Por Mons. Juan Manuel Mancilla Sánchez, Obispo de Texcoco

Mis queridas hermanas, mis queridos hermanos, quiero repetir y repetir, que la Catedral se adorna esta de lujo, está de fiesta, con esta peregrinación de los jóvenes de nuestro Diócesis, porque necesitábamos como hacer un clic precioso. con el día en que comenzó el anuncio del Evangelio y la adoración al único Dios verdadero en el Espíritu de Cristo, la llegada de los misioneros; fueron recibidos ‒lo voy a repetir‒ por unos jóvenes como ustedes, descendientes del gran rey que llena de gloria a México, a Mesoamérica y sobre todo a Texcoco: el gran Rey Nezahualcóyotl; él ya había muerto, pero en estos terrenos estaban las casas, las habitaciones de los hijos de Nezahualpilli su hijo, y al saber que llegaban las misioneros, los recibieron en este lugar; les abrieron las puertas de su casa y como al año las puertas de su corazón, recibiendo el bautismo junto con una cantidad inmensa de pueblo que lo seguía.

Quiero recalcar que el rey Nezahualcóyotl fue el primero que en una forma contundente, insistente, comenzó a desmarcarnos de los ídolos crueles, sanguinarios ‒aunque le queramos dar muchos matices‒ como eran: Huitzilopochtli, Tezcatlipuca Tezcatlipoca, y él adoró al “Ipalnemohuani”, Ipalnemohuani “dador de la vida”, no quita, no pide sangre ni ofrendas, el da: nos ha dado las flores “xóchitl”, “cuicatl” los cantos, la fiesta, el pueblo, la familia, la comunidad, el monte, las alas, nos ha dado las plumas, nos ha dado el cacao, nos ha dado las sonrisas, nos ha dado la felicidad; y a esa terminología, su nieto Cacamatzin y algunos otros poetas aquí del Anáhuac le pusieron agua florida, hermosa, flores muy bellas, plumas preciosas, cantos bellísimos; y así fueron adornando, fueron contemplando en una forma serena y señorial la belleza del universo, dado por el Ipanemohuani.

Incluso aventajó una expresión que para mí es cristológica, cristo céntrica, cuando dijo que Dios es in Tloque Nahuaque, Ipanemohuani in Tloque Nahuaque: es el Dios del cerca y del junto, no un Dios lejísimos, inalcanzable; ¡no! lo alcanzamos ‒como ya dijimos‒ con las flores, los cantos, las plumas, el cacao, el maíz, y es un Dios cercano, es un Dios pegadito, juntito a nosotros, in Tloque Nahuaque; esta expresión náhuatl es texcocana, y nosotros debemos recogerla de ese patrimonio cultural, y por eso digo es emblemático, ojalá para ustedes inolvidable, y lo comenten, y lo platiquen y lo disfruten con orgullo, con gratitud a Dios, porque 500 años después un grupo de jóvenes, como aquellos jóvenes nietos del rey Nezahualcóyotl, también reciben a Jesucristo, también abren su corazón al Padre Celestial, a su Espíritu, a su Iglesia Católica.

Y yo no sé si fue en ese preciso momento, o fue antes, casi diría: antes de que llegaran los misioneros, el nieto más joven, ‒por eso les digo este es un día feliz‒ había tres ciertamente descendientes del rey que recibieron a los misioneros, de esos tres, que bueno son los últimos reyes, así súper oficiales de Texcoco, el más jovencito como ustedes, cuando llegaron los misioneros ‒visto por los de fuera‒ era un joven inquieto, ellos como que despectivamente le llaman caprichudo, peleonero, pero era por defender su patria, su Texcoco, su patrimonio, era aguerrido, impulsivo, pero muy sabio; ese joven, quiero que se lo graben en su corazón queridos jóvenes ‒y está escrito en náhuatl, al ingreso de la Catedral está escrito en una piedra‒ ese joven nieto del rey Nezahualcóyotl exclamó ‒y está en sus poesías, si ustedes investigan en los textos de la Universidad Nacional Autónoma de México, los poemas de nuestros pueblos y de nuestros antepasados, busquen Cacamatzin, nieto del rey Nezahualcóyotl‒ ese joven exclamó ¡Nican Totatzin! ¡Nican Totatzin!, a ver repítanlo ¡Nican Totatzin!, con más alegría: ¡Nican Totatzin!, ahora gritando “¡Nican Totatzin!” “¡aquí está nuestro Padre!” eso significa ¡Nican Totatzin!

Por eso el Obispo aquí en la Catedral siempre que inicia la celebraciones dice Totatzin Totatzine, “Papito” “Abba” “Padre”, como nos enseñó Jesucristo. Un joven hace 500 años o más, en este lugar, desde su hogar, que sería hoy la Catedral, los espacios más bellos de la adoración a Dios, grito: ¡Nican Totatzin! “Aquí está nuestro Padre”, nuestro Padre Dios. Y por si fuera poco ‒ya les dije‒ y ustedes lo saben, para los pueblos nahuas, para los acolhuas toda la obra de Dios: bella, hermosa, las flores son hermosas, el perfume es delicioso, las plumas hermosas, el cacao precioso, las vestiduras; todo para nuestros pueblos era hermoso porque llevaba el toque del Ipalnemohuani; pues ese, ese mismo príncipe, Cacamatzin, qué dijo: Nican Totatzin “Aquí está nuestro Padre Dios” exclamó: ¡inic tlazo! teótl! “Dios es hermoso”. Como necesitamos mis queridos jóvenes que ustedes así hablen, se expresen, sientan a Dios: ¡Dios es hermoso, Dios es la fuente de la hermosura, de la belleza del alma, de la vida!

Qué bueno que hoy en el Evangelio se nos ofreció el texto de la tempestad calmada por Cristo, porque igual hoy, al mundo, a México lo amenazan tormentas espantosas que quitan la paz, que quitan la seguridad, que quitan el amor y la alegría; pero recuerden, hay una barca, no misteriosa, preciosa, en donde va Jesús con sus discípulos, y ojalá ustedes recojan hoy el matiz del Santo Evangelio que es muy bello: una vez al atardecer, Jesús dijo a sus discípulos: ‘quiero ir a la otra orilla del lago, vamos a la otra orilla′ ‒y observen esto‒ entonces los discípulos despidieron a la gente, y los discípulos llevaron a Jesús, condujeron a Jesús, subieron a Jesús, en su misma barca.

¡Jóvenes, inviten a Jesús! a la barca de su vida, de su historia, de sus hogares, de sus centros de estudio o de movimiento, de trabajo ‒sé que muchos de ustedes ya trabajan, y sé que muchos de ustedes con tanto sacrificio han ido perfilando su vida‒ ¡inviten a Jesús! que venga a la barca, a nuestra barca, a nuestras barcas, a esta barca preciosa que se llama Diócesis de Texcoco; y entonces no habrá miedo sino fe, confianza en nuestro Divino Salvador, nuestro hermoso; ojalá ustedes así se acostumbren en su oración personal a llamar a Cristo: «¡nuestro hermoso Señor!, ¡nuestro preciosísimo Salvador!». Como es precioso el Padre Dios fuente de toda belleza, que para ustedes esa sea la gracia, el toque, el secreto, el tesoro del Evangelio, de su vida: saber que son, pertenecen, están pegaditos, llevan en su alma, en la médula de sus huesos a Jesucristo, el hermosísimo Hijo de Dios y Salvador nuestro.

Aquí en este lugar pues, hace 500 años se sentía ya la presencia de Dios, y como Totatzin, como nuestro Padre; aquí en este lugar, hace 500 años se intuía la hermosura del Hijo de Dios ‒que bueno que el Salmo 44 lo llama ‘El más bello de los hombres′‒ y con Él esos son y serán ustedes. Queridos jóvenes ¡felicidades! ¡Gracias! por haber aceptado la invitación de venir a nuestra Santa Iglesia Catedral, al espacio preciso donde se recibió el evangelio, donde se abrieron los corazones a Cristo, al Padre Celestial ¡Gracias! por querer hacer ese encuentro tan bello que necesitábamos para que el Padre Celestial hoy y siempre aquí sea adorado con todo el alma, con toda la felicidad, con toda la confianza, y hoy, sobre todo con la belleza de sus corazones. Así sea.