mal que no quiero y no hago el bien que tanto deseo”, sino que a veces nos ponemos blanditos ante el mal y, sabemos que está mal y aun así hacemos el mal, nos dejamos guiar por el espíritu del mal.
O te está guiando el espíritu del mundo, esos criterios contrarios al Evangelio. Por ejemplo, una moda, el individualismo, el arribismo, el hedonismo, la búsqueda del placer, el vivir de acuerdo a las marcas, a las modas, a los criterios de este mundo. Formas de ser que nos invita en la actualidad el mundo, las redes sociales.
¿Quién te está guiando? ¿El espíritu propio, el propio capricho, las propias ganas, el propio gusto o el Espíritu Santo?
Hoy, ante ese caos, confusión y oscuridad, ante el temor, tristeza, llanto, desilusión que todos vemos a nuestro alrededor en la realidad, sepamos que el Espíritu quiere dotarlo, llenarlo de vida, infundirle una nueva vitalidad. Quiere revitalizar la fe, la vida, pero lo puede hacer a través de nosotros.
El Espíritu de Dios aletea sobre la faz de la tierra. Aletea y quiere una nueva efusión de todos sus dones a través de nosotros. Por eso vamos a profesar en el Credo nuestra fe en el Espíritu Santo como Señor y dador de vida.
Pidámosle al Señor que nos ayude a ser mediadores de esa gracia que quiere derramar a través de nosotros a ese mundo que tanto lo necesita.
Que así sea.
