Por Mons. Juan Manuel Mancilla Sánchez, Obispo de Texcoco

“Ustedes están limpios”

Queridas hermanas, mis queridos hermanos, escuchen esa palabra de Jesús, que al ver como vio en sus discípulos esa fe, ese cariño por Él, en un momento solemne de su vida, les dijo ‘ustedes están limpios, están limpios por la palabra que yo les he dado′. Cómo nos renueva, recrea, purifica, engrandece, la palabra de Jesús; cuando nosotros le escuchamos con viva fe, “ustedes están limpios”. Creo que todos anhelamos esa pureza interior que Jesús vino a traernos; y por eso ahora nosotros queremos reproducir ese gesto inmortal de Jesús, que lavó los pies a sus discípulos;

Ya antes Nuestro Señor, en la historia de Israel, había purificado Abraham, a Jacob, a Moisés ‒de hecho podemos decir‒ a Moisés le purificó su rostro, al punto de quedar resplandeciente; a David le purificó su corazón para que volviera a amar, para que volviera a servir correctamente a sus semejantes, y por eso el santo rey David le dijo: ¡dame Señor, un corazón puro! en mi interior, desde dentro, y Dios lo purificó y lo perdonó; al profeta Isaías Dios le había purificado su boca, sus labios, para que pudiera anunciar la palabra divina; a Jonás lo purificó con las aguas del mar, para que fuera anunciar la salvación a Nínive; y así queridos hermanos, ahora nos sorprende Cristo completando la purificación de los hombres, de pies a cabeza; y así Él, lavó los pies a sus discípulos; y para nosotros esto queda como algo muy bello.

¿Por qué Jesús lavó los pies a sus discípulos? porque como Abraham: ‘Sal de tu tierra, camina hacia la tierra que yo te indicaré′; a los Apóstoles ‘¡Vayan por todo el mundo! recorran anunciando el evangelio a todos los pueblos, ¡vayan por todo el mundo! vayan de dos en dos, entren y ofrezcan la paz, ofrezcan el reino de Dios, ofrezcan la verdad infinita y la sabiduría eterna′. Los discípulos de pies a cabeza tienen que ser limpios, y eso se aplica para todos los cristianos, ‒ciertamente para mí, para nosotros los sacerdotes, los agentes de pastoral, los jefes de las familias‒ porque llevamos un tesoro inmortal en todos nuestros desplazamientos, en cualquier movimiento que hagamos nosotros hemos de representar a Cristo, y hemos de ofrecer el Evangelio, las buenas noticias del amor, de la salud, de la salvación.

Ya lo había dicho antes Nuestro Señor: ‘no lleven sandalia′, porque como le dijo a Moisés “¡quítate las sandalias! el lugar que pisas, es un lugar santo”, y eso mismo le dijo a Josué; los servidores de Dios entran al santuario, entran a la dimensión verdaderamente divina, y no deben llevar nada, ninguna conducta que no sea según la voluntad de Dios; los discípulos no deben llevar sandalia, significando que cuando se acerquen, cuando se introduzcan en la mente, en los oídos, en el corazón de los fieles, deben hacerlo con un respeto tan alto, como cuando alguien entra al santuario de Dios; encontrar un hermano es encontrar un santuario, el querer relacionarnos correctamente con nuestros hermanos, es como acercarnos a un altar: ‘si cuando llevas tu ofrenda, te acuerdas de que alguien tiene algo contra ti, deja la ofrenda y vete con tu hermano′, tu hermano es un altar, ahí encontrarás a Dios, ahí adorarás a Dios, ofreciendo a tu hermano el amor y la paz.

Por eso el Señor lava los pies a sus discípulos, y por eso le dice a Pedro: si no te lavo los pies pues no me vas a entender, y no vas a poder participar conmigo, no vas a poder hacer las cosas como yo las hago, con un gran amor; «tanto amó a los suyos que estaban en el mundo, que los amo hasta el extremo, perfectamente, hasta el final». Y si los discípulos no vivimos en transparencia, en pureza, pues, no podemos presentar El Misterio de Salvación, el tesoro de la gracia.

Por eso queridos hermanos, la Iglesia ha recogido con tanta emoción este gesto de Cristo, para implorar al padre Celestial, que a todos nos conceda ser limpios de pies a cabeza, ser limpios en todo, ser limpios con todos; nunca jugar chuecos, nunca ser ventajosos, nunca ser tenebrosos, sino como Jesús, con una inocencia infinita, y por la mismo, agradó, glorificó al Padre Celestial, alcanzando para nosotros el perdón de los pecados, el don del Espíritu Santo, la gracia de saber amar, la gracia de sabernos relacionar y de saber vivir, la gracia ‒por qué no‒ de saber comer, de saber beber.

Quién iba a pensar que Cristo nos dejara y se despidiera de nosotros con un pedazo de pan, con un pan y con una copa de vino; todos esperaríamos que Cristo fuera un ritualista o moralista, y que nos hubiera dicho, ya para despedirse: ¡hínquense, arrodíllense, dense golpes de pecho, ¡no! “Sepan amar” ‘coman, caminen juntos, respétense, ayúdense′. Eso lo hemos venido a pedir el día de hoy, que esos misterios tan sublimes de Jesús, nosotros los comprendamos en la vida cotidiana, que nosotros los practiquemos en nuestras relaciones de todos los días, llevar ese espíritu tan suave, tan delicado, tan noble de Jesús, de tal suerte que siempre sea nuestra preocupación hacer agradable la vida de nuestros semejantes, como Él lo logró. Así sea.