Por Mons. Juan Manuel Mancilla Sánchez, Obispo de Texcoco

“¿Tú eres Rey?”

Mis queridas hermanas mis queridos hermanos, qué oportuno, que providencial, que alegría, que nuestra Diócesis en la fiesta de Cristo Rey, celebra a su Divino Señor con este regalo tan bello de los apóstoles, de los mensajeros, de los ministros del amor, de la ternura y de la caridad de Cristo. Quién se iba a imaginar que Jesucristo Nuestro Señor, iba a llenar de luz y de hermosura tantos corazones, sobre todo en esa etapa tan amarga, tan difícil del dolor, de la enfermedad, como sucede siempre en la historia humana.

¿Tú eres Rey? Tú que naciste de una humilde mujer, Tú que naciste en la región más apartada del oriente del pueblo de Israel; Tú que fuiste rechazado en tu propia comunidad de Belén, que no te ofreció ni siquiera un cuarto, una camita para nacer. ¿Tú eres Rey? después de haber nacido en un corral entre animales, en un chiquero. Tú eres Rey, cuando comes con publicanos y pecadores, Tú eres Rey cuando ofendes el esplendor del templo y de los sacerdotes y de los sabios de tu pueblo. ¿Tú eres Rey? profesor de un pueblo, de una comunidad tan informal, tan insignificante; y así la lista podría seguir mis queridas, mis queridos hermanos. Y Jesucristo le responde ‘“¡Sí! pero mi Reino no es de aquí!”, mi Reino es sin fronteras, mi reino no se apoyará jamás en la violencia, en la fuerza, en el poder, en el oro del mundo. Mi reino no tiene nada que ver con cárceles, calabozos, policías, espadas. Mi Reino es otra cosa.´

El Salmo 72 y todos los Profetas, y sobre todo Isaías y el santo Rey David, nos enseñaron que El Mesías, a imagen de su Padre Celestial sería alguien perfectamente humilde, pobre entre los pobres, más aún, entre los más pobres, entre los que están en el suelo, por el suelo, en el polvo, ¡en la basura, en el muladar!; allá es el espacio donde Dios Reina, donde Dios se muestra amor, donde Dios se muestra delicadeza, caridad con los débiles, con los miserables, con los que nadie quiere, con los que estorban, con los agobiados; por eso Él lo dirá: `Vénganse conmigo todos los que están sobrecargados y abrumados por tantas dificultades, por tantos problemas. Vénganse, Yo quiero aliviarlos, yo quiero cargarlos y yo quiero consolarlos, y convivir con ustedes, y partir mi pan para ustedes. Vénganse, porque no he venido a salvar a los grandes, a los poderosos, sino a los que se habían perdido.´

Y cuántas imágenes no nos dará Nuestro Señor: moneda perdida, oveja perdida, hijo perdido, rescatado, renovado, incluso glorificado, exaltado, puesto a la derecha, sentado no en una silla en un trono, no en un trono como el de los reyes de la tierra sino un trono estable, trono para siempre; porque ellos fueron humildes, porque ellos como Cristo, como el Hijo de Dios, sufrieron, entregaron la vida y se ofrecieron, y buscaron el refugio en Dios su Padre. Qué misterio tan bello mis queridas, mis queridos hermanos, el del Reino de Cristo, el Rey de Dios, su reinado, su Padre Nuestro: ¡Venga a nosotros tu Reino! Que la Iglesia no se canse de orar y de decir, y de implorar: ¡Venga a nosotros tu Reino!, porque hay mucha crueldad, porque hay mucho sufrimiento, porque hay mucha inconsciencia, porque estamos sufriendo desprecios, incertidumbres, violencia, atropellos, y necesitamos que Tú reines, que el espacio que Tú nos des sea un espacio donde se pueda respirar, donde se pueda caminar, donde se pueda trabajar, donde se pueda servir.

Pues nuestra Diócesis cada día comprende y se compromete a identificarse con este Rey, con su estilo de gobierno, con su corazón tan bello, con su conducta tan admirable. Y nuestra Diócesis hoy le hace este regalo tan bello a Cristo Rey; aquí están los seguidores, los discípulos de Cristo, que bajo muchos títulos han comprendido su sagrado mensaje, han recogido su espíritu tan humilde. Podemos usar esta palabra como algo clave, “que se entregó”; Él bajó del cielo, se despojó para entregarse, ¡se entregó! Los sumos sacerdotes lo sintieron tan propio, que lo entregaron, con una naturalidad, y ellos con descaro, y con una postura tan vergonzante lo entregaron a la autoridad romana, lo entregaron al sufrimiento, a la cárcel, al juicio, a la cruz; y Él se entregó: ”Nadie me quita la vida, Yo la entrego, Yo la doy”. Este va a seguir siendo uno de los secretos de la Iglesia en todos sus niveles: entregarse; que tomen posesión, que la estrujen, que la desprecien, que digan lo que quieran, pero la iglesia sigue fiel a Cristo; la iglesia sigue recogiendo su santidad y su poder, y su gracia.

Qué bueno que hoy al escuchar el texto del Apocalipsis del apóstol San Juan, lo primero que nos dijo: “Gracia y Paz”. Ustedes pertenecen a la gratuidad, ustedes son gracia, agradables al Padre Celestial, y les dará la paz, la más la más valiosa, la del alma, de la conciencia, de lo íntimo del corazón, “Gracia y Paz a ustedes”. Y digo, qué bonito que en nuestra Diócesis, a sus mejores agentes de pastoral, los ha convocado para volverlos a consagrar y a renovar en su entrega a ese Rey, a ese Cristo, que hace espacios de amor, de servicio, de cercanía, de calidad, en el mundo del dolor. ¡Anímense mis queridas hermanas, mis queridos hermanos Ministros de la Sagrada Comunión! llénense de gozo, están en la mejor posición del Reino de Dios, están bajo la mejor actitud de Cristo; y me dio gusto que esta celebración eucarística, pues recibe el calor amoroso, tierno de ustedes y de los niños.

Están sirviendo al altar los niños del catecismo, y vean, y díganme si no es bellísimo el trabajo de la Iglesia cuando los viste de príncipes, de reyes, para que ustedes nunca vayan a vestir a un niño de bruja, de brujo, de monstruo, de diablo, de personas que atormentan, personas que sorprenden y dañan al improviso a sus semejantes, como sucede en los famosos Halloween. ¿Quién nos trajo esa cultura de muerte, de terror, de destrucción, pavorosa, indigna, que enferma, que mata. La cultura de Cristo, el Reino de Cristo es Paz, candor, delicadeza, belleza. ¿Díganme si estos niños no son dignos representantes de Cristo?, ¿díganme si estos niños no son un gozo para la Diócesis?; que desde pequeños recogen el espíritu de Cristo. El día de mañana se vestirán de pastorcitos, se vestirán de vírgenes, se vestirán de pues, otra vez de magos o de personas de bien, de amor, de entusiasmo, de cultura; que se vistan de San Juan Diego, que se vistan de Santísima Virgen de Guadalupe ¿díganme si eso no es luz, si eso no es Dios? Hagamos que nuestra Diócesis sea pionera en ofrecer estilos de vida, costumbres verdaderamente agradables, edificantes y felices.

Así sea.