Por Mons. Juan Manuel Mancilla Sánchez, Obispo de Texcoco

“Dios creó al hombre para que nunca muriera”

Con estas palabras del Libro de la Sabiduría, la Iglesia nos introduce con mucha fuerza en una forma bellísima al Señor de la Vida, al Hijo de Dios, a nuestro amado Señor Jesucristo, a quien vemos en medio del pueblo, en la geografía humana de Israel y pues sobre todo en la ecología espiritual interior del ser humano. Si quieren, fijémonos en estas formas correctas para llegar a Dios, para llegar a Jesús: Jairo entró de rodillas, se postró, se echó a sus pies y le suplicaba “mi hija está agonizando”; la mujer que estaba enferma desde hace tanto tiempo, se echa sus pies y lo adora. Vemos nosotros que en los dos casos, nuestro Señor ‒ya escuchamos el milagro, los milagros extraordinarios‒ vemos como Jesús, pues digámoslo fuerte: no es un oportunista, exhibicionista, no es un charlatán en estos dos casos y en muchos, tuvo la grandeza, la finura de decir: “Tu fe te ha salvado”, “tu fe te ha salvado”; con que tengas fe, tú tengas fe, con eso Dios puede trabajar, puede servir, puede bendecir.

Junto con ustedes quiero fijarme en esa forma tan bonita de llegar a Cristo; ojalá nosotros en la Iglesia Católica no perdamos el gusto por ir, haciendo, respetando las observaciones litúrgicas que nos dicen: en pie, sentado, inclinen la cabeza, que nosotros tengamos esas delicadezas: arrodillarnos y adorar, eso abre las puertas del corazón de Cristo, eso nos ayuda a entrar en una sintonía profunda de humildad, de entrega con Nuestro Señor Jesucristo. Y  bueno el hecho que hizo en favor de aquella mujer, que tal vez fue muy rica y quedó pobre, enferma, al llegar donde Jesús, al caer en el espacio de Cristo, aunque fuera tocando la bastillita de su manto, ella estaba segura  de quedar curada.

Esta ocasión sin embargo, junto con ustedes mis queridas mis queridos hermanos, quiero fijarme en una súplica que Jairo le hizo a Nuestro Señor; creo que nunca le hemos dado la importancia que tiene, de hecho ya ven, yo mismo ya en el texto ¡no! qué bueno, me distraje en muchos detalles, aspectos; pero ahora quiero fijarme junto con ustedes en algo extraordinariamente grande, importante, especial: “¡Ven! a imponerle las manos a mi hija, para que se cure y viva”; a partir de entonces donde Cristo pone, impone sus manos, todo cambia, todo transforma, todo llena de luz y de vida; pensemos por ejemplo en Pedro, en Pablo, Pablo que incluso fue cómplice de un asesinato, ambicioso, Jesús le impuso las manos, hizo un apóstol extraordinario, extraordinariamente sabio, generoso, entregado al servicio perfecto de Cristo, del Evangelio.

Donde Jesús pone sus manos, llega Dios, llega el Espíritu Santo, llega la vida nueva, la vida eterna, la vida sobrenatural, la vida bien feliz; todas las personas que han recibido la imposición de manos en nombre de Cristo, quedan herederos de la casa de Dios, del cielo, de la vida eterna, para acabar pronto. Todos los que hemos tenido la dicha de que las manos de Jesús se impongan, nos toquen, gozamos de la cercanía infinitamente cariñosa de Dios nuestro Padre; incluso me gustaría citar los objetos, por eso el Pueblo de Dios sigue pidiendo que se bendigan sus objetos, sus objetos sagrados, sus medallitas, su cruz, alguna otra cosa que ellos quieren que lleve la bendición, ‒y qué bueno‒ sobre todo en nuestro pueblo que no se pierda eso; porque había un objeto terrible, fatal, espantoso, repudiado, temido: la cruz; el día que Jesús, el día que Cristo tocó, el día que Cristo pendió de la cruz, la cruz se convirtió en un emblema, símbolo, objeto sagrado, incluso de adoración.

La Iglesia Católica no tiene empacho en decir el viernes Santo “vengan a la adoración de la Cruz”, y cuánta gente se arrodilla y besa la cruz, que sin Cristo hubiera sido como: quien va adorar la guillotina, a quién se le va a ocurrir adorar un machete, una pistola ¡jamás! ¡Dios nos libre! pero Jesús extendió sus manos en la cruz ‒y decía San Pablo‒ “Yo no me glorío más que en la cruz de Cristo”. Me gusta que de lo primero que le regalan a un niño que se bautiza, a un Obispo, es la cruz; yo me he atrevido a decir cuando alguien pide por ejemplo una foto: ‘¡Obispo una foto!′, un Obispo sin cruz no tiene sentido; y por cierto la cruz del Obispo no debe traer el Cristo, porque por tradición: “Tu eres el Cristo Crucificado”.

La Cruz ¡gloriosa! yo de los días que disfruto es el 3 de mayo, cuando las comunidades, algunas, muchas personas, muchas personas aquí en Texcoco salen con la cruz adornada, embellecida creativamente, artísticamente, y con un gozo, los niños, los señores, los jóvenes, las mujeres van por la calle y presumen y disfrutan y sonríen llevando la cruz de Cristo; quiero ver a qué horas en alguna parte del mundo alguien presuma ‒como dije‒ y se sienta feliz por la guillotina, por el potro, por cualquier objeto de tormento, como era la cruz ¡estuvo ahí mi Señor! ahí fue crucificado, ahí derramó su sangre, y todo cambió.

Y bueno llegó a esto: papás invitan a Jesús a su casa, invitan a Cristo a que imponga las manos sobre sus hijos enfermos, mal portados, perdidos; inviten a Cristo que los toque para que todo cambie; hoy muchos papás rechazan, se olvidan, no les interesa que Jesús llegue a sus hogares, nosotros, y hago un llamado a todos los fieles de mi Diócesis: inviten con fe, con seguridad, con pasión, con un gran amor y cariño a Cristo a sus hogares, para que toque a sus hijos, para que acaricie a sus hijos, y vivan. Amén.