En la celebración de la Fiesta de la Sagrada Familia, este 28 de diciembre, Mons. Carlos Enrique, reflexionó sobre los desafíos actuales que enfrenta la familia y la urgencia de fortalecerla desde la fe, la oración y la comunión, a la luz del Evangelio.

Durante la homilía, el Obispo subrayó que la familia vive hoy luces y sombras marcadas por cambios culturales, rupturas generacionales y dificultades sociales; sin embargo, destacó que sigue siendo el lugar privilegiado para transmitir la fe, los valores humanos y la esperanza. La Palabra de Dios iluminó esta realidad recordando que la familia que pone a Dios en el centro encuentra fortaleza, fecundidad y unidad.

Tomando como modelo a la Sagrada Familia de Nazaret, Mons. Carlos, exhortó a que en los hogares se vivan relaciones basadas en el amor, la entrega mutua, la ternura y el perdón, reconociendo en la Trinidad el fundamento de toda vida familiar. Asimismo, hizo un llamado a asumir con responsabilidad la educación de los hijos y a valorar la presencia de los adultos mayores como raíces vivas de sabiduría.

La celebración concluyó con una invitación concreta a renovar la vida familiar mediante la oración compartida, recordando que la familia que reza unida permanece unida, y confiando cada hogar a la intercesión de Jesús, María y José.

Homilía
Domingo 28 de diciembre de 2025
La Sagrada Familia

El día de hoy, en el que celebramos la fiesta de la Sagrada Familia, meditemos tres puntos. El primero, acerca de la situación actual de la familia. En un segundo punto, cómo nos ilumina la Palabra de Dios, cómo ilumina la fe la realidad familiar. Y, en tercer lugar, una reflexión acerca de cómo podemos nosotros aplicar principios y criterios de la fe cristiana a la edificación de nuestro hogar, con el cual también podemos edificar a la familia humana.

En primer lugar, acerquémonos solamente un poco a esta realidad actual de la familia, en donde vemos un contexto para la familia, un ambiente, un clima de fractura, un cambio de época, que no quiere decir otra cosa que la dificultad de transmitir los valores de una generación a otra, porque no hay un consenso de valores. Los valores que nos sustentaban a los adultos, que nos sostenían, valores recibidos de nuestros educadores, maestros, catequistas, padres de familia, no están siendo aceptados por la siguiente generación. Hay una dificultad para transmitirlos a la generación millennials, o generación cristal, o alfa, o beta, o a esta generación digital, que yo he resumido como la generación “chocolate”, porque todo les choca y nada les late.

Pero ¿por qué todo les choca y nada les late? Porque están viviendo en una atmósfera distinta que a veces nosotros no alcanzamos a comprender. Han nacido ya en un ambiente digital; un principio claro para ellos es la conectividad, la globalización, un mundo global con el cual se relacionan muy fácilmente. Hay un cuidado de la creación muy distinto al que nosotros hemos tenido; mejor dicho, nosotros no hemos sabido cuidar de la creación. ¿Qué mundo les estamos dejando a las nuevas generaciones?

Pero también están viviendo los niños y los adolescentes una ruptura familiar. Una generación donde hay separación, donde hay divorcios, donde se ha multiplicado el término “jefas de familia”, madres solteras, personas abandonadas, padres con sentimiento de culpa. También, por causa del desempleo, se ha afectado a la familia. Vemos, pues, una gran dificultad en la familia. Por ejemplo, ha crecido el número de suicidios en la juventud; pero, al mismo tiempo —es por ello que estoy hablando de luces y sombras—, en Google, en una ocasión en que visitó el Sr. Cardenal las oficinas de Google, le llegaron a comentar al Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes que la búsqueda más común en este buscador era “espiritualidad”. Espiritualidad. Y esto nos da mucha esperanza, pero se llena esta necesidad muchas veces con técnicas esotéricas o con una espiritualidad sin compromisos, con horóscopos, con magia, con técnicas orientales, etcétera. Entonces vemos luces y sombras en la familia.

Hace pocas décadas, hablar de divorcio era algo escandaloso; hoy parece que se ve como algo muy común, de tal manera que vemos cómo está afectada, dañada, la familia. Y si hablamos de los adultos mayores, los vemos descartados, los vemos orillados, aislados, solos; y, sin embargo, al mismo tiempo, están siendo los pilares de la educación, son las raíces de los valores que aún podemos rescatar. Por eso el Papa Francisco, en la Jornada Mundial de la Juventud, les decía a los jóvenes: “Vayan a sus padres”. Y después hizo un silencio el Papa y dijo, como quien corrige: no, “vayan a sus abuelos”. Ahí están las raíces, ahí está la sabiduría, ahí está la experiencia, ahí está la vida.

Luces y sombras en la familia actual. Ahora, dejémonos iluminar por la Palabra de Dios. ¿Qué nos dice hoy la Palabra de Dios en la fiesta de la Sagrada Familia? En la primera lectura se nos hace una exhortación para honrar a los padres, incluso cuando lleguen a la vejez, honrarlos con respeto, con veneración, pareciera que dice la Palabra de Dios. Luego el salmo responsorial alaba y dice que es dichosa aquella familia que pone en el centro al Señor: “Dichosos los que temen al Señor”. O sea, dichosos los que colocan a Dios como parte de su familia.

Dicen que una trenza precisamente lleva el nombre de tres porque se hace con tres mechones; si se hace con dos, se deshace. De tal manera que el matrimonio cristiano no es cosa de dos, sino cosa de tres. Hay que invitar a Dios al matrimonio, hay que invitar a Dios a abrir un espacio, un lugar para Dios en el hogar. Y esto nos lo dice el salmo responsorial.

La segunda lectura nos va enumerando las relaciones familiares entre esposos, de los padres con los hijos, de los hijos con los padres, y se hace un elenco grande que ustedes pueden repasar con más calma, haciendo referencia a la magnanimidad que debe existir en la familia, la generosidad, la humildad y, como culmen de los valores cristianos, la caridad dentro del hogar.

Finalmente, el Santo Evangelio nos presenta a la Sagrada Familia, a Jesús, María y José, como icono, como modelo, como referente para nuestras familias. El día de hoy deseamos que nuestras familias sean una imagen viva, real, transparente de la Sagrada Familia.

Y ahora, finalmente, como tercer punto, algunos rasgos, algunos elementos de la enseñanza cristiana. ¿Cómo puede ayudar a la familia el acercarse más a Dios, a la Iglesia, donde se nos enseña cómo el hombre ha de estar volcado totalmente hacia su esposa, con el pensamiento en dar más que en recibir, y no la pone más que en primer lugar, y deja atrás, siempre atrás, a los amigos, al fútbol, a las noticias, al trabajo? En primer lugar, los que son esposos, ¿quién va a estar en primer lugar? Que se oiga hasta acá. Que esté su esposa, ¿verdad? Y si alguien dijo Dios también, ¿verdad?, amar a Dios sobre todas las cosas, con todo el corazón, con todas las fuerzas, a través del corazón de su esposa.

Las esposas volcadas totalmente hacia su esposo, con el pensamiento en dar antes que en recibir, y no lo antepone ni a los hijos, ni a los padres, ni a las amigas, ni al WhatsApp. En primer lugar, para las esposas, ¿quién va a estar? El esposo. Y los dos volcados hacia los hijos, con un corazón muy grande para desearlos, para recibirlos, para formarlos.

Porque actualmente no se desean los hijos. Cuando van a comprar un departamento o una casa, se hacen las casas y los departamentos sin más espacios para los hijos. Ya la sociedad no desea los hijos. La sociedad mata muchas veces a los hijos. El Papa Juan Pablo II, cuando hizo su visita a su país natal, a Polonia, lo primero que les dijo fue: “Una generación que mata a sus niños no tiene futuro”.

Y finalmente, las familias muchas veces no educan a los hijos. De pronto llega el niño al catecismo y la catequista dice: “Mira cómo los traen ya de su casa, cómo los están educando”. Después llega el niño a la escuela y dice la maestra: “Mira, ya no los educan como antes, ¿qué generaciones?”. Llega el niño finalmente a su casa y dicen los papás: “Para eso te mando a la escuela, para eso te mando al catecismo”. Y finalmente, nadie quiere educar a los niños, nadie los quiere formar. No hay que preguntarse solo: ¿qué mundo le estoy dejando a mis hijos?, sino ¿qué hijos, qué formación les estoy dando para dejárselos al mundo?

Como conclusión, pensaba cómo la Trinidad es el modelo para la familia humana, cómo no solo se trata de datos sociológicos, sino teológicos. No es bueno que el hombre esté solo. Ha hecho el Señor a dos y ha creado a partir de ellos una familia. Adán y Eva no tenían un espejo para mirarse. Los ojos no son para mirarme, sino para mirarte. Mi boca no es para hablarme, sino para hablarte. Mis manos no son para ayudarme y servirme, sino para ayudarte y servirte.

Por eso descubrimos en la Trinidad la relación trinitaria. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo conforman una familia que es modelo para nuestra familia. Por eso, del amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, emanan también unas líneas, un itinerario que puede ayudar a nuestra familia.

En primer lugar, pensemos cómo este amor de Dios se manifiesta en la exclusividad, en un sentido de pertenencia. Él dice: “Ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios”. Tú te sientes parte de los López, de los Vázquez, de los García. Son parte de mí y yo soy responsable de ellos. Ojalá, pues, que pongas en alto el nombre de tu familia, y esto nos va a ayudar a ser más familia con los que convivimos, por ejemplo, en las labores del trabajo, que no sean relaciones solo funcionales, sino relaciones humanas, relaciones familiares. Si ahí pasas tantas horas del día.

También, del seno del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, nos viene una fecundidad. “Serán numerosos”, dice Dios a su pueblo, “como las estrellas del cielo, como las arenas del mar”. Y es por ello que también cada familia ha de ser muy fecunda: transmitir vida, transmitir valores, transmitir alegría. La fecundidad.

En tercer lugar, la ternura. Dios dice de su pueblo que lo trataba como a un niño y después lo iba tomando de la mano. Llega a decir Dios que nos trae tatuados porque nos ama. Es tierno. “Si se olvidara una madre de su hijo, quiero decirte, Jerusalén, que yo no me olvidaré de ti”. Es tierno.

La ternura en los lazos familiares, el amor, el cariño, los detalles. También la reconciliación como un elemento que renueva la familia cuando se está estancando, cuando la rutina los va haciendo presos y va generando la discusión, la pelea, la riña. El perdón renueva a la familia.

Y este amor que viene del seno del Padre también es exigente, es celoso, porque pone mucha atención y no deja de mirar al centro de su predilección. Por eso el día de hoy digamos a la Sagrada Familia que ruegue por nosotros.

Voy a decirles una frase del Papa Juan Pablo II que nos va a ayudar mucho si la llevamos a la práctica: “La familia que reza unida, permanece unida”. La familia que reza unida —y ustedes van a responder— permanece unida. La familia que reza unida, permanece unida. La familia que reza unida, permanece unida. La familia que reza unida permanece unida.

Y ahora, mirando al pesebre donde están Jesús, María y José, voy a decir “Sagrada Familia” y responderán, pensando en su hogar, en sus familiares o en aquellos que, aunque no son familiares, han sabido ser su familia. Van a decir: “Ruega por nosotros”.
Sagrada Familia, ruega por nosotros.

Que así sea.