Por Mons. Juan Manuel Mancilla Sánchez, Obispo de Texcoco

Queridas hermanas, mis queridos hermanos, la Semana Santa se abre con ese momento fugaz, muy breve, de la entrada de Jesús a Jerusalén en medio de cantos aclamaciones y fiesta; porque Dios permitió que a lo largo de la vida de Cristo ‒casi podríamos decir‒ hubo diez momentos solemnes, donde se revela la grandeza infinita de Jesús: En la Anunciación, María se llenó de gozo y abrió su corazón y su cuerpo al Hijo de Dios, pero inmediatamente pasó ese instante, el Ángel se retiró. ¡Belén! en un instante se abren los cielos, aparecen los ángeles, los cánticos, las aclamaciones al Niño, y después la fe la obediencia de los pastores para ir a adorarlo, los magos vivieron momentos gloriosos con la estrella que el Señor les regaló como guía, desapareció. En Caná Jesús manifestó su gloria, nunca se había visto algo parecido, nunca se había disfrutado un vino tan exquisito como el que Jesús ofreció a aquellos esposos, a sus invitados. El bautismo, el cielo se abrió, baja el Espíritu Santo en forma de paloma, y lleno de gloria se oye la voz “¡Este es mi Hijo muy amado!”. ¡El Tabor! Moisés, Elías, Pedro, Santiago y Juan, quedaron deslumbrados con la hermosura de Jesús, sus vestiduras, su rostro voz “¡Este es mi Hijo muy amado, escúchenlo!”, y desapareció. La entrada en Jerusalén; pues después la Resurrección del Señor y su gloriosa Ascensión al cielo, que también es tan breve, que los ángeles rápido cierran el escenario ¡váyanse a Jerusalén, y aguárdenlo hasta que Él vuelva!

Queridas hermanas, Jesús verdaderamente Dios, verdaderamente hombre, nos seguimos preguntando ¿y por qué la pasión? ¿Por qué tantas experiencias difíciles, absurdas, criminales, adversas, le sucedieron? En este relato que es de los más breves, el de Marcos, el Evangelio más antiguo, vemos sin embargo la abundancia de pesares, desventuras, sufrimientos, que Cristo tuvo que soportar; porque Él quería identificarse, caminar, cortito, de cerca, con cada ser humano; tal vez a nosotros no nos hayan pasado muchas cosas, por ejemplo que nos hayan coronado de espinas, tal vez nos haya pasado que nunca nos han escupido en la cara, tal vez nos haya pasado que nunca nos hayan agarrado a chicotazos, o abofeteado, o insultado, o desnudado, la lista es inmensa; pero ha habido muchos seres humanos que han sufrido, que han padecido todo eso que Cristo padeció, y Él, identificándose con todos los seres humanos, nos habló, nos demostró su cercanía, amor infinito; por eso la Pasión y la Cruz, son la Cátedra, la escuela, más llena de sabiduría, para entender la existencia humana, con lo frágil, lo inesperado, lo absurdo que pasa, y que nos ataca, y que nos derriba; y por eso hemos de dar gracias y gloria a Dios en Cristo Jesús.

Quiero junto con ustedes, por ejemplo resaltar este detalle: en el momento de la crucifixión, el sol se oscureció, casi como “el sol se fue”, retiró su luz, porque en adelante llegaba y se quedaba con nosotros la luz espléndida, la luz que ilumina todo, desde el corazón, los hogares, todos los pueblos, toda la historia, el ayer, hoy, y el futuro; Jesucristo es la luz, Jesucristo es el maestro, Jesucristo es el redentor, Jesucristo es el hermano, el amigo de todos los seres humanos; ningún ser humano podrá decir, estando frente a Dios: a mí no me salvó, no me entendió, conmigo no se identificó; desde su pequeñez, ser el último, ser el más pobre, ser el más despreciado, Jesucristo ha llegado al centro del corazón y de la historia de cada ser humano, para amarlo, para redimirlo, para traerlo, y para llevarlo en su cuerpo, en su destino. Llenémonos de gozo mis queridos hermanos, porque nosotros le pertenecemos, porque nosotros lo hemos conocido, porque a nosotros nos interesa estar con Él, aprender de Él, y ofrecerle a Él todo lo que nosotros somos, lo que nosotros tenemos, y Él a todos los que lo miren, lo escuchen, lo sigan, los llenará de luz y de una gloria infinita. Así sea.