LECTIO DIVINA
Domingo 18 de agosto de 2024
“En la Diócesis de Texcoco, nos reconocemos,
valoramos y aceptamos como personas para ser casa y escuela de comunión”
Un alimento que da vida…
Jn 6, 51-58
- Invocación al Espíritu Santo.
Espíritu Santo, Tú que eres la tercera persona de la Santísima Trinidad, ayúdame para que pueda contemplar tu divina Palabra y que logre vivir de acuerdo con ella como auténtico hijo de Dios.
Así sea.
Espíritu Santo, fuente de luz, ilumíname.
- Lectura.
Del Santo Evangelio según San Juan 6, 51-58
Jesús dijo a los judíos: “Yo soy el pan vivo, que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo les voy a dar es mi carne, para que el mundo tenga vida”.
Entonces los judíos se pusieron a discutir entre sí: “¿Cómo puede este darnos a comer su carne?”. Jesús les dijo: “Yo les aseguro: Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no podrán tener vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Como el Padre, que me ha enviado, posee la vida y yo vivo por Él, así también el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo; no es como el maná que comieron sus padres, pues murieron. El que come de este pan vivirá para siempre”.
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
- Indicaciones para la lectura.
El texto que hemos leído está ubicado como la segunda parte del discurso de Jesús sobre el pan de vida; en él se explica el tema eucarístico, a raíz de una discusión que los judíos tienen entre sí, acerca de la manera en que Jesús les dará a comer su carne. Jesús, lo único que hace es precisar el efecto de tal comida: la vida en plenitud y la comunión con él.
- Meditación.
San Justino, de familia pagana, convertido luego al cristianismo, murió mártir el año 165 d.C. Enseñó filosofía en Roma y escribió abundantes obras sobre la fe y la religión cristiana. En sus “apologías” explica lo fundamental de la fe católica, del credo y de los sacramentos, y refuta las falsas acusaciones que ya desde entonces comenzaban a circular en contra de la Iglesia. Entre otras cosas –¡para que veamos cuán absurda y atrevida es la ignorancia! – se acusaba a los primeros cristianos de antropofagia y de convites truculentos e idolátricos porque pensaban que comían carne y bebían sangre humana.
Habían oído, en efecto, que el que presidía las asambleas decía: “Tomad y comed: este es mi cuerpo. Tomad y bebed: esta es mi sangre”.
Así fue como lo interpretaron los judíos que escuchaban a nuestro Señor. Y era lógico que no lo aceptaran, que lo criticaran e, incluso, que se escandalizaran de Él.
El rechazo hacia Jesús se iba pronunciando cada vez más, a medida que nuestro Señor hablaba, hasta abrirse un abismo y convertirse en un camino sin retorno. Pero nuestro Señor continúa su discurso: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo: el que coma de este pan, vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día”. Estas palabras de Jesús, tan claras como misteriosas, solo podían ser acogidas en un clima de fe. Y es una evidente anticipación de lo que sucedería el Jueves Santo, en aquella hora solemne y de intimidad con sus apóstoles, cuando instituía la Eucaristía: “Esto es mi Cuerpo, que se entrega por vosotros. Esta es mi Sangre, derramada por vosotros y por todos los hombres, para el perdón de los pecados”. Ahora, en este momento, estaba cumpliendo su promesa. Y les invitaba a los Doce a repetir este mismo gesto, de generación en generación: “Haced esto en memoria mía”.
Cada santa Misa, cuando el sacerdote pronuncia estas palabras de nuestro Señor, está perpetuando su sacramento. Y no se trata de un simple recuerdo, sino de un “memorial”. Es decir, de una celebración que “revive” y actualiza en el hoy de nuestra historia el misterio de la Eucaristía y del Calvario, por nuestra salvación. En cada santa Misa, Jesucristo renueva su Pasión, muerte y resurrección, y vuelve a inmolarse al Padre sobre el altar de la cruz por la redención de todo el género humano. De modo incruento, pero real. ¡Por eso cada Misa tiene un valor redentor infinito, que solo con la fe podemos apreciar!
El beato Titus Brandsman, sacerdote carmelita holandés, pasó varios años en los campos de concentración alemanes durante la persecución nazi. Tenía prohibida la celebración de la Eucaristía, pero él se ponía junto con los otros prisioneros y recitaba de memoria las oraciones de la Misa, el Evangelio y les predicaba a sus compañeros de prisión; luego hacían la comunión espiritual: él fijaba los ojos en cada uno de los presos y les decía: “el Cuerpo de nuestro Señor Jesucristo guarde tu alma para la vida eterna”. Al poco tiempo fue transferido a láger de Dachau. Allí los sacerdotes alemanes sí podían celebrar y clandestinamente pasaban la Hostia Santa a los otros sacerdotes que no eran alemanes, como Tito. Él comulgaba, daba la comunión a los otros prisioneros y se guardaba un pedacito en el estuche de sus lentes para la adoración nocturna.
De ese “pan” especial sacaba fuerzas para soportar las torturas y ofrecer sus sufrimientos. Un día fue duramente golpeado por la guardia nazi del campo de concentración y aguantó la paliza sin odios ni maldiciones. Después confesó:
—“¡Ah, yo sabía quién estaba conmigo!”—. En 1942 murió mártir en Dachau.
Además del santo Sacrificio, podemos gozar de la presencia real de Jesucristo nuestro Señor en el Sagrario durante las veinticuatro horas del día. Se cuenta que el santo cura de Ars se dejaba embargar particularmente por la presencia real de Cristo Eucaristía. Ante el Tabernáculo solía pasar largas horas de adoración, durante la noche o antes del amanecer; y durante sus homilías, solía señalar al Sagrario diciendo con emoción: “Él está ahí”. Por ello, él, que tan pobremente vivía en su casa rectoral, no dudaba en gastar cuanto fuere necesario para embellecer la iglesia. Pronto pudo ver el buen resultado: los fieles tomaron por costumbre ir a rezar ante el Santísimo Sacramento, descubriendo, a través de la actitud de su párroco, el gran misterio de la fe.
- Oración.
Buen Jesús, al escuchar y meditar tu Palabra quiero elevar nuestros ojos al cielo y agradecer tu presencia amorosa que ha dado vida a nuestra existencia cristiana. Tal vez no hemos sabido corresponder a ese magnífico amor con el que tú entregaste tu vida por nuestra salvación; y que hoy en toda Eucarística sigues entregando para redimirnos. Jesús, pan vivo bajado del cielo ayúdanos a descubrir el valor que tiene el participar en tu banquete celestial, el hacernos uno contigo a través de la comunión de tu Cuerpo y de tu Sangre; no permitas que se corrompa nuestra alma y que este signo de comunión contigo lo hagamos una diaria rutina. Aumenta nuestra fe, y haz que viva en nosotros por siempre, la esperanza de vivir contigo en tu reino celestial.
Así sea.
- Contemplación.
En nuestra contemplación de la Palabra que hemos reflexionado pueden ayudarnos a una mejor contemplación del texto, las siguientes frases de la Exhortación Apostólica Verbum Domini del Papa Benedicto XVI sobre la Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia, publicada en Roma el 30 de septiembre del 2010:
–Invito a todos los fieles a reavivar el encuentro personal y comunitario con Cristo, Verbo de la Vida que se ha hecho visible, y a ser sus anunciadores para que el don de la vida divina, la comunión, se extienda cada vez más por todo el mundo. Comuniquemos la alegría que se produce en el encuentro con la Persona de Cristo, Palabra de Dios presente en medio de nosotros, es un don y una tarea imprescindible para la Iglesia. En un mundo que considera con frecuencia a Dios como algo superfluo o extraño. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva. La renovación de este encuentro y de su comprensión produce en el corazón de los creyentes una reacción de asombro ante una iniciativa divina que el hombre, con su propia capacidad racional y su imaginación, nunca habría podido inventar (11). Cuando el hombre, aunque sea frágil y pecador, sale sinceramente al encuentro de Cristo, comienza una transformación radical.
- Oración final.
Gracias, Señor, por tu Eucaristía, por el gran don de Ti mismo, gracias por esta gran prueba de tu amor que deseo ardientemente se prologue durante todo el día. Quiero pertenecerte siempre. ¡Venga tu Reino a mi corazón! Que nunca me «acostumbre» a recibirte. Confío en que, con la intercesión de María, sepa corresponder a tanto amor.
- Propósito.
Hoy asistiré a Misa y procuraré vivir en silencio y en recogimiento mi encuentro con Dios a través de su presencia Eucarística.
