Por Mons. Juan Manuel Mancilla Sánchez, Obispo de Texcoco

“¡Ha Resucitado!”

Mis queridas hermanas, mis queridos hermanos, que sea grande la alegría, el gozo de los creyentes en la Iglesia porque nuestro Divino Señor, aquel humilde campesino, sembrador, maestro, se ha convertido ‒después del sufrimiento atroz‒ en Señor, en Juez Universal, en Redentor de toda la humanidad; por eso mis queridas hermanas, mis queridos hermanos, una vez que nos ha quedado claro que, Nuestro Señor Jesucristo resucitó, y entendiendo lo que significa la Resurrección que es valorar nuestro cuerpo, que el cuerpo del hombre, en este caso del Hombre-Jesús, del Hijo de Dios, que el cuerpo del hombre no perezca.

Es tan grande el amor de Dios, que desde que llegó Cristo, hasta los cabellos de su cabeza están contados. “Y yo lo resucitaré en el último día” quiere decir que ese amor penetra tanto el cuerpo, el ser humano, el cuerpo del hombre, que Dios lo recogerá; porque gracias a nuestro cuerpo y con todo nuestro cuerpo, pues hemos sufrido, hemos disfrutado, hemos tenido ilusiones, esfuerzos, logros, éxitos; y por eso Dios desde la Resurrección de Cristo tiene la delicadeza de valorar y de que no se marchite, que no se pierda ninguna partecita de tu cuerpo, de tu ser, de lo que te hizo feliz, de lo que te hizo extraordinario, único.

Por eso quiero en esta ocasión mis queridas hermanas, mis queridos hermanos, junto con ustedes asomarme a esta realidad tan bella de Jesús como ‒decía San Pedro‒ ‘pasó haciendo el bien′; Él no le hizo daño a nadie, Él no le quitó nada a nadie, Él no perturbó, no apagó la mecha que humeaba, Él no pisoteó la caña resquebrajada; quiere decir: a ningún ser humano le quitó las ganas de vivir, las ganas de esperar, de disfrutar, de trabajar; pasó haciendo el bien dice: y tendía, tendió estiró la mano a todos para levantarlos, y lo hacía en nombre de Dios su Padre.

Por lo tanto les digo voy a esto: ¡Cristo resucitó!, resucitamos con Él; a partir de ahora nosotros seamos personas resucitadas y resucitadoras, sepamos que nosotros podemos levantar, nosotros podemos alegrar, nosotros podemos enriquecer, nosotros podemos apoyar a muchas personas; no vivamos para nosotros mismos; no nos encerremos en nuestros proyectos tan chiquitos, tan egoístas, abramos los ojos, abramos el corazón a nuestros semejantes y levantémoslos; que haya una sonrisa más sobre la tierra, que una persona llegue al cielo con una sonrisa más que tú le diste, que tú facilitaste; que una persona abra los ojos de alegría, de admiración, por lo que tú haces, por lo que tú ofreces, porque tú eres ‒sí diferente‒ pero también auténtico.

También eres una persona que es fuente de vida, como nuestro hermoso Señor Jesucristo; Él resucitó y nos resucitará a todos; Él pensará ya, y está pensando y está intercediendo por toda la humanidad. Como vimos anoche, por los que ya murieron, por nuestros antepasados que se encontraban en las regiones más abismales, más profundas del ser, de la tierra; por eso antes se decía: ‘bajó a los infiernos′ que quiere decir a esas zonas de fracaso, a esas zonas de tortura, a esas zonas abismales, oscuras, hasta allá llegó para llevar su luz, para llevar su poder, su grandeza y su hermosura, que Dios le concedía al haberlo resucitado.

Hagamos pues una Iglesia resucitadora, hagamos creyentes que siempre aportan, que no se van sin haber hecho que otras personas se levanten, que otras personas se consuelen, que otras personas tengan más salud; que no hundamos y que no quitemos nunca a nadie nada, sino que seamos “resurrección”. Así como Cristo dijo “Yo soy la luz del mundo” pues en seguida ¡Ustedes son la luz del mundo!, “Yo soy la sal de la tierra “¡Ustedes son la sal de la tierra!, “Yo soy el Buen Pastor” ¡Y nos dejó pastores!, “Yo soy pescador” ¡sean pescadores!, “los voy a hacer pescadores de hombres”. Él era Sembrador –como decimos tanto– pues ahora nosotros somos sembradores, hemos de sembrar, no cansarnos de ser productivos, de ser, útiles exitosos, y dar mucho fruto.

Y por eso queridas hermanas, queridos hermanos, la Resurrección llena de energías al mundo entero, a las personas; todo creyente en Cristo, así como se convierte en imagen de Él: Pastor Cordero, Puerta; vean por ejemplo lo de la puerta, gracias a Cristo se abrieron las puertas del cielo y también las puertas de los corazones. Tú tienes la llave, si vas, si caminas en nombre de Dios, en nombre de Cristo, tú abrirás muchas puertas que están cerradas; hoy se están cerrando las puertas de muchos espacios: no hay trabajo, no hay ingreso a las Universidades, al estudio; si nosotros seguimos preparándonos, concientizándonos y entregándonos, vamos a abrir muchas puertas; no cerremos las puertas porque Cristo es la Puerta, se abrió la del cielo, no va a abrir las de los corazones; así nosotros tenemos ese poder gracias a Él, de abrir muchas puertas y de presentar pues ofrendas agradables a Nuestro Señor.

Un detalle que creo que vale la pena mencionar, es ese dinamismo con que se hacen las cosas, las cosas de Dios se hacen con alegría; el día de… anoche, en las confirmaciones, cuando me tocó imponer las manos y entregar el Sagrado Crisma a los jóvenes, me impresionó que sonreían; ‒y yo le dije‒ ¡mira! recibes a Dios, recibes el Espíritu con una sonrisa, que Dios te sonría, y acostúmbrate a sonreír, acostúmbrate a ayudar a que otros sonrían, y que Dios te sonría, con eso tienes. Y por lo tanto esto de la vida del Cristo Resucitado es de cosas muy sencillas, fueron llevaron perfumes, se interesaron, se asomaron buscaron; y luego se les dijo que había resucitado, ¿qué pasó? corrieron, se fueron veloces a buscar a los Apóstoles, y cuando los apóstoles recibieron la noticia, salieron, corrieron; las cosas de Dios se hacen así: con generosidad; y las cosas de nuestros hermanos igual, hagamos el servicio, hagamos el bien así con prontitud, con frescura, con espontaneidad, como es nuestro precioso Cristo resucitado.

Luego a los Apóstoles, vean lo que dicen, cuáles son de las pruebas que dan porque, para que el Señor, para que se crea que el Señor está vivo, nosotros comimos y bebimos con Él; qué cosas tan sencillas: aprendamos a comer en familia otra vez, aprendamos a comer con los amigos; invitemos a alguien siempre a comer, si nos fijamos en los que no tienen, tanto mejor. Pero dicen los apóstoles: ‘comimos, comíamos y bebíamos con Él′; nunca dicen: nos arrodilló, nos dejó en penitencia, nos exigió que rezáramos, que cerráramos los ojos, que estuviéramos tristes, que fuéramos de rodillas o que hiciéramos… ¡no! ‘comimos y bebimos con Él′.

Es tan humano Cristo, y por eso nosotros lo hemos visto lleno de luz y lleno de vitalidad. “Vayan a Galilea” ‒por eso decía Jesús‒ ¿Porque mandó a los discípulos, a las mujeres a Galilea? porque en Galilea los conoció, en Galilea hubo el primer amor; y el primer amor es lo más fresco, lo más delicioso, lo más auténtico; ‘Vayan a Galilea, para que se acuerden que yo no los voy a juzgar, no les voy a reclamar que me dejaron solo en la cruz, ¡Vayan a Galilea! y todo comenzará de nuevo′, que la vida comience siempre, que nos renovemos, que no nos estanquemos ni nos enganchemos en tanta maldad, en tanto rencor o venganza; que nosotros vayamos a Galilea a reencontrar el primer amor, las primeras emociones, la naturalidad con que se convivía, la sencillez con que vivía el Señor con sus discípulos, y pues eso es la vida, y comienza aquí, y se perfeccionará en la eternidad. Así sea.