En su homilía dominical del 8 de febrero de 2026, Mons. Carlos Enrique Samaniego López invitó a los fieles a redescubrir el llamado cristiano a ser luz del mundo, especialmente frente a las realidades de pobreza que nacen de la injusticia y el abandono.

A la luz del Evangelio, el Obispo recordó que la fe no se reduce a buenas intenciones, sino que se expresa en acciones concretas: compartir el pan con el hambriento, vestir al desnudo y acoger al forastero, como signos visibles del amor de Dios en medio del mundo. Subrayó que Cristo se hace presente tanto en la Eucaristía como en los más vulnerables, y nos llamó a pasar del culto al compromiso cotidiano.

Asimismo, destacó que el auténtico testimonio cristiano se reconoce por la diferencia: una fe que ama, socorre y evangeliza a los pobres, de modo que, al ver estas obras, otros puedan glorificar a Dios. Finalmente, exhortó a la comunidad a crecer en iniciativas solidarias que hagan visible la luz de Cristo en la vida social y eclesial.

Homilía de Mons. Carlos Enrique Samaniego López
8 de febrero de 2026

El domingo pasado hablábamos de la pobreza en un sentido positivo: “Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el Reino de los cielos”. Hablábamos de los pobres, materialmente hablando, pero ricos en espiritualidad, porque desde la pobreza se puede compartir. Nadie es tan pobre como para no poder compartir, como para no ser solidario; donde comen dos, comen tres.

De tal manera que el día de hoy hablaremos de la pobreza en otro sentido: como fruto de la injusticia, como aquello que hace sufrir al ser humano, como aquello que hemos de tratar de erradicar o, al menos, aminorar, queriendo ser también una solución, pidiéndole a Dios la gracia de que nosotros podamos remediar algunas de estas necesidades de nuestros hermanos más vulnerables.

Y el Evangelio nos ilumina, es luz para esta realidad, porque el Evangelio es Jesucristo, y Él ha dicho: “Yo soy la luz del mundo”, pero quiere hacer presente su luz a través de nosotros. Por eso el día de hoy nos dice: “Ustedes son la luz del mundo, para que quien, viendo sus buenas obras, dé gloria al Padre que está en los cielos”. De tal manera que nosotros podemos iluminar con la luz de Cristo.

En el gran día de nuestro bautismo, el sacerdote entregó la vela a nuestros papás y padrinos, diciéndonos: “Recibe la luz de Cristo”. Nosotros, pues, hemos de ser portadores de esa luz para que los demás, viendo nuestras buenas obras, den gloria al Padre que está en los cielos.

Pero no solamente se trata de las buenas obras en general. ¿Cómo podemos ser nosotros luz para esta realidad de la pobreza? Nos lo dice la primera lectura que escuchamos el día de hoy. Dice: “Parte tu pan con el hambriento, da tu vestido al desnudo, hospeda en tu casa al que no tiene techo y tu luz brillará como la aurora”. O sea, podemos ser una gran luz desde el compartir el pan con el hambriento, el vestido con el desnudo y el hospedaje al forastero. Se nos habla, pues, de una manera muy concreta de cómo ser luz.

Dice también el profeta Isaías, siete siglos antes de Cristo: “Te he constituido luz de las naciones, para que a todos los rincones de la tierra llegue mi salvación”. Esto se refería al Mesías. Por eso Simeón, cuando llegó el niño Jesús al templo, dijo que Él iba a ser luz para alumbrar a las naciones y gloria de su pueblo Israel. Pero para que llegue la salvación a todos los rincones, el Señor ha querido participarnos a nosotros de esa luz.

¿Cómo podemos iluminar? ¿Cómo podemos reflejar, ser destello de la luz de Cristo? ¿Cómo podemos irradiar esa luz que viene de lo alto? De una manera muy concreta: amar como hermanos a los más pobres. Amar al pobre y considerarlo como parte nuestra, como uno que me pertenece y del cual soy responsable, como uno que es parte de mi mismo cuerpo. De tal manera que podríamos decir que no podemos ir contra nuestro propio cuerpo, contra un miembro que me pertenece y del cual soy responsable. Y este es mi cuerpo.

Y así dice Jesús: “Esto es mi cuerpo”, refiriéndose a la Santísima Eucaristía. Esto es mi cuerpo, y nosotros venimos el día de hoy a recibir ese Cuerpo del Señor. Y lo reconocemos ahí, en ese pedacito de pan, diciendo que ahí está Cristo completo: cuerpo, sangre, alma y divinidad.

Pues ese que dijo “esto es mi cuerpo” también ha dicho: “Estuve hambriento y me dieron de comer”. Se identifica, pues, con el hambriento, como diciendo: “Esto es mi cuerpo, este pobre que no tiene qué comer”. “Estuve sediento y me dieron de beber. Estuve desnudo y me vistieron. Fui forastero y me hospedaron. Estuve encarcelado, enfermo, y me visitaron”. Esto es mi cuerpo: está en el enfermo, está en el encarcelado.

Y así podríamos decir de estas personas: esto es mi cuerpo. Yo formo parte del cuerpo de la Iglesia. Somos miembros de la misma Iglesia, donde Cristo es la cabeza. Considerar, pues, al prójimo como hermano: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, como a tu propio cuerpo.

En segundo lugar, además de amar al pobre, podríamos decir: socorrer al pobre, socorrerlo de una manera concreta. Hay que pasar, pues, del Cristo de la Eucaristía al Cristo presente en los más vulnerables, hacer ese traslado. De tal manera que socorrer al pobre podemos considerarlo con unas palabras de san Basilio, quien decía: “Ese abrigo que guardas en tu guardarropa hasta que se pudre no es tuyo, pertenece al desnudo. Aquel pan que se desecha, que se pierde, no es tuyo, pertenece al hambriento. Aquel dinero que guardas y que nunca gastas no es tuyo, pertenece a las necesidades de los más pobres”. Decía san Basilio al final: “Que nadie tenga por caridad lo que debe por justicia”.

Por eso, en el salmo responsorial del día de hoy hemos cantado que “el justo brillará por sus obras”, por sus buenas obras, dirigidas a los más vulnerables. Ya hemos hablado de amar a los pobres y, de una manera muy concreta, pasar de la benevolencia —que quiere decir querer el bien— a la beneficencia —que quiere decir hacer el bien—, es decir, socorrer al pobre.

Demos un tercer paso: evangelizar a los pobres. El Evangelio es para todos; ha de ser llevado a los más pobres.

Se han tenido algunas iniciativas pastorales muy concretas. Por ejemplo, las parroquias personales. ¿Qué son las parroquias personales? No una parroquia ubicada en el centro de una colonia, como tradicionalmente las conocemos, sino, por ejemplo, una parroquia en una fábrica. Es decir, donde el obrero no tiene el espacio para ir a la iglesia, pasar al Santísimo, porque sale muy temprano cuando las iglesias están cerradas y regresa muy tarde cuando nuevamente están cerradas. ¿Qué pasaría si hubiera una capilla allí, en su fábrica, en la empresa donde está muchas horas del día? Es una parroquia personal donde se atienden las necesidades de los más vulnerables.

El empresario, muchas veces, saca un boletín donde se transmite la fe a los obreros o a las personas más vulnerables. También otra iniciativa pastoral la realizaron personas que conozco del Movimiento Familiar Cristiano. Cuando les dije que muchos movimientos se dirigían sobre todo a personas con medios económicos suficientes y que estaban presentes solo en algunas zonas sociopolíticas de clase media, se orientaron a zonas muy pobres para anunciar el Evangelio. Me dieron la buena noticia hace unos tres domingos —y yo ya ni siquiera me acordaba de aquel diálogo— de que desde hace años están en una zona muy pobre llevando el Evangelio.

Y así nosotros hemos de tener muchas iniciativas: llevar alimentos a los familiares de los enfermos en hospitales, por ejemplo, una vez al mes. Aquí se tiene también un comedor para las personas más vulnerables y hay mucha gente buena que siempre colabora. Así hemos de ir creciendo en iniciativas, porque la fuerza del signo está en la diferencia. Si la luz disipa las tinieblas es porque es diferente a la oscuridad. Por eso la fuerza del signo está en ser diferentes.

¿Cuál es la diferencia entre un católico y uno que no lo es en relación con los más pobres? ¿En qué se distinguen? Se nota porque la luz ha de iluminar. Es más, la luz no se sirve a sí misma; es para los demás, para alumbrarlos. De tal manera que concluyamos diciendo que, si los demás ven buenas obras, ven ese signo, han de glorificar a Dios Padre y decir: “Gracias, Señor, porque existe esta persona que hace la caridad, que es solidaria y me invita a mí también a hacer lo mismo”.

La luz es para que los demás vean. Pero si no se ve aquella buena obra que haces en favor de los más pobres, que tu Padre, que ve en lo secreto, sepas que Él te recompensará.

Que así sea.