En el marco de la celebración del Domingo de Resurrección, en la Santa Iglesia Catedral de Texcoco, se llevó a cabo la Santa Misa presidida por el Señor Obispo,Carlos Enrique Samaniego López, quien en su homilía invitó a los fieles a renovar su fe, su amor y su esperanza en Jesucristo vivo.
Durante su mensaje destacó que la Resurrección del Señor no es solo un acontecimiento del pasado, sino una realidad que transforma la vida de quienes verdaderamente creen en Él. Subrayó que, así como en el tiempo de Jesús hubo quienes no creyeron ni esperaron en Él, también hoy existen cristianos que, aunque dicen creer y amar a Cristo, viven sin esperanza.
El Obispo explicó que la fe auténtica implica creer en la Palabra de Jesús y vivir conforme a ella, especialmente en los sacramentos, recordando la importancia de la Eucaristía y la Reconciliación como signos concretos de esa fe viva.
Asimismo, resaltó el testimonio de la Virgen María y del discípulo amado como modelos de quienes creen, aman y esperan en Cristo incluso en medio de la prueba, invitando a los fieles a convertirse también en signos tangibles de esperanza para los demás, mediante una vida responsable, generosa y orientada al bien común.
Finalmente, animó a los presentes a vivir este tiempo pascual con una actitud renovada, no solo pidiendo a Dios sus gracias, sino también preguntándose qué espera Él de cada uno, confiando siempre en la intercesión de la Virgen María, signo de consuelo y esperanza segura para la Iglesia.
Mons. Carlos Enrique Samaniego López – Domingo de Resurrección
Las autoridades religiosas, como también las autoridades del Imperio Romano, no creían en Jesús, no amaban a Jesús, no esperaban nada de Jesús. Pero lo asombroso es que también dentro del grupo de discípulos del Señor había quienes no creían, no lo amaban y no esperaban. Como Judas Iscariote, podríamos nosotros también pensar si a veces nos comportamos así, como si Dios no existiera, como si Cristo no hubiera resucitado. Si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe; estaríamos realizando nuestro culto de una manera ficticia y no se traduciría en la vida, porque no creeríamos, no amaríamos, no esperaríamos nada de Jesús y, sin embargo, a veces nos podemos colocar en ese grupo de personas.
Pero también había otros discípulos, como aquellas mujeres que van a embalsamar el cuerpo de Jesús muy de mañana. Ellas creyeron en Jesús, ellas amaban a Jesús, pero iban a atender a un muerto, no esperaban de Jesús. Así también hay muchos cristianos que conocen, creen en Jesús, dicen que aman a Jesús, pero no esperan de Jesús.
Entonces se pone a prueba la fe, se pone a prueba su amor. Por ejemplo, hay quienes dicen: “Creo en Jesús, pero no creen en sus palabras”. Y esto que parece imposible se hace posible, porque, ¿cómo podemos decirle a una persona: “Creo en ti, pero no creo lo que dices”? Esto a veces lo hacemos posible los seguidores de Jesús: creo en ti, Jesús, pero no comulgas. ¿Cómo está eso? Porque, si crees en Jesús, crees en sus palabras que ha dicho: “Esto es mi cuerpo, que será entregado”. “Esta es mi sangre, que será derramada”. “Yo soy el pan vivo bajado del cielo”. “Quien come de este pan vivirá para siempre”. ¿Cómo es que crees en Jesús, pero no le crees a Jesús?
“Creo en ti, Jesús, pero no te confiesas”. ¿Cómo es posible, si Él ha dicho: “A quienes les perdonen los pecados, les quedarán perdonados”? ¿Acaso lo dijo el Señor solamente para aquellas personas que lo oyeron y no para todos sus seguidores de todo tiempo, de todo espacio? ¿Cómo es que dices: “Creo en ti, Jesús”, pero no crees en esas palabras?
“Creo en ti, Jesús, pero lloro la muerte de un ser querido hasta el cansancio”. Y está bien, porque la separación temporal nos entristece, pero la certeza de la resurrección nos debe dar esperanza. Hay quienes parece que no tienen esperanza, que no creen en aquellas palabras de Jesús que dijo: “Voy a mi Padre, que es su Padre. Voy a prepararles un lugar; en la casa de mi Padre hay muchas moradas. Quiero que donde yo esté estén también ustedes”. O sea, crees en Jesús, dices que amas a Jesús, pero no esperas en la vida eterna, e incluso se piden misas por difuntos y, a veces, ni siquiera viene el que pidió la misa. Pareciera que no espera en la resurrección de los muertos.
Pero también contemplamos en este domingo, además de Pedro y Juan, que también se asombran, pero todavía no es la fe. Esto los lleva a la fe, porque ellos creían en Jesús, amaban a Jesús, pero se asombraron, no esperaban. Veamos el último grupo, y a ver si nos parecemos también a ellos en algunos momentos de nuestra vida, y que estos se conviertan en la manera permanente de relacionarnos con Jesús.
Se trata de María y Juan, el discípulo amado. Ellos creen en Jesús, aman a Jesús. Hasta se llama el discípulo amado, el que reclinó su cabeza en el pecho de Jesús en la Última Cena. María, en su nombre lo lleva “mry” del egipcio. ¿Por qué hay nombres compuestos? Porque el pueblo de Israel estuvo mucho tiempo en Egipto. “Mry” quiere decir la amada, “yam”, Yahvé; Miriam es la amada de Yahvé. Ellos creen en Jesús: “Hágase en mí según tu palabra”. Son los amados de Jesús y aman a Jesús, y también esperan en Jesús. Ahí está la Virgen al pie de la cruz, que espera contra toda esperanza.
Estamos hablando de la esperanza de María en la resurrección del Señor. Vivamos también nosotros con esperanza. Esperemos en Jesús. Pero, para ello, veamos qué pruebas, qué signos tangibles tenía la Virgen María y Juan para esperar en Jesús. Se trata de la palabra y la obra de Jesús. Ese es un signo tangible. Su persona se puede tocar, hay garantía. Él lo había dicho con sus palabras; tres veces lo anunció: el Hijo del Hombre va a ser entregado, va a padecer, va a morir en manos de las autoridades, pero al tercer día resucitará. Ellos sí escucharon a Jesús y también lo vieron resucitar muerto, y también, al menos, supieron que Pedro, Santiago y Juan tuvieron una experiencia en el Tabor, donde experimentaron un pedacito del cielo, del cielo prometido. Por eso, la garantía para Juan y para María es la persona misma del Señor. Él es un signo sensible, tangible, y ahora lo recuerdan, y por eso tienen esperanza.
Así también nosotros hemos no solamente de tener esperanza, sino, además, ser signos tangibles de esperanza para que los demás puedan esperar. Decimos a veces: “¿Qué se puede esperar de esta persona desobligada?, ¿qué se puede esperar?, no da signos de que podamos poner nuestra esperanza en ella”. En cambio, una persona responsable es un signo tangible de que podemos esperar algo nuevo, algo maravilloso a través de su responsabilidad constante. En una persona floja, nadie pone su esperanza. Pero en una persona que es trabajadora, un trabajador incansable, nos da esperanza, suscita esperanza. En una persona que no es capaz de sacrificarse un poquito por los demás, no podemos poner nuestra esperanza. Pero en una persona sacrificada, luchona, que deja lo mejor para los demás, lo peor para sí, podemos poner nuestra esperanza. ¿Podemos poner nuestra esperanza en una persona que en todo se está buscando a sí misma egoístamente? No podemos tener esperanza si todo lo lleva hacia sí mismo por su propio interés. Pero en una persona que busca el bien de los demás, podemos tener esperanza.
En una palabra, Jesús era un signo tangible de esperanza, porque Él era responsable, trabajador incansable, capaz de sacrificio, buscador del bien común. Por eso nosotros, si nos parecemos a Jesús, podemos ser un signo de esperanza para los demás. Si somos responsables como Él, trabajadores incansables como Él, capaces de sacrificio y buscadores del bien común, vamos a suscitar esperanza en los demás.
Cada que inicia un año, y ahora también podemos decir que estamos iniciando una etapa, un tiempo litúrgico hermoso que es la Pascua, le podemos decir al Señor: “Espero de Ti esta gracia. Espero que me ayudes”, y está bien, pero ¿por qué no también le preguntas: “Señor, tú qué esperas de mí”? Quisiera concluir la homilía con una expresión del Concilio Vaticano II, que nos muestra a María, esperanza en la resurrección de su Hijo y que se puede convertir también en jaculatoria. Dice el Concilio Vaticano II que la Virgen María, la madre de Jesús, va delante de la Iglesia peregrinante con su luz, como signo de consuelo y de esperanza segura. En ella podemos esperar.
Por eso, hagamos una jaculatoria que ya en otra ocasión les he enseñado: “Dame valor y confianza”. Y van a responder ustedes: “María de la Esperanza”.
Dame valor y confianza, María de la Esperanza. Amén.
