Por Mons. Juan Manuel Mancilla Sánchez, Obispo de Texcoco

“Este es mi Hijo muy amado ¡escúchenlo!”

Mis queridas hermanas, mis queridos hermanos, la fe, nuestra fe comienza con el hijo amado del patriarca Abraham a punto de ser sacrificado, pero el Padre celestial le dijo ¡no! ¡no lo mates! ¡no lo sacrifiques! ¡Ni lo toques! no le hagas daño. En cambio cuando dios ofreció a su Hijo, los hermanos, nosotros a Él, no le perdonamos la vida, sino que fue sacrificado, sufrió y murió; esa es la grandeza de nuestra fe, la grandeza misma de Dios.

Y qué bueno que hoy el Evangelio nos ayuda a contemplar la grandeza infinita, hermosísima de Jesús, y por eso nosotros al meditar en este texto tan bello de la Transfiguración del Señor, volvemos a aprender tantas cosas, y a sentir experiencias de vida, de salvación, tan importantes que hemos de valorarlas; ante todo, pues pensemos como la vida humana en todos sus aspectos, casi diríamos a toda hora, nuestra vida se deteriora; es impresionante el deterioro físico que vamos sufriendo: se pierden las fuerzas, se pierden la salud, se pierde pues las energías, las ganas de vivir, de trabajar; y también pues: se deterioran las familias, se deteriora la sociedad, las comunidades; hoy sobre todo sufrimos muchísimo este deterioro comunitario que está pasando, por ejemplo en nuestra Patria, llegando al extremo del sufrimiento que produce la violencia y la muerte.

Pero qué bueno que aparece la Palabra del Padre celestial: ‘¡miren! diríjanse, observen a mi Hijo y muy amado, ¡escúchenlo!′ porque Dios Nuestro Padre ha depositado en Jesús: su palabra, su vida, su gloria, su hermosura; y por eso cómo es importante que la Iglesia contemple a Jesús en todo su esplendor, como lo contemplaron los Apóstoles: Pedro, Santiago y Juan. Jesús, no como Moisés que nada más tenía el rostro lleno de luz, ahora Nuestro Señor tiene su rostro, su cuerpo, sus vestiduras ‒como había dicho el Salmista‒ ‘cosa que solo Dios′, Dios se viste de belleza y majestad, Dios se envuelve en un manto de esplendor, y Él aparece como el Dios grande, Rey grande, Señor grande, en todo el universo. Pues ahora Jesús recibe esa gracia del Padre celestial: demostrar a los antiguos, y que a los que ya se fueron, a los mejores, a los santos: Moisés, Elías, y ahora sus discípulos: Pedro, Santiago y Juan, les muestra todo su fulgor, todo su candor, para que ellos puedan experimentar, contemplar,  la grandeza y la hermosura de Jesús.

Y queridas hermanas, mis queridos hermanos, pues ya pensemos en que eso que es Jesús, somos sus discípulos, porque Él nos asoció, porque Él nos integró a su cuerpo, a su sangre, a su alma, a su destino; siempre que nosotros escuchemos en la Sagrada Eucaristía: ‘Esto es mi cuerpo y se los entrego, este es mi sangre, e incluso la derramo por su salvación, por el perdón de sus pecados′ nosotros hemos de decir: participaremos, formaremos parte, no solo de ese séquito de Jesús El Mesías, sino de esa esencia, de esa intimidad gloriosa, hermosísima que Él lleva, porque ha obedecido al Padre celestial, y porque ha sido capaz de amar a su pueblo santo, a todos los suyos.

Déjenme comentar que el Papa San Pablo VI ‒el Papa de mi juventud‒ tenía este texto como el más importante de su espiritualidad; al ver el deterioro propio y el deterioro del mundo, al contemplar este misterio, de cómo por dentro, aunque no se vea, la Gloria de Dios está, crece, avanza en todos los cristianos; al morir le pusieron el Evangelio en su ataúd y el viento empezó a ojear los textos, y llegó un momento en que cesó el viento, y cuál no fue la admiración de todos, ver que había quedado este Evangelio, el Evangelio de la Transfiguración del Señor, presidiendo todas las honras fúnebres del Santo Papa Pablo VI.

Ustedes y yo como él queridas, mis queridos hermanos, aunque veamos, sintamos, que nosotros y a nuestro alrededor tanto derrumbe, tanto deterioro, no nos confundamos, no perdamos la fe, no perdamos el amor inmenso, el cariño profundo a Jesucristo y al Padre Celestial, que nos salvará, nos glorificará, nos integrará su espacio de luz y de felicidad, como lo sintió el Apóstol Pedro cuando le decía: ‘qué a gusto, qué bien, qué felices, qué hermoso, es estar aquí contigo, ¡así estaremos! Amén.