Durante la homilía, el Obispo ofreció una explicación clara y pedagógica sobre la estructura de la Eucaristía, destacando sus cuatro momentos: ritos iniciales, liturgia de la Palabra, liturgia del sacramento y ritos finales. Subrayó que cada celebración es un verdadero encuentro con Cristo que inicia con el saludo, se fortalece en la escucha de la Palabra, se consuma en la fracción del pan y culmina con el envío misionero.

A la luz del pasaje de los discípulos de Emaús, el Pastor diocesano invitó a los padres de familia a acompañar de cerca el camino de sus hijos, no solo estando presentes, sino aprendiendo a dialogar con ellos, escuchando sus inquietudes y compartiendo su vida cotidiana. “Hay que saber estar”, expresó, proponiendo espacios concretos de diálogo familiar.

Asimismo, exhortó a los padres a ser testimonio vivo para sus hijos, viviendo con coherencia lo que enseñan, recordando que “las palabras convencen, pero el testimonio arrastra”.

Dirigiéndose a los niños, el Obispo presentó de manera sencilla cuatro compromisos fundamentales en su relación con Jesús Eucaristía: conocerlo, amarlo, hacerlo amar y recibirlo. Los animó a acercarse a la Palabra de Dios, a cultivar la oración y a prepararse con un corazón dispuesto para recibir a Jesús en los sacramentos.

Finalmente, recordó que toda Eucaristía impulsa a la misión: así como los discípulos regresaron a Jerusalén tras reconocer a Jesús, también los fieles están llamados a llevar a sus hogares y ambientes la alegría del encuentro con Cristo vivo.

La celebración concluyó con un llamado a vivir la fe en comunidad, fortaleciendo la vida familiar y reconociéndose como discípulos enviados, conscientes de que Cristo vive y camina con su pueblo.

Mons. Carlos Enrique Samaniego López – III Domingo de Pascua

Quisiera el día de hoy decir una palabrita sobre la liturgia, luego una palabra para los papás de todos estos niños que el día de hoy nos vienen acompañando, y finalmente una palabra para ustedes, queridos niños, que el día de hoy nos visitan.

En primer lugar, digamos que todos los sacramentos tienen cuatro partes en la liturgia: ritos iniciales, liturgia de la Palabra, liturgia del sacramento y ritos finales. ¿Qué tal? Está sencillo: ritos iniciales, liturgia de la Palabra, liturgia del sacramento y ritos finales.

Lo repetimos. A ver, en primer lugar son ritos iniciales, luego liturgia de la Palabra, luego liturgia del sacramento y, al final, ritos finales. Y la liturgia de la Eucaristía también tiene estas cuatro partes, solo que el día de hoy en el Santo Evangelio se nos habla también de esta gran liturgia. Miren cómo cada Eucaristía, cada santa misa, tiene estas cuatro partes.

Ritos iniciales. ¿Qué hacemos? Nos saludamos. El sacerdote o el obispo saluda como el Señor resucitado diciendo: “La paz esté con ustedes”. Los judíos dicen: “Shalom”. Y así saludaba el Señor Jesús: “Shalom”. La paz esté con ustedes.

Luego que ya nos saludamos en la liturgia, pasamos a dialogar, y es la liturgia de la Palabra, donde escuchamos la Palabra de Dios. Y así dice el lector: “Palabra de Dios”. Y todos responden: “Te alabamos, Señor”. Luego vendrá la liturgia del sacramento, que se va a llevar a cabo allá en el altar, donde el Señor se hace alimento para nosotros. Y al final nos despedimos con los ritos finales, diciéndoles: “Vayan a vivir lo que aquí hemos celebrado”.

Queridos niños, es como en una cena cuando invita una familia a otra. Lo primero que hacemos son los ritos iniciales: nos saludamos. Después de que nos saludamos, pasamos a dialogar en la sala. Después de estar platicando en la sala, como que alguien dice: “Oye, comadre, como que ya los frijolitos se te están quemando”, y pasamos al comedor a comer; pero al final nos despedimos deseándonos buenas cosas. Y es así como una comida, este banquete eucarístico.

El día de hoy la Palabra de Dios también nos habla de unos ritos iniciales, de una como liturgia del camino. Esos son los ritos iniciales. Iban los discípulos de Emaús caminando y el Señor Jesús, como un peregrino, abre brecha, se introduce entre ellos y comienza a dialogar con los discípulos de Emaús. Dios se introduce en el camino. Dios se ha hecho presente con Moisés. Dios ha estado caminando con su pueblo Israel. Dios acompaña a su pueblo. Ha acompañado a los jueces, a los reyes, a los profetas, porque Él es el Emmanuel, es el Dios con nosotros.

Y por eso, papás, hay que aprender a introducirse en el camino de los hijos, a caminar por donde están caminando, hacerse niños con los niños, abrir brecha, caminar con ellos. Dicen: hay que ponerse en los zapatos del otro y caminar con esos zapatos. Esto nos enseña ese pasaje. Estas serían los ritos iniciales.

Vamos a la liturgia de la Palabra con los discípulos de Emaús.

El Señor Jesús les fue explicando las Escrituras, y le preguntaban y Él les respondía; los cuestionaba y ellos se dejaban interpelar.

Queridos papás, con los niños hay que dialogar, no solamente estar con ellos, sino saber estar. ¿Qué les parece si se sacan un diálogo con sus niños diariamente de unos 10 minutos? Hay veces que parece que solo estar en casa basta. Hay que saber cómo estar. ¿Qué tal si dialogas acerca de sus sueños, de sus ilusiones, de sus dificultades, de aquello que les da tristeza, de sus desafíos, de los peligros que están viviendo? Diez minutos parece poco, pero para comenzar está muy bien. Es un desafío al que yo les invito.

Aquel peregrino que es Jesús dialogó con los discípulos y ellos comenzaron a sentir que ardían sus corazones.

Vamos a la tercera parte: liturgia del sacramento. El Señor Jesús les explicó a Cleofás y al otro discípulo cómo todo tenía que pasar para que el Mesías padeciera. Y entonces Él les habló seguramente de cómo en la última cena, cuando Él dijo: “Esto es mi cuerpo que será entregado, mi sangre que será derramada”, cómo eso se relacionaba con el Viernes Santo, donde veíamos a Jesús entregando su cuerpo, derramando su sangre; y cómo ahora que estaba Él, el peregrino, Jesús con los discípulos, nuevamente les decía aquellas palabras y ellos lo estaban reconociendo en la fracción del pan.

Queridos papás, también con los niños, ¿verdad? Entréguense, van ustedes delante. Sean cuerpo entregado, sangre derramada, personas que ganan el pan con el sudor de su frente, que van delante en aquello que ustedes les piden a sus hijos. Sean ejemplares, vayan predicando con el testimonio, porque dicen que las palabras convencen, pero el testimonio arrastra. Y ellos van a entender los consejos, las órdenes que ustedes les den, las orientaciones, cuando ellos vean que ustedes también van delante, lo van tratando de hacer.

Y en cuarto lugar, veamos esta liturgia ya de despedida. Cuando los discípulos de Emaús estuvieron con Jesús, ardían sus corazones. Ese corazón frío ahora se iba calentando, ahora iba ardiendo. Se les abrieron los ojos y lo reconocieron en la fracción del pan.

Antes los tenían cerrados. Y finalmente, los pies se les comenzaron a mover. Ellos ya se habían regresado de Jerusalén, estaban en Emaús, pero ahora van a volver nuevamente a Jerusalén. Van a regresar como misioneros y a eso también estamos todos invitados.

Si en esta Eucaristía, al escuchar a Jesús —o en toda Eucaristía—, arden nuestros corazones; si en cada Eucaristía se nos abren los ojos y descubrimos que Jesús está aquí, en ese pedacito de pan, no hay que quedarnos con esa experiencia. Hay que regresar, no a Jerusalén, sino a nuestros hogares, con nuestros vecinos, con nuestros compañeros de estudio, de trabajo, a comunicarles la experiencia de que nos hemos encontrado con Cristo vivo.

Y ahora, finalmente, una palabrita para los niños. Quisiera hablarles de cuatro deberes con Jesús Eucaristía. Y estos cuatro deberes aparecen también en el Evangelio, en el Evangelio de hoy.

Primer deber en relación a Jesús Eucaristía —es más, son dulces deberes—: primer deber, conocerlo; segundo, amarlo; tercero, hacerlo amar; y cuarto, recibirlo. Nos los vamos a aprender, ¿de acuerdo? A ver: primer deber, conocerlo; segundo, amarlo; tercero, hacerlo amar; y cuarto, recibirlo.

¿Ahora sí ya lo tienen? Y si no, también los papás les pueden ayudar. Primer deber, ¿cuál es? Conocerlo. Segundo, amarlo. Tercero, hacerlo amar. Y cuarto, recibirlo.

Primer deber: conocerlo. Lo puedes conocer leyendo el Evangelio. Les voy a decir acá entre nos que el Evangelio más breve es el Evangelio de san Marcos. Yo te aseguro que, si lo lees, te van a dar ganas de conocer los demás. Y también lo puedes conocer platicando con Él ante el Sagrario.

Primer deber: conocerlo.

Segundo: amarlo. Dice Jesús: “Si me amaran, cumplirían mis palabras”. Por eso, una manera de amar a Jesús es hacer lo que Él nos va pidiendo.

Tercer deber: hacerlo amar, querer que todos los demás lo amen. Por eso san Francisco de Asís gritaba en el pueblo: “El amor no es amado, el amor no es amado”, como diciendo: “Yo quiero que todos amen a Jesús, que es el amor de los amores”.

Y cuarto deber: recibirlo. Por eso siempre va bien acercarnos a la reconciliación, a la confesión, para tener el corazón muy dispuesto para recibir a Jesús.

Pues vayamos entonces a tener esta experiencia: ya lo hemos escuchado en las Escrituras, ahora se nos va a hacer presente en la fracción del pan y, finalmente, al acabar la misa, hemos de regresar a nuestros ambientes a comunicarles que nos hemos encontrado con Jesús que vive en medio de nosotros.

Que así sea.