Tradicional encuentro de fe y devoción para los fieles.

Desde las primeras horas del día, los contingentes de las 6 Vicarías Episcopales, junto a sus comunidades parroquiales, avanzaron con fervor hacia el recinto sagrado del Tepeyac. Esta peregrinación, que se realiza ininterrumpidamente desde 1921, es una manifestación de fe en desagravio por el atentado a la imagen de la Virgen de Guadalupe, reafirmando año tras año el amor y la fidelidad del pueblo texcocano hacia nuestra Madre del Cielo.

Saludo de bienvenida por el Cabildo de la Insigne y Nacional Basílica de Guadalupe.

Hermanos, hermanas. Muy buenos días.

Sean todos bienvenidos a la Casa de Santa María de Guadalupe a su Casita Sagrada aquí en el Tepeyac. Con gran alegría hoy, este Santuario abre sus puertas para recibir a todos ustedes, nuestros hermanos y hermanas, que han peregrinado de la querida Diócesis de Texcoco. Sean bienvenidos, ¡arriba Texcoco!

Excelencia, Mons. Don Juan Manuel Mancilla, dignísimo Obispo de Texcoco. Muy respetable Presbiterio que lo acompaña. Es con gran alegría y emoción los recibimos hoy.

Dentro de tantas festividades que han tenido ustedes. Especialmente la celebración ya de sus 500 del inicio de la evangelización, y siendo ustedes una de las sedes primeras, en donde el Evangelio se proclamó y se celebraron los sacramentos. Qué gusto y qué alegría recibirlos, ahora, a los pies de Nuestra Madre Santísima.

Todos los días los encomendamos en su labor tan importante para el Pueblo de Dios que peregrina allá en Texcoco. Que Dios nuestro Señor haga fructificar innumerables vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa, al servicio laical, que ustedes como pastores siempre estén bajo el amparo, bajo esa mirada materna de quien es Nuestra Madre Santa María de Guadalupe.

Quisiéramos Mons. Mancilla darle una pequeña muestra a nombre del eminentísimo Sr. Cardenal, de mis hermanos del venerable cabildo, que Dios nuestro Señor lo bendiga mucho. Le dé fortaleza y salud, para, ante todo, seguir dirigiendo a esta porción del Pueblo de Dios.

¡Bienvenidos! Están en su casa.

Homilía de Mons. Juan Manuel Mancilla Sánchez, Obispo de Texcoco, con motivo de la 65 peregrinación al Tepeyac.

Ciudad de México, 14 de noviembre de 2024.

¡El Reino de Dios está en medio de ustedes! Claro que nosotros, siempre hemos querido ver, como Iglesia, el Reino de Dios, en Jesucristo. Y hoy Él nos permite sentir esa presencia del Reino en la persona, en la imagen de la Santísima Virgen, Nuestra Señora de Guadalupe.

Hemos venido a visitarla, como ella nos enseñó. Ella vino a visitarnos de la manera más linda, de la manera más convincente, de la manera más delicada e inolvidable. Como tanto habían soñado nuestros padres, con flores y con cantos. Llegó cantando, llegó danzando, llegó consolando, curando y nos dejó su sagrada imagen, pues, como fruto de esas flores que ella misma le regaló a san Juan Diego, texcocano.

Quiero repetir la frase de Su Santidad, el papa Juan Pablo II, tan querido en México, cuando canonizaba a san Juan Diego, para aquellos que dudaban, que trataban de minimizar el Acontecimiento Guadalupano, empezando por san Juan Diego, que decían que siquiera había existido. El Papa usó una frase inolvidable, que yo quiero guardar junto con ustedes, en el corazón, y un corazón agradecido, porque el Papa dijo: Y Juan Diego era del Reino que el Pueblo llama Texcoco.

Queridas hermanas y queridos hermanos texcocanos. Mis queridos, muy queridos sacerdotes, que esto en verdad sea para nosotros motivo de inmensa alegría, que sea un aliciente muy grande en nuestra vida, porque de Texcoco sacó a su confidente, ¡gran confidente, muy digno confidente! Al confidente tan sencillo que verdaderamente pudo sacar adelante la voluntad expresa de la Santísima Virgen, de la Madre, de la Reina del Cielo, en favor de nuestra patria, en favor de toda América y, hoy ya, por todo el mundo. Nuestra Señora de Guadalupe es la imagen más querida, más buscada, por donde sea que se le vea.

Que Texcoco se sienta feliz. Que Texcoco, todos y cada uno de los habitantes de Texcoco vea que está llamado a ser el amigo de todas las confianzas de la Santísima Virgen. Que cada uno de nosotros tenga la capacidad de orar siempre de la mano de la Santísima Virgen, Nuestra Señora de Guadalupe. Que cada uno de nosotros, para cualquier movimiento, para cualquier actividad, primero se encomiende, piense en la Santísima Virgen, como el san Juan Diego de hoy. Los Juan Diego de los tiempos actuales que se tienen que enfrentar a unos retos muy grandes, dentro de la Iglesia y fuera de ella. Que todos nosotros esta palabra nunca la olvidemos: Confidentes de Nuestra Señora de Guadalupe. Si en Texcoco ella sigue contando con todos sus habitantes, como una extensión de san Juan Diego, su mensaje, su figura, su bendición, su calidez, no se acabará, y ella hará que el Reino de Dios, que su Hijo nos ha traído no se diluya, no desaparezca, no se menosprecie, sino que sea una realidad cotidiana, como Nuestro Señor tanto nos lo enseñó y tanto lo pidió a sus discípulos.

El Reino de Dios que ha traído Jesucristo, Nuestra Señora lo trajo a México en una forma nueva, fresca, dulcísima, y siempre, como en la línea de Cristo, el Renio orientado a ser de la vida cotidiana una experiencia muy feliz, muy valiosa. Como lo que le decía san Pablo a Filemón: que tú tengas calidad. Te pedo que perdones y que recibas a tu siervo, antes hoy mi hijo Onésimo, como un amigo, como un compañero, y esto te lo pido para que sigas creciendo en tu calidad de hombre y hermano. Eso es el Reino de Dios en la vida sencilla, tener calidad. Calidad, como esa calidad que mostró Jesucristo, como esa calidad misma de Dios, que es siempre fiel a su Palabra, que es siempre fiel a su criatura, aunque esté oprimida, o más aún, cuando está sufriendo, cuando tenga hambre o cuando esté retenido, aprisionado, puede ser por el pecado, por la ignorancia, puede ser por la pobreza. Él proporciona lo mejor a los hambrientos y da respiro y libertad a los cautivos.

El Señor da luz a los ojos, abre los ojos de los ciegos. Cómo se necesita hoy en un mundo de tantas oscuridades, en un mundo donde se apaga la luz de la vida, y se quiere apagar la luz de la fe, se quiere apagar la luz del amor. Cómo se necesita la presencia viva, amorosa de Cristo, de la Santísima Virgen, para que venga otra vez luz a nuestros ojos, a los ojos del alma, a los ojos del corazón, a los ojos del cuerpo cuero, alivio. Se está haciendo muy pesada la vida, se están haciendo difíciles las realidades, las circunstancias de nuestra patria. Quiere crecer el peligro, la descalificación, los abusos, y nosotros necesitamos el Reino de Dios. El Reino de Dios que tenga ese matiz tan delicado y suave, que la Santísima Virgen quiso imprimirle precisamente en nuestra Patria.

Que el amor de Dios, que el amor que Él, como principio de todo, siempre ha tenido. Ama el Señor al hombre justo y toma al forastero a su cuidado, es lo que en la sagrada liturgia, en el Salmo 145 nos ha regalado el día de hoy. Que sea menos pesada la carga de la viuda, del huérfano y que haya sustento para todos, en especial para ellos, y que se transforme. Cambia Señor, que se transforme su suerte, cambia Señor nuestra suerte, como solo Tú la puedes cambiar. Venimos a pedirle a la Santísima Virgen que ella sea la poderosa constructora del Reino, en el Espíritu de Cristo, en los corazones de las familias, en nuestros sectores que seguimos trabajando de nuestras parroquias, en nuestras estructuras diocesanas, en nuestro deseo de evangelizar, de misionar, de anunciar la Palabra, recorriendo nuestras propias calles, y haciéndonos presentes con este toque tan bello de la misericordia, de la caridad, que tiene que ser una característica muy grande de nuestra Diócesis. Así va a hacer, así seguiremos todos luchando porque nuestras estructuras diocesanas lleven ese toque misericordioso, delicado, que tiene el corazón del Padre Celestial, que tiene el corazón de Cristo, que trajo su Reino y el corazón amantísimo y delicadísimo, fino, de la Santísima Virgen María.

Reina y Señora muéstranos tu rostro. Venimos a contemplarte, venimos a aprender de Ti. Somos discípulos, queremos ser tus discípulos. Queremos escucharte, y queremos empaparnos de lo que es tu santa palabra, de lo que es tu mensaje, que siempre mira el consuelo, siempre mira el crecimiento, el fortalecimiento interior de tus hijos. Te queremos pedir Madre, que Texcoco te sirva con serenidad de cuerpo y alma. Que en todas nuestras actividades que se realicen, sean religiosas o humanas en la Diócesis de Texcoco, exista la suave armonía, incluso, la feliz dulzura con que tú quisiste que todos nosotros nos pudiéramos tratar. Serenidad de cuerpo y alma, así podremos servir, podremos amar, asó podremos sonreír, con armonía, con serenidad. Madre irradia sobre nosotros la luz de tu rostro, de tu corazón. Madre linda, que sea precisamente tu Imagen la que nos ayude a caminar, la que nos inspire a servir, a trabajar. Hay muchas cosas que nosotros tenemos que realizar. Todavía tenemos el encargo de perfeccionar la convivencia, las estructuras familiares, las fortalezas que se necesitan para la lealtad, todas las lealtades están en peligro. Y queremos como tú, ser fieles, como el Padre Celestial, como Jesús, tu Hijo, ser fieles. Así mitigaremos, así desaparecerá el pecado, las penas y los desencuentros. Ilumínanos con tu rostro pues, Madre querida. Ilumina nuestra alma nuestra alma. Ilumina todo nuestro ser. Así sea.

Fotografía cortesía de la Vicaría Episcopal San Antonio