Este domingo 14 de diciembre, en la celebración del III Domingo de Adviento, Mons. Carlos Enrique Samaniego López invitó a la Iglesia Diocesana de Texcoco a profundizar en el sentido de la espera cristiana, a partir de la figura de Juan el Bautista y del testimonio de Jesucristo como Mesías anunciado a los pobres.

Durante su homilía, el Señor Obispo subrayó que Jesús se revela no con poder ni espectáculo, sino con obras de misericordia, cercanía y amor desinteresado, especialmente hacia los más necesitados. Asimismo, exhortó a evaluar la vida cristiana personal, familiar y pastoral desde la atención concreta a los pobres y el servicio humilde.

Finalmente, animó a los fieles a prepararse para la Navidad contemplando al Niño Dios, aprendiendo de su pequeñez, mansedumbre y humildad, para vivir coherentemente como hijos de Dios y miembros del Cuerpo de Cristo.

Homilía del III Domingo de Adviento
Mons. Carlos Enrique Samaniego López
14 de diciembre de 2025

El día de hoy podemos responder a las preguntas: ¿quién es Juan el Bautista?, dado que es uno de los grandes personajes del Adviento. Son Isaías, Juan el Bautista y la Virgen María. Juan el Bautista señala a Jesús ya próximo. Isaías generaba la expectativa muy a lo lejos y María va a ser la aurora de la salvación. De tal manera que hoy podemos preguntarnos: ¿y quién es Juan el Bautista? La segunda pregunta es: ¿quién es Jesús?, ¿quién es aquel anunciado por Juan el Bautista?, ¿quién es aquel al que le prepara el camino Juan el Bautista?, ¿quién es aquel que ha señalado como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo?

Comencemos con la pregunta: ¿quién es Jesús?, desde Juan el Bautista. Estaba Juan el Bautista —nos dice el santo Evangelio— encarcelado. Flavio Josefo, un historiador del primer siglo, nos dice que estaba encarcelado en la cárcel de Maqueronte, una cárcel que había construido Herodes. Allí estaba porque denunciaba el adulterio de Herodes, también denunciaba las injusticias y temían que fuera una especie de zelota, de revolucionario, de hostigador. Y entonces estaba encarcelado Juan el Bautista. Manda a dos de sus discípulos a preguntarle a Jesús: “¿Eres tú el que ha de venir o hemos de esperar a otro?”. Y Jesús va a responder con su testimonio.

Pero, ¿por qué preguntaba eso Juan el Bautista? ¿Acaso tenía dudas acerca de quién era Jesús, si ya lo había señalado: “Ese es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, y sus discípulos se fueron con Jesús? ¿Acaso está decepcionado, desconcertado por lo que ha escuchado de Jesús y quiere verificar si es o no el Mesías y por eso manda a dos de sus discípulos? O quizá —esto casi no lo han escuchado ustedes, yo lo escuché hace años y me gustó mucho—, o quizá quería que sus discípulos se convencieran más y fueran a ver a Jesús cómo estaba actuando, cómo estaba hablando; es decir, que los quería acercar más a Jesús para que se quedaran con Él.

Y es así como llegan aquellos dos discípulos y le hacen la pregunta a Jesús: ¿quién eres tú?, ¿eres tú el Mesías o hemos de esperar a otro? Jesús responde con su testimonio: “Díganle a Juan lo que están viendo, lo que están escuchando. Vean: los ciegos ven, los cojos andan, los sordos vuelven a oír, los leprosos quedan limpios, los muertos resucitan y a todos, y sobre todo a los más pobres, se les anuncia el Evangelio, la Buena Nueva”. Seis acciones. “Vayan y cuéntenle a Juan el Bautista. Díganle lo que han visto, lo que han oído”.

Yo no sé si recuerdan todas estas acciones que el Señor Jesús leyó en una ocasión en la sinagoga de Nazaret, cuando entró, tomó el volumen del profeta Isaías y dijo: “El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha ungido”. Ungido es el Mesías en hebreo y en griego es el Cristo; en español es el ungido. “Porque me ha ungido para anunciar la Buena Nueva a los pobres, dar libertad a los oprimidos, darles la vista a los ciegos y anunciar un año de gracia”. Es decir, se está cumpliendo toda aquella profecía de Isaías. En aquella ocasión, en Nazaret, había dicho Jesús: “Hoy se ha cumplido esta Escritura”. Hoy se está produciendo, ya se está llevando a cabo. Eso quiere decir: hoy se ha cumplido esta Escritura, ya se está realizando en el corazón de los que están escuchando.

Y ahora vemos que Jesús está realizando todo aquello. Está anunciando la Buena Nueva a los pobres y está realizando todos estos signos portentosos. Se está cumpliendo esta Escritura. Nosotros vemos, pues, una atención sobre todo a los pobres. Esto engloba todo y se anuncia la Buena Nueva a los pobres. Y allá en Nazaret decía también: “He sido enviado para anunciar la Buena Nueva a los pobres”, sin ningún interés que el de expresar el gran amor que Dios le tiene al ser humano, principalmente a los más desvalidos.

Hoy hay personas, instituciones que quieren hacer mucho ruido, mucho espectáculo, aprovechando a los pobres para autoafianzarse, para presentarse, para enaltecerse. Decían mis abuelos: “Eh, pues tú recibe la despensa, pero después vota por quien quieras”. Hay quienes quieren aprovechar a los pobres para tomar fama. También instituciones, algunos grupos, ¿verdad?, para también que te fijes en ellos. Todos esos recursos que a veces se reciben del gobierno se reciben, pero también sepamos que es obligación velar por el bien común, por los más necesitados también, para una justa distribución de los bienes. Ahí están los impuestos. No adquieres ninguna obligación.

Por ello, veamos cómo Jesús, ¿verdad?, tiene un amor desinteresado, tiene compasión por los más pobres. Nosotros podríamos evaluar también nuestra vida cristiana viendo si se dirige a la atención a los pobres. Se anuncia la Buena Nueva a los pobres. ¿Qué tanto eres tú Buena Noticia para los pobres? Tú, laico, remedias las necesidades de tus hermanos. ¿Qué tanto tú, sacerdote, obispo, orientas tu acción pastoral al anuncio de los pobres? ¿Qué tanto eres una Buena Nueva para los más pobres? Este es el Evangelio de Jesucristo.

Es a través de estas acciones como podemos nosotros hacer un balance ahora que está concluyendo el año. ¿Qué tal es tu familia? ¿Realiza obras sociales en favor de los más pobres? ¿Es una Buena Noticia tu hogar para tus vecinos, para los más pobres?

Quiero decirles con gran satisfacción que fui el 12 de diciembre a la cárcel a ver a nuestros hermanos privados de su libertad y me enteré de que muchos sacerdotes de la Diócesis de Texcoco van los martes y también llevan lo que han colectado de pasta de dientes, jabón y papel de baño para compartir. Y también me enteré de que el 24 de diciembre se van a llevar, pues, más de mil cenas. Y esto cuando vi un video que me mandaron de las personas que ayudan, hasta me costó trabajo encontrar el nombre, la institución. Eran muy discretos.

También sé que en estos días se nos ofrecieron unas cenas para el seminario y dije: “Bueno, son 65 muchachos, incluyendo a los seminaristas de Valle de Chalco y Teotihuacán, que juntos formamos un solo seminario aquí en Texcoco”, y me dijeron: “Sí, cuente con ello”. Pero no solo eso, dije: “Bueno, está el otro seminario y son 90 seminaristas, y sumando formadores son más de 100”. “Cuente con ello”. Y ni siquiera van a ser reconocidos, no se va a hablar de ellos. Y otros quieren dar unos dulces para niños en Navidad. Dices: “Qué hermosas obras”. Nadie los va a conocer, a reconocer, a enaltecer. No nos la van a cobrar. Qué bonito.

Ahí se evalúa el cristianismo, el cristiano, el hogar cristiano, el ministerio cristiano. Ya hemos respondido a la pregunta: ¿quién es Jesús? Es el Mesías, que no solamente es aquel que esperaban muchos que fuera a derrocar a aquellos paganos que atentaban contra el pueblo de Israel y contra Dios. No era el Mesías que iba a reunir a todas las tribus de Israel como un gran ejército, o aquel que con cataclismos iba a venir a crear un cielo nuevo o una tierra nueva. Seguramente Juan el Bautista, cuando escuchó lo que le dijeron los discípulos, dijo: “Ah, es el Mesías anunciado tal cual por el profeta Isaías; se ha cumplido la Escritura”, y no se decepcionó.

A continuación, en el Evangelio dice el Señor: “Dichosos los que no se escandalicen de mí”. Es una bienaventuranza los que acepten a Jesús así. Quiero decirte, querido hermano, que muchas veces esperas que Dios actúe con un milagro y, si no, lo descalificas y te apartas de Él. A veces esperas que actúe con signos portentosos y, si no, te vas a las limpias, vas con los horóscopos, vas con otros que no van a llenar o satisfacer el corazón. ¿Qué tanto esa bienaventuranza puede ser para ti? Dichosos, bienaventurados aquellos a los que no les escandalice un Mesías que actúa en favor de los más pobres.

El Señor Jesús comienza ahora a dar una respuesta acerca de Juan el Bautista y comienza diciendo: “¿A quién han venido a ver? ¿A una caña que mueve el viento en el desierto?”. No, dice Él mismo, porque era un símbolo de Herodes y aparecía en su escudo una caña. No, ese no es Juan el Bautista. “¿Qué han venido a ver? ¿A un hombre vestido de finas vestimentas?”. No, porque esos viven en los palacios. ¿O acaso es un profeta? “Yo les aseguro que no solo es un profeta, es el más grande de los profetas. Y no hay hijo de mujer más grande que Juan el Bautista”.

Eso lo dijo Jesús. Vean qué halago. No hay uno más grande que Juan el Bautista. Pero dice Jesús: “Pero el más pequeño en el Reino de los cielos, el más pequeñito, es más grande que Juan el Bautista”. ¿Qué quiere decir esto? Que Juan el Bautista ciertamente, como hijo de mujer, no había más grande, más grande profeta, porque él anunció a Jesús ya próximo. Pero hasta entonces no habían sido redimidos todos los hombres. El género humano tenía el pecado original. Y cuando viene el Señor Jesús y nos redime, no solo nos perdona los pecados, sino que nos eleva a una condición que antes no teníamos. Nos concede ser hijos en el Hijo, nos incorpora a su Cuerpo, nos comparte su filiación, y es por ello que ahora somos miembros del Cuerpo de Cristo. Y por eso aún el más pequeño es más grande que Juan el Bautista, porque pertenecemos al único Cuerpo de Cristo, que es grande, verdadero Dios y verdadero hombre.

Por eso Juan el Bautista ya no es tan grande como el más pequeño en el Reino de Dios. ¿Por qué? Porque estamos incorporados a Cristo. Y por ello hay que asomarnos entonces para vivir de acuerdo a lo que somos. Si somos parte del Cuerpo de Cristo, hemos de reflejar el rostro de Cristo. Por eso, en estos días vamos a contemplar a Jesús humilde, a Jesús niño, a Jesús que se hace pequeño, para descubrir cuál es nuestra vocación: ser pequeños, hacerse como niños para entrar al Reino de los cielos. Por eso un santo decía, Moisés Lira Serafín: para ser un gran santo hay que hacerse muy pequeño.

Por eso les invito, pues, a que contemplemos en estos próximos días al Niño Dios para descubrir la grandeza de nuestra vocación y cómo se nos invita a ser muy pequeños, desde el servicio, desde la humildad, porque es la única virtud que pidió Jesús que le imitáramos: “Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón”.

Participemos en las tareas más sencillas. Tratemos de no hablar tanto y escuchar más. Procuremos realizar los servicios más difíciles en casa, buscando lo mejor y lo primero para los demás, lo peor y lo último para mí, para corresponder a esta vocación de ser miembros del Cuerpo de Cristo.

Pidamos, pues, en este tercer domingo de Adviento al Señor que nos conceda ser sencillos, humildes como Él. Ya se va acercando la luz. Por eso hoy la Iglesia se viste de rosa. El domingo de Adviento se caracteriza por tener el color morado, pero después se va degradando el color. Ahora, rosa. Al final vendrá la fiesta de la luz, donde contemplaremos al Niño Jesús que se ha hecho pequeño para engrandecernos, para elevarnos a una condición que antes no teníamos: la de ser hijos de Dios. Por eso, comportémonos como hijos de Dios, como hijos de María Santísima. Que así sea.