Por Mons. Juan Manuel Mancilla Sánchez, Obispo de Texcoco

“He aquí, que Yo mismo, pueblo mío, abriré todos sus sepulcros”. Mis queridas hermanas, mis queridos hermanos, durante este Tiempo de Cuaresma, la Iglesia nos va conduciendo en una relación muy profunda, admirable con Cristo, Él es el agua viva, Él es la frescura de la vida, nos ha regalado el bautismo para que nosotros nunca seamos sucios, un cristiano no juega sucio; enseguida se nos presenta Jesús como el único Sol de Justicia, “sol”, que ha traído la luz verdadera a este mundo: “Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no va a caminar a oscuras, tendrá la luz de la vida”. Más adelante vemos como Jesús, a nosotros sus discípulos, nos va a compartir interiormente su propia luz, hasta llegar a decir: “ustedes son la luz del mundo” donde ustedes se paren brillará la luz de Dios, llegará la bondad, la felicidad de Dios, “ustedes son la luz del mundo”.

Hoy mis queridas hermanas, mis queridos hermanos, llegamos a la cumbre de todos esos dones, cumplimiento de todas esas promesas, al regalo más grande, nunca imaginado por el ser humano, el profeta Ezequiel en su capítulo 37, es el único que nos ha dado este texto con meridiana claridad: ¡Yo abriré, Yo mismo! “Yo mismo abriré tu sepulcros pueblo mío y los haré caminar y los haré regresar a su casa, la casa de Israel. Hoy, la Iglesia: ‹Yo mismo, los sacaré de todos y tantos sepulcros que tienen ustedes›; y de hecho mis queridas hermanas, como que en eso nos especializamos nosotros, labrarnos nuestro propio sepulcro, nosotros nos enterramos vivos, muchas veces nos encerramos en una tumba, y somos tumba para los demás, no dejamos que se acerquen, no dejamos que nos den nada, ni les podemos ofrecer, no queremos ofrecerles nada, porque estamos muertos.

Y hay muchas clases de muerte, y casi todas nos las fabricamos nosotros mismos, nosotros mismos nos aislamos, nosotros mismos nos sepultamos, nosotros mismos nos empobrecemos y nos secamos del alma, muchas veces también del cuerpo. Que mensaje tan brillante ‹yo abriré esos sepulcros›, y efectivamente, con la persona de su Hijo El Mesías, con Jesucristo, Dios ya se ha dedicado a sacarnos de nuestros sepulcros, a sacarnos de todos los confinamientos, de todos los egoísmos, de todos los aislamientos que nosotros mismos ‒como dije‒ nos vamos haciendo; tenemos el sepulcro de la soberbia, tenemos la sepultura del egoísmo, tenemos el panteón de nuestras pasiones, hacemos todo un campo de muerte, de tumbas y de sepulcros; y en la medida que, abramos el corazón auténticamente a Cristo, esos sepulcros van desapareciendo, de esos sepulcros, nos va levantando y sacando el poder amoroso de Jesús, que es el poder infinito más maravilloso que nadie se puedo imaginar.

Hoy toda la Iglesia se alegra con este mensaje acerca de la resurrección de los muertos, hoy toda la Iglesia agradece al Padre Celestial que nos haya enviado a su Hijo ¡lleno de poder y majestad!, poder absoluto, lleno de amor, “Resucitar” es la señal más brillante del amor de Dios hacia nosotros; porque la resurrección es: amar nuestro cuerpo herido, nuestro cuerpo frágil, nuestro cuerpo desecho, nuestro cuerpo destrozado; y todo él, no hay una partecita de nuestro cuerpo que sea ajena a Cristo, a su poder para resucitarnos; es la resurrección, Padre Celestial, Jesucristo vendrá personalmente a vivificar tu cuerpo, esté donde esté, esté como esté, y a cada partecita, a cada célula de tu cuerpo la llenará de luz, incluso de gloria, de majestad, como ha llenado el cuerpo de Cristo Resucitado, que no morirá jamás, ya no morirá Jesús, el cuerpo de nuestro Divino Señor.

Mis queridas hermanas, adoremos a Dios, acerquémonos a Cristo, para que nos vaya ya resucitando desde ahora; hay muchas zonas nuestras, que están muertas, tú y yo debemos ser constructores de la vida, tú y yo podemos vivir emocionada, apasionadamente la vida que Dios nos ha dado, cuando sepamos amar, cuando sepamos creer, cuando sepamos obedecer a Jesucristo Nuestro Divino Señor. Llenémonos de gozo mis queridas hermanas; el fracaso, la enfermedad y la muerte, no son la última etapa de la vida, es la Resurrección la que nos aguarda; si nosotros permanecemos fieles, si permanecemos estrechamente unidos y cercanos, fieles a Jesucristo Nuestro Señor, ‘y el que no recoge conmigo desparrama′, desperdicia todas sus oportunidades. Ustedes y yo pidámosle hoy a nuestro Padre Celestial, nos siga teniendo en el libro de la vida, a nosotros nos tenga como sus hijos que anhelan, piden, trabajan, por la resurrección de los muertos en Cristo Jesús. Así sea.