En la celebración de la Solemnidad de la Santísima Trinidad, Mons. Carlos Enrique Samaniego López invitó a los fieles a profundizar en el misterio central de la fe cristiana, recordando que Dios no es soledad, sino comunión perfecta de amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Durante su homilía, explicó que el misterio trinitario no es una realidad inaccesible, sino una invitación permanente a adentrarse cada vez más en el conocimiento y la experiencia de Dios. Retomando la tradicional reflexión de san Agustín sobre la imposibilidad de abarcar plenamente el misterio divino, destacó que la Trinidad es una fuente inagotable para la vida espiritual.
El Obispo señaló que la familia humana encuentra en la Familia Trinitaria y en la Sagrada Familia de Nazaret su modelo más alto de unidad y comunión. Recordó que, aun en medio de las diferencias propias de cada persona, las familias están llamadas a construir relaciones de amor, respeto y fraternidad, reflejando así la vida misma de Dios.
Asimismo, subrayó que el Bautismo introduce a cada cristiano en la vida de la Trinidad y lo llama a la santidad. Explicó que la santidad consiste en profundizar la relación con Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo mediante la oración, la escucha de la Palabra, la caridad y la docilidad a la acción divina.
Dirigiéndose especialmente a los seminaristas presentes, los exhortó a cultivar grandes ideales de santidad personal y fecundidad apostólica, recordando que la Iglesia necesita sacerdotes santos capaces de transparentar la presencia de Dios en medio del mundo.
Finalmente, invitó a toda la comunidad a responder con generosidad a la llamada universal a la santidad, confiando en que una relación cada vez más profunda con las tres Personas divinas transforma la vida y fortalece la misión evangelizadora de la Iglesia.
Mons. Carlos Enrique Samaniego López
Homilía del Domingo de la Santísima Trinidad
El Papa Juan Pablo II, cuando visitó México en 1979, decía que el misterio más íntimo de Dios no es la soledad, sino que es Trinidad. Dios en sí mismo es paternidad. Dios en sí mismo es filiación. Y así como en una familia la esencia es el amor, la esencia de la familia trinitaria es el Espíritu Santo.
El día de hoy, pues, estamos celebrando el misterio central de nuestra fe: el Misterio de la Trinidad.
Ante este misterio hemos de considerar que no encontramos un obstáculo, una barrera que dice: “No pase”, sino más bien un misterio significa que te puedes adentrar más y más, que no lo podemos abarcar, pero siempre podemos introducirnos más y más en su conocimiento. Es inagotable.
Mi párroco, cuando yo era joven, contaba siempre, en el día de la Santísima Trinidad, la leyenda de San Agustín y el niño. Y apenas llegaba este día, yo decía: “Ya mi párroco, el padre Pánfilo, va a contar otra vez esta leyenda”. Y no me imaginé que yo mismo la iba a contar cada que llegara esta fecha.
Y en esta leyenda vemos a San Agustín que iba pensando en el misterio de la Trinidad. A él le debemos uno de los más grandes tratados sobre la Trinidad, De Trinitate, en donde seguramente se inspiraba en esta oración profunda. Él iba meditando en que Dios es Uno, en que hay dos procesiones, que el Hijo procede del Padre y el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo; que hay tres personas; que una relación se llama paternidad, la otra filiación, la espiración activa, la espiración pasiva.
Y, de pronto, en esta reflexión, ve a un niño a la orilla del mar, en la playa, llevando con una conchita agua a un hoyito que había hecho en la arena. Y le pregunta San Agustín:
—¿Qué haces?
Y el niño le responde:
—Voy a vaciar el océano en este hoyito.
San Agustín le dice:
—Eso es imposible.
Y entonces el niño le dice:
—Es más posible creer que se puede pasar el océano a este hoyito a que quepa todo el misterio de la Trinidad en tu cabeza.
San Agustín se quedó pensando, siguió caminando, volteó a ver al niño, le salieron alitas y subió al cielo. Bueno, esto ya es de mi cosecha, esto último, porque algo había que aportar a la leyenda.
San Agustín, pues, se acercaba a ese misterio de la Trinidad y así también los primeros cristianos y los cristianos de todos los tiempos han querido explicar, de alguna manera, este misterio.
Hay, por ejemplo, quien lo ha analogado al fuego como una figura. El fuego es uno, pero calienta, también quema y también ilumina, pero es el mismo fuego. Hay una diversidad en sus funciones. O el trébol, que tiene una misma raíz, pero tiene tres pétalos.
Y también los artistas comenzaron a dibujar la Trinidad. Aquí tenemos una Trinidad que fue catalogada como herética porque aparecen las tres personas divinas como seres humanos y el único que se encarnó es el Hijo. Pero este es el intento de profundizar en ese gran misterio.
El día de hoy yo les invito a que nos acerquemos desde dos planos.
En primer lugar, desde la familia, porque el Hijo nos ha venido a revelar la Familia Trinitaria viviendo en el seno de una familia humana. Por eso, la Sagrada Familia de Nazaret es también modelo para cada familia.
Estamos llamados a ser, cada familia, una familia de origen; tal vez la familia del Seminario, la familia de un centro comercial. Cuando yo voy a los mercados les digo: pasan tantas horas aquí que no es justo que sus relaciones sean solamente laborales. Deben estar presentes los valores humanos y cristianos en la forma en que conviven. Son una familia, como una familia educativa en un colegio, cuyo icono es la familia de Nazaret, cuyo icono es la Familia Trinitaria.
Por eso también este Movimiento Familiar Cristiano ha de tener a la Sagrada Familia como un modelo que le acerca a la realidad del cielo.
Cuando decimos en el Padre Nuestro: “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”, hemos de pensar cómo se realiza la voluntad de Dios en las tres personas divinas, que son tres, donde hay diversidad, pero hay unidad.
Así también los miembros de una familia son diferentes, pero están llamados a la comunión.
Una segunda aplicación, pensaba, es la de la vivencia de nuestro bautismo. Cuando nos bautizaron, le preguntaron a nuestros papás y padrinos:
—¿Qué piden a la Iglesia de Dios para este niño?
Y una respuesta es: “La vida eterna”.
Es la vida de la gracia, es la vida de Dios, de Dios que es uno y trino.
Y por eso, desde aquel momento, estamos llamados a la santidad.
¿Qué es la santidad? Es profundizar en las relaciones con Dios Padre, con Dios Hijo y con Dios Espíritu Santo. La relación llevada a su plenitud, a su madurez, se llama santidad.
Por eso les doy solamente unas líneas para relacionarnos con Dios Padre.
Podríamos preguntarnos cotidianamente: esto que estoy haciendo, diciendo, decidiendo, ¿le agrada al Padre? “¿Te agrada, Padre?”. Jesús decía: “Yo hago siempre lo que agrada a mi Padre”.
En relación con el Hijo, podríamos preguntarnos, como enseñaba el padre Ignacio Larrañaga: “¿Qué haría Jesús en mi lugar?”. Y esto lo puedes hacer cotidianamente, en cada momento: “¿Qué haría Jesús en mi lugar?”.
Y te puedes relacionar con Él a través de los más pobres. Basta cerrar los ojos corporales y abrir los ojos de la fe y descubrir que ahí está Aquel que ha dicho: “Estuve hambriento y me diste de comer. Estuve sediento y me dieron de beber. Estuve de forastero y me hospedaron. Estuve desnudo y me vistieron. Encarcelado, enfermo y me visitaron”.
Te puedes relacionar con Jesús, la segunda persona de la Trinidad, también ante el Sagrario, haciendo oración; que sea cada vez más íntima, personal y profunda tu oración.
Y con Dios Espíritu Santo te puedes relacionar haciendo silencio, porque Él habla en la conciencia. Va bien desconectarnos de tanto ruido interior y exterior para escuchar la voz de Dios.
Y es así, relacionándote con las tres personas divinas, como vas llegando a la madurez de la vida cristiana, que es la santidad.
Preguntarle a un catecúmeno, a uno que pide el bautismo ya adulto, preguntarle: “¿Quieres ser bautizado?”, significa preguntarle: “¿Quieres ser santo? ¿Llevar a plenitud la relación con las personas divinas?”.
Preguntarle también a un seminarista: “¿Quieres ser sacerdote?”, significa también preguntarle: “¿Quieres ser santo?”. Es decir, ¿quieres ser cristiano?
La vocación sacerdotal es un llamado a la santidad. Por eso, el primer llamado es a ser santos y apóstoles.
Por eso, no dejen, queridos seminaristas, de cultivar sueños de santidad personal y fecundidad apostólica.
No sé cuántos años lleva cada uno, pero recuerdo que Santa Teresa llevaba 12 años viviendo en el monasterio y ella pensó: “Así como estoy caminando, como llevo mi vida cristiana, no voy a llegar al cielo; voy muy mal”.
Y entonces ella tuvo una determinada determinación de no parar hasta llegar a la meta de la santidad.
“Aunque me cueste, aunque no pueda, aunque reviente, aunque me muera en el camino, quiero ser santa”.
La vocación al sacerdocio es una vocación a la santidad.
Y permítanme decírselos todavía con palabras muy fuertes, porque yo quisiera arrancar de ustedes el sí de los santos.
Ante los problemas de nuestra época, no necesitamos mejores sacerdotes; necesitamos santos sacerdotes.
Por eso el Papa Pablo VI decía: “O somos santos con todas sus consecuencias o, déjenme decirles, seremos marionetas ridículas, seres abortivos”.
Por eso quiero concluir la homilía diciéndoles: el hombre de Dios que quieres ser, o lo comienzas a ser desde ahora o no lo serás jamás.
La Iglesia está esperando ya el paso de los santos sacerdotes. Oramos por tu vocación. Necesitamos que le respondas a Dios.
Por eso seguiremos ayudando al Seminario, orando por el Seminario, porque no hay mayor obra. No hay obra más grande, decía San Vicente de Paul, que colaborar en la formación de un sacerdote.
Que así sea.
