En el marco de la celebración del Jueves Santo, Mons. Carlos Enrique Samaniego López invitó a los fieles a redescubrir el sentido profundo del servicio cristiano, a ejemplo de Jesucristo en la Última Cena.

Durante su homilía, el Obispo recordó el gesto del lavatorio de los pies como signo permanente del amor y la entrega del Señor, quien “no vino a ser servido, sino a servir”. Subrayó que este acto no es solo un rito, sino una misión que la Iglesia está llamada a prolongar en todo tiempo y lugar.

Dirigiéndose a todo el Pueblo de Dios —laicos, consagrados y ministros ordenados—, exhortó a vivir una auténtica espiritualidad de servicio, superando toda forma de protagonismo o poder, y asumiendo con humildad el compromiso de servir a los demás, especialmente a los más necesitados.

Asimismo, hizo un llamado a vivir la propia vocación como una oportunidad concreta para servir, recordando que “quien no vive para servir, no sirve para vivir”.

En un momento significativo de la celebración, se realizó el gesto del lavatorio de los pies, invitando también a los fieles a participar activamente, como signo visible del mandato de Jesús: “Lávense los pies los unos a los otros”.

Finalmente, Mons. Samaniego animó a todos a hacer de su vida un reflejo de Cristo servidor, promoviendo una verdadera “competencia de amor” en las familias y comunidades, donde el centro no sea el poder, sino la entrega generosa a los demás.

Homilía de Mons. Carlos Enrique Samaniego López – Lavatorio de pies

(Jueves Santo)

En la última cena, el Señor Jesús se quitó el manto, luego se ciñó una toalla y con ella le lavó los pies a los discípulos. Pero, después de lavarle los pies a los discípulos, nuevamente se puso el manto, pero ya no se quitó la toalla.

Y esto lo hizo como un signo del perenne servicio que quería prolongar a través de sus discípulos, a través de la Iglesia, que ahora sigue lavando los pies y sigue manifestando también ese signo de lavatorio de los pies: todo el servicio que vino a realizar el Hijo de Dios desde su encarnación. Aparece una cita bíblica que nos deja ver esto, es Filipenses 2,6: Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se anonadó a sí mismo y tomó la condición de esclavo, de siervo, de servidor, de diácono, para lavar los pies.

Y es así como, en este signo, Él manifestaba toda su misión. A través de este signo manifestaba también el deseo de perpetuar el servicio que venía a dar en todo tiempo, en todo espacio, en todo lugar, a través del testimonio de servicio de sus discípulos. Nosotros, laicos, presbíteros, obispos, todo el pueblo de Dios, está llamado a prolongar el servicio del Señor Jesús.

Es por ello que el Señor Jesús nos enseña a servir. Él ha venido a servir y no a ser servido. Y manifiesta esto en ese signo del lavatorio de los pies. Ya unos días antes, Él había aprendido seguramente este gesto con una mujer que había derramado bálsamo sobre sus pies y los había enjugado con su cabellera. Ahora Él está realizando también este gesto de amor.

En esa cena santa, en la última cena, Él anticipaba también el modo en que se iba a entregar totalmente a través de su cuerpo y de su sangre, diciendo, con un pedazo de pan: “Esto es mi cuerpo, que será entregado por ustedes”; tomando una copa de vino y diciendo: “Esta es mi sangre, que será derramada por ustedes”. Ese es Jesús. Lo veremos el Viernes Santo: cuerpo entregado, sangre derramada. Es un hombre totalmente al servicio del ser humano.

El cristianismo ha sido criticado y hay unos personajes que son emblemáticos en esta crítica. Por ejemplo, un filósofo llamado Federico Nietzsche: él llegaba a decir que había que purificar el cristianismo del lastre de la humildad, del cáncer del servilismo, de la servicialidad. Y por eso creó, en una obra, un personaje que se llama el superhombre. Esa obra se llama Así habló Zaratustra. Y ahí habla de ese superhombre que encarna todos sus ideales de poder, de soberbia, de prepotencia, donde no cabe la humildad, donde la humildad es vista con desprecio, y el servicio, que es una manifestación de la humildad, más. Hay quienes encarnaron este personaje, como Adolfo Hitler, que se empoderó, llegó muy alto, pero a costa de muchos, a costa de muchas vidas.

Nosotros descubrimos cómo el Señor Jesús nos invita, sí, a ser el primero, pero no a costa de los demás, sino que nos dice: “Quien quiera ser el primero, que se haga el último y el servidor de los demás”. Esta es la manera en que el Señor Jesús nos enseña a realizarnos.

El Señor Jesús decía: “Los grandes de las naciones los tiranizan, los jefes los aplastan; que no sea así entre ustedes”. Pero esta mentalidad se ha colado en la Iglesia. Cuando hablamos de la jerarquía eclesiástica, decimos que es como una pirámide y que hasta arriba está el Papa, y después los cardenales, y luego están los arzobispos, los obispos, los presbíteros, los diáconos, y luego el pueblo de Dios.

Y, siguiendo esa mentalidad, pues entre los laicos decimos: ahí están los del equipo diocesano de animación pastoral, y luego los equipos vicariales y los equipos parroquiales, y el coordinador de la liturgia. Esta no es la Iglesia de Cristo. ¿Qué tal si invertimos la pirámide?

El Papa se ha llamado por siglos Servus servorum Dei, siervo de los siervos de Dios. Se trata de colocar la pirámide al revés. Ya decía san Agustín, siendo obispo: “Con ustedes soy cristiano y debo dar cuenta a Dios de mi vida cristiana, pero para ustedes soy el obispo y, por este nombramiento, debo dar cuenta de mí y también de la salvación de todos ustedes”. Por eso, todo cargo en la Iglesia, en realidad, es una carga y una oportunidad para servir a los demás.

De hecho, los sacerdotes se llaman ministros. Viene de minus, son servidores. Es un hombre tomado de entre los hombres y puesto al servicio de los hombres en las cosas que se refieren a Dios. El día de hoy, cada uno piense cómo va a servir al prójimo, cómo va a ser la prolongación de Cristo servidor. Hemos de ser todos los bautizados una imagen viva, real, transparente de Cristo, que ha venido a servir y no a ser servido.

Les cuento una anécdota que le ocurrió al Papa Pablo VI. En el Concilio Vaticano II se iniciaba cada sesión de obispos con una procesión con el evangeliario, con la Palabra de Dios. Y el evangeliario lo llevaba el diácono, el servidor, el que tiene ese cargo de servir al altar.

Y el Papa dijo: “Yo quiero llevar el evangeliario”. Pero el ceremoniero le dice: “Santo Padre, eso le toca al diácono”. Y el Papa se quedó pensando: “Pero yo también soy diácono. El ser Papa no me quita ser diácono”. Y ya no cargó el evangeliario en esa ocasión.

Yo vi en un libro, en la portada de un libro de memorias del Concilio Vaticano II, años después, una fotografía donde el Papa, erguido, llevaba el evangeliario, como diciendo: “Yo soy diácono. Yo quiero introducir la Palabra”. Ojalá que el día de hoy también todos y cada uno digamos: yo soy diácono; es decir, yo soy servidor, yo soy siervo y quiero introducir el Evangelio en todo rincón.

Si tienes un servicio público, sirve a tus hermanos. Si tienes una profesión, se estudia para servir. Si tienes un oficio o simplemente vives con una participación ciudadana, también tu ciudadanía sirviendo a los demás, porque bien dicen que quien no vive para servir, no sirve para vivir.

El día de hoy vamos a realizar este gesto del lavatorio de los pies. No le he dicho al padre rector: vamos a hacer el día de hoy un signo en este lavatorio, recordando el Evangelio que acabamos de escuchar. Dice el Señor Jesús: “Ustedes dicen que yo soy maestro, y dicen bien, porque lo soy. Si yo, que soy el maestro, les he lavado a ustedes los pies, hagan ustedes también lo mismo”.

Por eso voy a lavar los pies, ¿verdad?, de uno de los apóstoles y, después, invitamos a quien guste, ¿verdad?, que se pare también y pueda lavar los pies a los siguientes apóstoles, porque este es el mandato del Señor. No dijo: “Les voy a lavar los pies para que todos me observen”, sino para que ustedes se laven los pies los unos a los otros.

Ojalá que este signo, pues, nos lleve a ser más serviciales, que haya una verdadera competencia: no a ver quién es el más rápido, el más fuerte, la más bella, el que tiene más influencias, el más poderoso, sino una competencia de cariño en el hogar, una competencia de a ver quién es el más servicial de todos.

Pidámosle al Señor que nos haga imagen de Él, que vino a servir y no a ser servido. Que así sea.a de Jesús.