En el marco de la celebración del Viernes Santo, Mons. Carlos Enrique Samaniego López invitó a los fieles a profundizar en el significado de las Siete Palabras de Jesús en la Cruz, como una vía privilegiada para comprender el misterio de la Eucaristía.
Durante su reflexión, destacó que este día la Iglesia centra su mirada en la Cruz, donde Cristo no solo entrega su vida, sino que revela el sentido más profundo de su misión: el amor llevado hasta el extremo. Subrayó que las palabras pronunciadas por Jesús en el Calvario no pertenecen solo al pasado, sino que siguen actualizan en cada celebración eucarística.
El Obispo explicó que, en cada misa, Cristo continúa hablando, perdonando, entregándose y confiándose al Padre, haciendo presente su sacrificio redentor. Por ello, exhortó a los fieles a vivir la Eucaristía con mayor conciencia y devoción, reconociendo en ella un verdadero anticipo del cielo.
Asimismo, animó a los presentes a responder al amor de Cristo con una vida coherente, marcada por la oración, la cercanía con los sacramentos y el servicio a los demás, especialmente a quienes más lo necesitan.
Finalmente, invitó a contemplar las Siete Palabras de Cristo, no solo como un momento litúrgico, sino como un camino de conversión que lleve a cada creyente a identificarse con Él y a hacer de su vida una entrega constante por amor.
Mons. Carlos Enrique Samaniego López – Sermón de las 7 palabras
(Viernes Santo)
Las Siete Palabras
Con este canto que ambienta la Pasión de Nuestro Señor, vamos a introducirnos a las Siete Palabras.
Hay un día al año en que, por única vez, el centro de la liturgia de la Iglesia y su momento culminante no es la Eucaristía, sino la Cruz; o sea, no es el Sacramento, sino el acontecimiento; no el signo, sino el significado. Ese día es el Viernes Santo. En él no se celebra la misa, sino que solo se contempla y se adora al Crucificado.
Y, sin embargo, al contemplar al Crucificado y escuchar las siete palabras que pronunció en la Cruz, constituyen, al mismo tiempo, la liturgia de la Palabra y la liturgia de la Eucaristía de la santa Misa.
Liturgia de la Palabra, porque es Él quien las pronuncia. Liturgia de la Eucaristía, porque, a través de estas siete palabras, es Él quien se ofrece y se inmola.
Sermón de las Siete Palabras
PRIMERA PALABRA
PADRE, PERDÓNALOS PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN (Lc 23,24)
En cada misa Jesús está pronunciando esta palabra, está rogando al Padre para que nos perdone. Y nosotros pedimos perdón en la misa en el acto penitencial, reconociéndonos pecadores, diciendo el Yo confieso; luego, el sacerdote implora el perdón de Dios, diciendo: Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.
El sacerdote, antes de proclamar el Evangelio, dice en secreto: “Purifica mis labios y mi corazón para que anuncie dignamente tu santo Evangelio”.
Pedimos perdón en la Plegaria Eucarística: “Ten misericordia de todos nosotros, y así, con María, la Virgen Madre de Dios…”.
En el Padre Nuestro: “Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.
En el Cordero de Dios decimos: “Ten piedad de nosotros”. Cristo sigue pronunciando esta palabra: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Cristo intercede por nosotros ante nuestras distracciones en la misa, ante nuestra desidia de visitarlo en el Santísimo, ante nuestras comuniones recibidas sin las debidas disposiciones, también ante los sacrilegios cometidos.
Gracias, Señor, por tu inmenso perdón.
SEGUNDA PALABRA
HOY ESTARÁS CONMIGO EN EL PARAÍSO
¿Qué es la Eucaristía, sino el cielo por una hora? La Eucaristía es ese cielo que nos abrió Cristo en ese primer Viernes Santo, donde entró ese ladrón. Sí, entró ese ladrón. Y si él entró, cabemos todos nosotros, si estamos arrepentidos de nuestros pecados. En cada Eucaristía vivimos la experiencia del cielo. Decía el Papa Juan Pablo II: “La Eucaristía es verdaderamente el resquicio del cielo que se abre sobre la tierra. Es un rayo de gloria de la Jerusalén celestial que penetra en las nubes de nuestra historia y proyecta la luz sobre nuestro camino”. En el ofertorio, el sacerdote pone una gota de agua en el vino del cáliz, diciendo: “El agua unida al vino sea signo de nuestra participación en la vida divina, de quien ha querido compartir nuestra naturaleza humana”.
Cristo quiere llevarnos al cielo con Él. ¿Para qué entró Él con su naturaleza humana, sino para compartirla con nosotros? Y ya la misa y la comunión son un anticipo de ese cielo y de esa amistad que perpetuaremos en la eternidad. ¿Cómo es posible, Señor, que no corramos a la Eucaristía los domingos y, entre semana, si podemos, para buscar ese cielo que abriste al ladrón?
San Carlo Acutis decía: la Eucaristía es mi autopista al cielo. También decía este santo joven: cuanto más recibamos la Eucaristía, más nos haremos semejantes a Jesús, de modo que en la tierra tendremos un anticipo del cielo.
En cada Eucaristía oirás el eco de esa palabra: hoy estarás conmigo en el paraíso.
TERCERA PALABRA
MADRE, AHÍ TIENES A TU HIJO. HIJO, AHÍ TIENES A TU MADRE.
La Virgen María fue a la primera misa cruenta de su Hijo. Ella estuvo ahí, en pie, escuchando esta liturgia de la Palabra y ofreciéndose en esa liturgia eucarística de la entrega. María es una mujer eucarística, no porque sea sacerdote, sino porque le entrega su vida a Jesús desde la Encarnación hasta el Calvario. Es la madre oyente, nos enseña cómo escuchar la Palabra de Dios en la misa: “Hágase en mí según tu palabra”.
Es la madre oferente, se entrega junto con su Hijo en cada instante y momento. Nos enseña a comulgar; nadie ha estado tan unida a Jesús como la Virgen María.
CUARTA PALABRA
DIOS MÍO, DIOS MÍO, ¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO?
Ese mismo grito de Cristo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, resuena cuando el sacerdote alza la blanca hostia, pues ahí está Jesús que se ofrece al Padre con esas palabras del salmo de la confianza. También Cristo podría decirnos a todos nosotros: ¿por qué me has abandonado en la Eucaristía?, ¿por qué no me visitas en el sagrario o los jueves en la Hora Santa?, ¿por qué me dejas solo? ¿Dónde estaba el Padre cuando Jesús gritaba? Estaba muriendo en la cruz con Él, lo estaba sosteniendo. ¿Dónde estaban los discípulos? Estaban dispersos, lo dejaron solo. Nosotros no lo abandonemos.
Cristo está en el sagrario. Es el amigo abandonado, visítalo.
QUINTA PALABRA
TENGO SED
Jesús es el agua viva y vivificadora que todo revitaliza y dice: “Tengo sed”. Tenía sed física en la cruz, pues había perdido mucha sangre, pero su sed es más honda. Jesús tiene sed de nuestro amor. Se hace presente en el sediento: estuve sediento y me dieron de beber. Cristo tiene sed, mucha sed: sed de que vengamos más frecuentemente a misa para instruirnos con su palabra y saciarnos con su pan celestial; sed de que comulguemos cada día con el alma pura; sed de que lo visitemos en los sagrarios, que muchas veces están muy solos; sed de nuestra compañía, sed de nuestro apostolado. Tiene sed de liberarnos de nuestros pecados; por eso la Eucaristía es el banquete de los hijos de Dios, no de los esclavos.
¿Dejarás a Jesús morir de la sed de tu amor, cuando puedes saciarla? ¿O le darás el agua de tu entrega, aunque sea como esa gota que el sacerdote vierte en el cáliz y que significa nuestra participación en el santo sacrificio? ¿O le daremos la hiel y el vinagre de mis distracciones, de mi indiferencia y de mi rutina en la vivencia de la santa Misa?
SEXTA PALABRA
TODO SE HA CUMPLIDO
En la misa nuevamente nos dice Jesús que todo se cumplió. En la liturgia de la Palabra escuchamos cómo todas las promesas, todas las Escrituras, se cumplieron en Jesús. En la liturgia de la Eucaristía contemplamos su cuerpo entregado. Él es cuerpo entregado, sangre derramada por nosotros para el perdón de nuestros pecados. Nos salvó. Nos amó hasta el extremo y dijo: “Todo está cumplido y todo fue por amor”.
SÉPTIMA PALABRA
A TUS MANOS, SEÑOR, ENCOMIENDO MI ESPÍRITU
En cada misa encomienda Cristo su espíritu al Padre, y en cada misa ponemos en sus manos nuestra vida toda, sobre todo en el ofertorio, donde nos ofrecemos con el pan y el vino, fruto de la tierra y del trabajo del hombre. Luego, en la consagración, donde ofrecemos todas nuestras actividades, apostolados, dificultades, enfermedades. Por Cristo, con Él y en Él, al Padre omnipotente, dándole todo honor y toda gloria.
En la santa misa encomendamos nuestra vida a las manos de Dios, manos amorosas, porque en mejores manos no podemos estar. En cada misa, como decía santa Teresa del Niño Jesús, basta reconocer la propia nada y abandonarnos como un niño en los brazos del mejor de los padres, diciendo con Jesús: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.
Ojalá, en el último instante de nuestra vida, podamos recibir el viático para encomendar nuestro espíritu a las manos del Padre. Hoy, unidos a Jesús en la cruz, nos encomendamos a un par de manos fuertes que nos sostuvieron: son las manos amorosas del que nos creó y nos ama eternamente.
Gracias, Señor, por tu testamento de amor en estas siete palabras. Gracias porque en cada misa escuchamos tus palabras y nos entregas, en un sacrificio incruento, tu cuerpo y tu sangre como en la cruz.
