Por Mons. Juan Manuel Mancilla Sánchez, Obispo de Texcoco

“Gracia y Paz a ustedes, de parte de Jesucristo, el testigo fiel”.

Me nace con el Apóstol, hacer este saludo a ustedes mis queridos hermanos sacerdotes; este saludo lo usó tanto el Apóstol San Pablo, pero nosotros lo hemos recibido hoy, de parte del Apóstol San Juan. Si hay un saludo adecuado a los sacerdotes: ¡Gracia y Paz! a ustedes, de parte de Jesús, el primer testigo, el gran; porque fue fiel, primogénito de los muertos y de los reyes de la tierra porque Él nos amó, porque él nos purificó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo un reino de sacerdotes; somos así para Dios su Padre, y para el pueblo santo de Dios.

De nuevo mis queridas, mis queridos hermanos, hoy que recibimos, hoy que tenemos aquí en nuestra Catedral, a los presbíteros de nuestra Diócesis, que lo primero que sintamos y disfrutemos, que ellos son para nosotros ¡gracia y paz! que donde esté un sacerdote esté la gracia de Dios, que donde trabaje un sacerdote esté la paz de Dios; y con Jesucristo, por Cristo, en Cristo, para gloria de Dios Padre; esa es, pues la experiencia que tenemos en nuestro presbiterio, en  nuestros presbíteros, y por eso hemos venido con reverencia, con humildad a peregrinar, a peregrinar a la casa de los hijos de Dios, a la casa de Jesús, porque Él es el Santuario verdadero, definitivo, Él es la puerta del redil, Él es el Santuario, Él es el altar, Él es la ofrenda, Él es la víctima, agradable a Dios, Él es el que representa y simboliza la gracia en su estado puro.

Y ya nos hemos asomado tantas veces a este término: “Gracia” es lo gratuito, lo sorprendente, “Gracia” es lo que dice nuestro querido Papa, lo que primeriza la acción de Dios, “Gracia” es ‒nunca lo olvidemos‒ lo agradable de Dios. Hoy que ya he podido estar con mis sacerdotes, quiero confesarles que sentí las ganas de hacer esta oración en favor de ellos, en favor de nuestra Diócesis, la oración que hizo Moisés en favor de su pueblo: “sea agradable para su pueblo, el Señor nuestro Dios”.

Y ahora, pues mi sacerdotes en esa esencia de Dios, en ese deseo de Moisés en favor de su pueblo, pues yo me uno a esa oración: ¡Señor! que tú siempre mires con agrado a tu sacerdotes, a tu presbiterio de Texcoco, a todos los sacerdotes del mundo, que tú siempre te complazcas, encuentres tu agrado, en tus servidores los sacerdotes; que ellos en base a ese don tan bello que tú les das, se conviertan en paz, en evangelio, en cercanía; que corran como lo hizo El Mesías al tener el Espíritu Santo, corran dónde están los que sufren, donde están los necesitados, donde estén los que viven angustias y cargas muy duras; y que ellos sean los que ofrezcan esa luz que los ciegos necesitan, esas tinieblas que tanto oprimen y entristece a tu pueblo, a tus hijos, esos barrotes, esas cadenas; esas prisiones y hasta mazmorras que consumen prisioneros a tantos hijos tuyos, sobre todo en el espíritu, moralmente, antropológicamente, y alcancen la libertad: ¡Vénganse conmigo! ‒dijo tu hijo padre Dios‒ conocerán la verdad, y la verdad los hará libres.

Padre Dios, que la acción, el ministerio, la vida de mis sacerdotes, siempre te sea agradable; que su palabra esté llena de la luz del Evangelio; que su servicio siempre lleve la paz que Cristo ofreció; “Yo les dejo la Paz”, es a través de los Apóstoles, es a través de los sacerdotes como se transmite y se disfruta la paz de Dios: “Mi paz les dejo, mi paz les doy” no es la del mundo, no como el mundo, mi paz es espiritual, sobrenatural, auténtica. Esta sea la vida, siga siendo la acción de nuestros queridos hermanos presbíteros, y el espíritu los acompañará; así lo seguiremos suplicando en la Sagrada Eucaristía, porque en verdad, como hay cosas feas, desagradables en el mundo de hoy, incluso como hay cosas no solo difíciles, sino crueles, muy duras contra el pueblo, y no se siente esa gracia, ese don de la alegría de servir, de la alegría de amar, de la alegría de anunciar los misterios divinos, como se espera del pueblo santo de Dios.

Pues queridos hermanos sacerdotes, hoy que ustedes quieren, y así la voluntad de la Iglesia, renovarse y renovar su corazón, su servicio, el Obispo quiere ser ‒por qué no me dejan decirlo‒ el primero que renueve su cariño, su confianza en ustedes; el Obispo que sea el primero en respetarlos; muchas veces no pueden ofrecer más, pero sí quiero decirlo con paz y claridad, que sea el Obispo el primero en creer, en creer y en amar a sus sacerdotes, así lo hago, así lo profeso. Y si ustedes quieren dar una palabra a Cristo, a la Iglesia, bienvenida, su deseo de ser fieles, su deseo de seguir entregando la vida, su deseo de servir, es un tesoro para la Iglesia, como ustedes mismos lo son. Así sea.