Foto: Jessica Jazmín Martínez Aguilar

Card. Carlos Aguiar Retes, Arzobispo de México

El Espíritu del Señor Dios está sobre mí, porque me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres, para curar los corazones desgarrados, para consolar a los afligidos.

Así escuchamos en la primera lectura del profeta Isaías. Así lo hizo Jesús, como lo escuchamos en el Evangelio. La asistencia del Espíritu Santo tiene la finalidad de fortalecer y orientar al enviado por Dios para anunciar la llegada del Reino de Dios, primero; segundo, para sanar los corazones heridos; tercero, para consolar a los afligidos y llenar de inmensa alegría a quienes están deprimidos.

Si tenemos, y por eso invocamos siempre al Espíritu Santo, es porque Jesús lo prometió a sus discípulos. Levanten la mano, ¿quiénes son los discípulos de Jesús? ¡Bravo! No esperaba menos de ustedes. Pues bien, por eso siempre debemos invocar cada día, porque si somos discípulos de Jesús, somos —para reiterar, con la ayuda del Espíritu Santo— estas intenciones, estas finalidades, para las cuales somos enviados. Por tanto, si somos discípulos, ¿somos misioneros?

¿Quiénes han hecho la misión aquí en Texcoco? Levanten la mano. Todavía se acuerdan, ¿verdad? Hay que ser misioneros; para eso nos da la vida Dios nuestro Padre. En nombre de Jesús debemos actuar. Por eso somos sacerdotes del Señor. Así dice el profeta Isaías: “Ustedes se llamarán sacerdotes del Señor”.

Ah, ¿que no solo los obispos y los sacerdotes éramos sacerdotes? Ese es el sacerdocio ministerial, el que tenemos para conducir, alentar, formar a los discípulos. Pero el discípulo del Señor es también sacerdote del sacerdocio común.

¿Quiénes están bautizados aquí? Entonces, todos ustedes son hijos de Dios. Dios nos adoptó, somos hijos adoptivos, sí, pero hermosamente adoptados por alguien que nos ama; y por eso envió a Jesús, y Jesús a nosotros. Dice, pues, también el profeta Isaías: “Los que los vean los reconocerán como la estirpe que bendijo el Señor”.

El testimonio de nuestra vida, el que mostremos ser verdaderos discípulos de Jesús, eso nos basta para evangelizar; es el primer paso que todos debemos dar. Por eso, sí es muy recomendable —bueno, en mi tiempo por el Seminario Menor, tres veces al día nos hacían tomar conciencia de hacer el examen de conciencia—, pero ahora, ya mayor, lo hago nada más en las noches, y trato (les aconsejo que lo hagan también todas las noches): “Señor Jesús, hoy, ¿dónde has estado conmigo?”. Y darle gracias porque no nos falla, en las buenas y en las malas.

Entonces, el sacerdocio común lo recibimos por el bautismo, y el ministerial por el sacramento del orden, que tiene tres grados: los diáconos —son servidores, por eso están atrás—; siempre el que sirve está atento a ver qué se necesita. Eso hacen los diáconos. Los presbíteros —aquí hay muchos presbíteros—, ¿qué significa la palabra presbítero? Ancianos. Como ancianos que hemos tenido la experiencia de vida, y por eso somos presbíteros, formados para servir al pueblo de Dios. Y los obispos —por eso tienen que rezar mucho por nosotros, ¿verdad, Carlos?—, porque tenemos esta responsabilidad enorme de conducir, como decía el Papa Francisco, al rebaño: guiando hacia dónde queremos ir, dónde debemos ir, juntando al rebaño, en medio, formando estas comunidades, formando estos grupos donde nos animemos unos a otros; y detrás, el pastor tiene que ir detrás para recoger a las ovejas que se han descarriado.

¿Verdad que sí hay ovejas que se han descarriado? No pregunto aquí, porque yo supongo que aquí no hay; que todos, por eso, estamos aquí. No tiene otro sentido que ser discípulos de Jesús, miembros que vamos caminando juntos para poder ejercer nuestro sacerdocio común.

Pues todo esto que profetizó Isaías lo cumplió Jesús la primera vez que salió en público, cuando fue a Nazaret. Entró en la sinagoga, en el lugar de la reunión; le entregaron el rollo del profeta Isaías, y desenrollándolo dijo: “El Espíritu del Señor está sobre mí; me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos y darles la libertad; y a los ciegos para que tengan vista; a poner en libertad a los oprimidos”. Y le agregó esto: “A proclamar el año de gracia del Señor”. Y, por si alguno no entendía, terminó diciendo, como lo escuchamos: “Hoy, hoy se ha cumplido esta Escritura que acaban de oír”.

Jesús es el Hijo de Dios encarnado en el seno de María para proclamar el inicio —Él dio la bandera de apertura para las carreras—. Aquí a nuestro V Obispo de Texcoco le encantan las carreras. ¿Y qué hacen para que avancen ya todos los caminantes? ¿No lanzan una banderita? Pues eso es lo que hizo Jesús en Nazaret: Él es quien dijo: “Se ha cumplido hoy la Escritura que acaban de oír”.

Desde entonces está en proceso, a lo largo de los siglos, esta gracia de recibir el Espíritu los discípulos y de cumplirlo. Jesús es el Hijo de Dios encarnado en el seno de María para proclamar ese inicio que nosotros, sus discípulos, debemos testimoniar, mínimo testimoniar sirviendo también, para que viviendo las enseñanzas de Jesús expresemos con nuestra conducta y con fraternas relaciones con nuestros prójimos, especialmente con los más vulnerables, con los que más necesidad tienen.

Así lo dijo el Papa León en Dilexit nos, dilexit te. El Papa Francisco había dicho: “Nos amó”; el Papa León dice: “A ti, dilexit te”. Y ese amor con que nos ama Dios lo tenemos que testimoniar, expresándolo especialmente con los más vulnerables.

Por eso, creo que muchos de ustedes lo recordarán, el Sr. Carlos Enrique lo ha tomado también con mucha frecuencia: ¡Cristo vive! ¡Cristo vive! ¡Cristo vive!

Así te espera, Carlos Enrique, este pueblo.