TEXCOCO, EDOMEX. — La celebración del Día de la Madre en la Santa Madre Iglesia Catedral estuvo marcada por una profunda reflexión de parte de Mons. Carlos Enrique Samaniego López, Obispo de Texcoco, sobre el don de la maternidad como una de las obras más admirables de Dios. Durante la celebración eucarística del 10 de mayo de 2026, destacó que el verdadero amor se demuestra en la fidelidad y en el cumplimiento de la voluntad de Dios, retomando las palabras del Evangelio: “Si me aman, cumplirán mis mandamientos”.
En su homilía, el Obispo subrayó la grandeza de la palabra “mamá”, describiéndola como una realidad profundamente humana y espiritual que expresa vida, entrega, protección y formación. Recordó que la maternidad alcanza su plenitud en la Virgen María, Madre de Dios y Madre de la Iglesia, a quien Cristo entregó como madre de todos desde la cruz.
Asimismo, invitó a los fieles a que el amor hacia las madres no se reduzca solamente a expresiones sentimentales o celebraciones externas, sino que se traduzca en una auténtica vida cristiana, en el cumplimiento de los deberes familiares y sociales, y en la vivencia concreta de la fe.
Durante la celebración también se elevó una oración por las madres difuntas, por las madres buscadoras y por todas aquellas mujeres que ejercen una maternidad espiritual o de servicio, reconociendo en ellas un testimonio de amor y entrega cotidiana.
Finalmente, se pidió a Dios que fortalezca a todas las madres en su misión de formar hijos para el bien de la sociedad y de la Iglesia, recordando que no solo importa el mundo que se deja a los hijos, sino también los hijos que se entregan al mundo.
Mons. Carlos Enrique Samaniego López – VI Domingo de Pascua
Día de las Madres
“Si me aman, cumplirán mis mandamientos”, dice el Señor. Y es así como le mostramos el amor a Él: cumpliendo sus palabras, cumpliendo su voluntad, haciendo lo que nos recomendaba la Virgen María: “Hagan lo que Él les diga”. Así también, el día de hoy, en que celebramos el Día de la Madre, podríamos decir que a mamá se le lleva una serenata, se le da un ramo de flores, se le festeja el 10 de mayo, pero podrían decir también, como Jesús: “Si me amaran, me obedecerían”; también cumplirían mis deseos, esos deseos de madre de que sean buenos ciudadanos, de que sean buenos cristianos.
Por eso, el día de hoy reflexionamos también en esta gran realidad: “Las obras del Señor son admirables”, como cantábamos en el salmo responsorial, y una obra admirable es el don de la maternidad.
Hay palabras muy poderosas como Dios, cruz, justicia, paz, mamá. Decir mamá es decir ya un poema. Decir mamá significa decir también que hay una relación muy estrecha, muy profunda, de nuestra persona con otro ser humano. Decir mamá implica una relación de filiación, de maternidad. Decir mamá nos lleva a recordar que estuvimos nueve meses en sus entrañas, siendo tejidos por Dios.
Decir mamá también tiene sus sinónimos, como por ejemplo chef, aunque a algunas no se les da tan bien la comida. Decir mamá significa a veces tener por ahí una defensora, como un gendarme: “Con mi hijo nadie se mete”; pero una policía dentro de casa que te está checando en todo. Decir mamá significa también tener ahí una maestra de vida dentro del hogar.
Pero una capacidad más profunda es la capacidad de dar vida y, sobre todo, de dar la vida por sus hijos, de dar la vida minuto a minuto, todos los días, desde su nacimiento hasta su ocaso. Decir mamá, pues, significa, como decíamos, decir ya un poema.
Y esta palabra, mamá, llega a un culmen, a una cúspide muy alta cuando es pronunciada por el Hijo de Dios. A la Virgen María se le dijo que iba a concebir y que iba a dar a luz un hijo, y que sería llamado Hijo del Altísimo; que iba a ser madre del Salvador: Jesús; que iba a ser madre de aquel a quien llamarían Emanuel, “Dios con nosotros”.
Es la Madre de Dios, Theotokos; es la madre del Hijo de Dios, del Altísimo, la Christotokos, del Antropotokos, de ese hombre; y es madre nuestra, porque el Señor Jesús nos la entregó en la cruz: “Hijo” —representándonos a todos, San Juan— “ahí tienes a tu madre”. Y desde entonces el discípulo amado se la llevó a su casa, entre sus asuntos.
También nosotros hoy venimos por María para llevarla con nosotros a nuestro ambiente, a nuestra vida ordinaria, a nuestro hogar, porque nos dice nuevamente Jesús, a quien hemos venido a ver hoy: “Hijo, ahí tienes a tu madre”.
La primera mirada de Jesús es a su madre. La última mirada de Jesús también es a María. Seguramente, dentro de las primeras, o quizá la primera palabra de Jesús, fue mamá. Al final dice: “Madre, ahí tienes a tu hijo. Hijo, ahí tienes a tu madre”. Está presente, pues, la maternidad en el Hijo de Dios. Está presente esta realidad en Dios mismo.
Nos ha querido dejar a María y, como decía el Papa Benedicto XV, cuando recibió una copia, una pintura de la Virgen de Guadalupe por Miguel Cabrera —quien pintó esta imagen de la Virgen de Guadalupe que tenemos aquí en Catedral—, cuando la vio el Papa, una similar, muy semejante a la que tenemos aquí, dijo: Non fecit taliter omni nationi, recordando ese salmo que dice: “No hizo nada igual con ninguna otra nación”; la Virgen María o Dios, refiriéndose a que aquí se quiso quedar con los mexicanos para decirnos: “No te moleste ni aflija cosa alguna”, “¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre?”.
Sin embargo, muchas veces nos estremecemos al escuchar las mañanitas a la Virgen. Nos conmueve ver a la gente de rodillas que va al Tepeyac, encendemos una veladora, rezamos el rosario; pero cuando todo esto, que está bien y muy bien, no va acompañado de un espíritu profundo de conversión, de un espíritu filial, de tratar de comportarnos como verdaderos hijos de la Virgen María, se quedaría en un sentimentalismo estéril y transitorio.
¿De qué serviría decir: “Yo soy hijo de María Santísima”, cuando no corresponden mis actitudes, mi comportamiento, el cumplimiento fiel de nuestros deberes? Por eso el Señor Jesús nos dice: “Si me aman, cumplirán mis palabras”. Podríamos decir también con mamá: podemos mostrarle nuestro amor al cumplir sus deseos de ser buenos cristianos, de ser buenos ciudadanos. Podríamos mostrarle a la Virgen de Guadalupe también el gran amor que le tenemos cumpliendo sus palabras.
El día de hoy, pues, pidamos por las mamás difuntas, para que el Señor les dé el cielo, les conceda la vida eterna. Pidamos por las madres buscadoras que lloran por sus hijos. Mostremos nuestra empatía, nuestra solidaridad. Sumémonos también a esas causas nobles. Oremos por las madres buscadoras.
También pidamos al Señor por aquellas que hacen de mamá sin ser madre biológica, para que el Señor les recompense al ciento por uno. Pidamos también por aquellas que ejercen una maternidad espiritual, por las religiosas, para que nos ayuden a tener esta relación íntima y profunda con Dios.
Pidamos, pues, para que cumplan todas su misión aquí en la tierra. No solamente se trata de desear los hijos. Hoy ya no se les desea; se promueve el aborto. Que todas las mujeres tengan un corazón muy grande para desearlos, para recibirlos, para formarlos y educarlos.
“Las obras del Señor son admirables”. Si es una obra admirable el tener una mamá que tiene la capacidad de dar la vida, más admirable aún es cuando forma a sus hijos, cuando no piensa solamente: “¿Qué mundo le estoy dejando a mis hijos?”, sino: “¿Qué hijos le voy a dejar a este mundo?”.
Pidamos, pues, finalmente, para que el Señor recompense a todas con el cielo prometido.
Que así sea.
