Durante la Misa de Nochebuena, celebrada el 24 de diciembre en la Catedral de Texcoco, Mons. Carlos Enrique Samaniego López invitó a los fieles a vivir la Navidad desde la humildad, la sencillez y la conversión del corazón, y dejar que Jesucristo se haga presente en la vida cotidiana.
En su homilía, el Señor Obispo dirigió una reflexión simbólica a través de tres lugares esenciales de la tradición cristiana: Roma, Belén y Asís, destacando cómo cada uno revela el misterio de un Dios que se abaja, se hace pequeño y nace en la sencillez para acercarse al ser humano. Subrayó que la verdadera celebración de la Navidad no se reduce a actos y gestos externos, sino que exige que cada persona permita que Cristo transforme sus criterios, sentimientos y actitudes.
Mons. Carlos Enrique exhortó a los presentes a permitir que Jesús “aparezca” en la vida familiar y comunitaria, superando el egoísmo, la indiferencia y la falta de conversión, para que la Navidad sea una experiencia auténtica de fe, servicio y amor fraterno.
La celebración concluyó con un llamado pastoral a vivir la Navidad como un encuentro real con Cristo, para poder desear y construir, desde el corazón, una verdadera y santa Navidad.
Homilía de Nochebuena
Mons. Carlos Enrique Samaniego López
24 de diciembre de 2025
Como hay tanta gente, yo no sé si el padre alcanzó a distribuir los boletos para la rifa a tres viajes que estamos organizando, para ir a Belén, a Roma, a Asís. ¿Sí tienen todos su boleto? ¿No? No alcanzamos, bueno. Pero vamos a hacer esos viajes el día de hoy desde la comodidad de su Catedral de Texcoco. Nos vamos primero al Belén de Roma. ¿Qué hay en Roma? ¿Cómo es el Belén? ¿Cómo celebra la Navidad Roma, la ciudad eterna? Donde está el Santo Padre, la capital del cristianismo.
Resulta que uno entra a la basílica de Santa María la Mayor y ese es el Belén de Roma. En las paredes está toda la Historia de la Salvación: los patriarcas, los jueces, los reyes, los profetas. Y uno espera que al final aparezca José, esposo de María, de la cual nació Jesús. Y sorpresa: no, no está José, ni María, ni el Niño Dios. En la meta está, en un arco, un trono vacío con un libro con siete sellos a los pies, un cetro de realeza, un manto imperial, una corona, pero en el trono no hay nadie. Ese es el mensaje de la Navidad allá en Roma. Ahí no está.
Dios se hizo hombre, por eso no está allí. Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios. Al contrario, se anonadó, se abajó, se hizo niño. Es la fiesta de la humildad. Y entonces uno mira hacia abajo y, en efecto, abajo del presbiterio hay una cripta donde se venera el pesebre, parte del pesebre donde nació Jesús. Y uno baja hacia abajo del altar y encuentra el pesebre, pero, sorpresa, está vacío también. ¿Dónde está Jesús? Ni siquiera una imagen del Niño Dios. El Papa Benedicto decía: “Ahí, pues, es la fiesta de la humildad”. Y esto mismo nos enseña Belén.
Por eso ahora nos vamos a Belén. Al entrar en la basílica de Belén, ahí donde se venera el lugar donde nació el Hijo de Dios, hay una inscripción que dice: ¡Aquí nació! Aquí nació. Es en una zona de cuevas, pero para entrar a esa basílica hay que agacharse, no cabe uno de pie, hay que inclinarse, hay que ser humilde, hay que hacerse pequeño. Esto nos enseña que el Hijo de Dios se ha hecho hombre para que el hombre encuentre el camino para regresar a Dios. Dios se hizo hombre para que el hombre se haga como Dios, como el Hijo de Dios que es modelo del ser humano. Por eso decía un beato que ha sido beatificado aquí en nuestra patria recientemente, Moisés Lira Serafín, un sacerdote misionero del Espíritu Santo de la Ciudad de México: para ser un gran santo hay que hacerse muy pequeño. Esto es lo que nos enseña la Navidad allá en Roma.
Y esto es lo que nos enseña la Navidad allá en Tierra Santa, en Belén. Ahora vayamos a la Navidad de Asís, el pueblo del pobrecillo de Asís. ¿Qué pasó en Asís? Antes digamos que la Navidad no es una fiesta que se celebró desde el inicio del cristianismo. De hecho, al principio lo que se celebraba y se sigue celebrando hoy como la fiesta principal de los cristianos es la Pascua. San Ignacio de Antioquía, en el año 117, decía: “Los cristianos ya no celebran el sábado, celebran el domingo”, porque recuerdan la Pascua, que Dios se hizo hombre, que se entregó, que murió, pero resucitó por nuestra salvación. Pero los cristianos comenzaron a decir: bueno, este hombre que entregó su vida por nosotros y que es Dios y hombre verdadero tuvo que haber sido niño. Aquel que decía: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Aquel que decía: “Yo soy el camino”, tuvo que aprender a caminar dando sus primeros pasitos. Aquel que decía: “Yo soy la verdad”, tuvo que aprender a hablar balbuceando. Aquel que decía: “Yo soy la vida”, lo podemos contemplar frágil en los brazos de María. Dios se hizo niño y se comenzó a celebrar la Navidad hasta el siglo IV en una fiesta litúrgica, pero nunca como ahora, con gran festividad, no. Solo era una fiesta litúrgica que no se celebraba con mayor efusividad.
Fue hasta el siglo XIII, en 1223, con San Francisco de Asís, que había ido a Roma y que había ido a Belén, que regresó muy emocionado a Asís y quiso ver representado aquel pasaje de Lucas que escuchamos esta noche y mandó traer un burrito y mandó traer también una vaquita y muchos borreguitos, y un personaje la hizo de José, otro de María, y puso una imagen del Niño Dios. Estaba tan emocionado que, para decir Belén en su predicación, hacía el sonido de los borreguitos para cantar Belén, para proclamar Belén en su predicación. Era Francisco de Asís. En ese valle hermoso hizo la Navidad que dio paso a todas las Navidades que se celebran con mayor efusividad. Un hombre, Juan Belita, que le prestó el valle a San Francisco de Asís, tuvo una visión, y en esa visión vio la imagen del Niño Dios inerte, de madera, así, inmóvil, y todos la veneraban. Pero en esa visión, Juan Belita vio que un hombre se acercaba y, en cuanto más se acercaba, aquella imagen comenzaba a cobrar vida, se comenzaba a mover hasta llegar a ser un niño de carne y hueso. Tomás Ochelano, el biógrafo de San Francisco de Asís, interpreta esa visión diciendo que era Francisco, aquel que despertó al niño que yacía dormido en el corazón de toda la cristiandad. Él lo vino a despertar y desde entonces se celebra la Navidad como la celebramos ahora.
¿Qué nos enseñan estos tres lugares donde se celebra la Navidad? ¿Qué nos enseñan para nosotros que hoy celebramos la Navidad aquí? Que hay que ser humildes, que hay que ser sencillos, que hay que hacerse pequeños, que hay que ocupar los últimos lugares, que hay que ser serviciales, que hay que dejar de hablar tanto de nosotros para interesarnos más por los demás, para que se despierte Jesús. Para despertar a Jesús en el corazón de todos aquellos familiares con los que el día de hoy vamos a celebrar la Navidad.
Se trata de hacer aparecer a Jesús en nuestros criterios, sentimientos y actitudes. Que Él aparezca y que yo desaparezca, que yo venga a menos para que se haga presente Jesús. Y solamente así vamos a poder decir con toda propiedad: ¡Feliz Navidad! En estos días, fíjense que en una casa decía una persona: “Yo voy a ir a misa, pero primero tengo que ver mi partido. Voy a ir a la misa que no estropee mi partido de fútbol americano”. Y entonces se acomodó el horario para poder ir a misa, pero sin perderse su partido de fútbol americano. ¿Qué les parece? No me respondan todavía. Después fui al seminario en estos días donde se hacía el primer festival de Navidad, una gran fiesta con la orquesta filarmónica de aquí de Texcoco, del Faro de Texcoco. Y entonces los villancicos eran preciosos, pero de pronto el director dijo: “¿Seguimos con los villancicos o vamos con Juanga?” ¿Y qué creen que dijeron todos? “Vamos con Juan”. ¿Y qué creen? Se puso súper bueno. ¿Ustedes qué me dicen? ¿Está bien o está mal? Quiero decirles mi opinión, pero ustedes pueden tener la suya también. Quiero decirles el día de hoy que podemos venir a misa, que podemos tener la imagen del Niño Dios en nuestro hogar, que podemos cantar todos los villancicos del mundo, pero si Jesús no se hace presente en nuestros criterios, sentimientos y actitudes, si no vivimos con humildad, con espíritu de servicio, con más generosidad, hablándole a aquellos a quienes les hemos aplicado la ley del hielo, siendo amables, sencillos, cariñosos con los demás, si no hay un profundo deseo de conversión, de ser mejores, de parecernos a Jesús, no podemos decir feliz Navidad.
Por eso, el día de hoy dejemos que Cristo se haga presente en nuestra vida para que se despierte en el corazón de los cristianos que habitan en ese hogar el espíritu de la Navidad, la persona de Jesús. Por eso, el día de hoy les deseamos de todo corazón: ¡Feliz Navidad! Que así sea.
