En la celebración del I Domingo de Cuaresma, Mons. Carlos Enrique Samaniego López dirigió un mensaje especial a los jóvenes, exhortándolos a reflexionar profundamente sobre su identidad y dignidad como hijos de Dios.
Durante su homilía, el Obispo planteó los grandes interrogantes de la vida —¿quién eres?, ¿de dónde vienes?, ¿a dónde vas?, ¿cuál es tu misión?— como punto de partida para enfrentar con madurez la búsqueda personal y evitar respuestas superficiales que no corresponden a la grandeza del ser humano creado a imagen y semejanza de Dios.
A la luz del Evangelio de las tentaciones de Jesús en el desierto, explicó que las pruebas que enfrentó el Señor estuvieron relacionadas con su identidad como Hijo de Dios, recordando que la verdadera grandeza no está en la fama, el poder o el placer, sino en la fidelidad, la humildad y la autodonación.
Finalmente, invitó a los fieles a vivir la Cuaresma como un tiempo propicio para reafirmar la propia dignidad, fortalecer la relación con Dios y asumir con responsabilidad la misión de construir una sociedad más humana y fraterna.
Homilía de Mons. Carlos Enrique Samaniego López – I Domingo de Cuaresma
El día de hoy, el día de hoy vamos a hablar de los Therians. ¿Quiénes son estos que se quieren identificar con un animal? Porque no vamos a abordar este tema para atacar a quien está en búsqueda de su identidad, sino más bien lo que deseo hacer es una propuesta de abrazar una dignidad superior.
Quisiera dirigirme principalmente a los jóvenes, sabiendo que la Eucaristía se transmite y también esta homilía se puede replicar. Quisiera dirigirme a los jóvenes. Joven, ¿por qué ves la necesidad de identificarte con un perro que tiene que salir a ladrar al parque o con un lobo que tiene que aullar en las calles cuando ni siquiera es el hábitat de los lobos? ¿O por qué querer patalear en una banqueta como caballo poniéndote una máscara? ¿Por qué no te enfrentas a ti mismo? ¿Por qué los adultos hemos dejado en ese silencio, en ese desierto al que se enfrentan los jóvenes en la búsqueda de su identidad y no les hemos planteado los enigmas de la vida? Por eso, joven, es tiempo de plantearte, y lo digo también para los niños que nos acompañan en esta Eucaristía, los enigmas fundamentales de la vida. ¿Quién eres? ¿De dónde vienes? ¿A dónde vas? ¿Cuál es tu misión en este mundo? Enfréntate a ti mismo. ¿No será que estás huyendo de ti mismo? En relación a los demás, tienes una responsabilidad social. Puedes colaborar en la edificación de una nueva sociedad.
No tienes que identificarte con un perro que va al parque a ladrar, con un lobo que va a aullar en las calles o con un caballo que va a patalear en las banquetas, sino más bien reconocerte como hermano, reconocerte como hijo, reconocerte como un compañero de escuela, de trabajo, de los demás y comunicarte de corazón a corazón algo que no puede hacer, que no nos puede proporcionar el reino animal.
¿Por qué esa necesidad de identificarse con un perro que sale a olfatear en el parque? Un lobo que quiere aullar en las calles y un caballo que anda pataleando en las banquetas. Cuando tienes una relación con Dios. Decía san Agustín: “Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva. Tarde te amé. Te buscaba fuera de mí cuando estabas dentro de mí”. ¿Por qué no reconocer más bien tu imagen y semejanza con Dios? Eres hijo de Dios.
Las tentaciones que aparecen en el Evangelio a Jesús son tentaciones acerca de su identidad como Hijo de Dios. Él ha sido bautizado y progresivamente, desde niño, se iba reconociendo como el Hijo de Dios, como el Mesías, y de una manera plena se identifica en el río Jordán cuando escucha aquella palabra que lo ratifica y que viene del cielo y que viene del Padre y que dice: “Este es mi Hijo amado, en quien pongo todas mis complacencias”. Y el Espíritu de Dios descendió sobre Él en forma de paloma y lo condujo al desierto. Iba pensando: “Soy Hijo de Dios. Soy el elegido, el Mesías, el Hijo de Dios”. Y viene la primera tentación.
No son tentaciones para que Jesús sea malo. Son tentaciones para que no se reconozca como el Hijo de Dios en su identidad divina. Si en verdad eres Hijo de Dios, convierte estas piedras en pan. Y responde con la Escritura el Señor Jesús: no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. No es solamente el ser humano para satisfacer un vientre, que sí debemos ayudarnos a satisfacer las necesidades primarias. El ser humano también es una mente necesitada de verdad, un corazón necesitado de amor. No solamente de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.
Si en verdad eres Hijo de Dios, lánzate de lo más alto y los ángeles, dice la Escritura, vendrán a sostenerte. Dice el Señor ante esa tentación: no tentarás al Señor tu Dios.
No es la fama, como lo estaba proponiendo el diablo, lo que hace al Hijo de Dios, sino la humildad. Si en verdad eres Hijo de Dios, póstrate y adórame. Y el Señor Jesús responde diciendo: “Adorarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, como está escrito, solo a Él adorarás”. De tal manera que ser Hijo de Dios no consiste en la fama, en el poder o en el placer, que eran los caminos que estaba sugiriendo el diablo.
Y viene todavía una cuarta tentación, pero no al inicio del Evangelio, sino al final, cuando está Jesús en la cruz: Si en verdad eres Hijo de Dios, bájate de esa cruz. Y el Señor Jesús prefirió la autodonación, el sacrificio, la ofrenda de su vida a Dios y al ser humano. Nos amó hasta el extremo, porque así actúa, así vive, así piensa, así se identifica un Hijo de Dios.
Por eso, recuerden todos y recuerda tú, joven, quién eres, de dónde vienes, a dónde vas, cuál es tu misión, cómo has sido creado a imagen y semejanza de Dios. Por ello, no hay necesidad de identificarse con un animal. A veces nos creemos más de lo que somos. No es necesario, por el poder, por la fama, por el dinero. A veces nos creemos más de lo que somos, pero somos más de lo que nos valoramos. Somos hijos de Dios. Por eso, valórate como eres, acéptate como eres, exprésate de acuerdo a lo que eres y quién eres. Eres un hijo de Dios y esto es suficiente.
Pidámosle al Señor que nos recuerde nuestra altísima dignidad y vamos a tratar de comportarnos a la altura de ella. Somos, para gloria de Dios y bien de los hermanos, hijos de Dios.
Que así sea.
