Por Mons. Juan Manuel Mancilla Sánchez, Obispo de Texcoco
“El Hijo del Hombre ha venido a dar su vida”
Pues queridas hermanas, mis queridos hermanos, la Iglesia sigue al pendiente de Jesús, puestos sus ojos en el Divino Salvador, en el Hijo de Dios, en el siervo correcto, fiel, de Dios nuestro Padre. El profeta Isaías ya había previsto. gracias al Espíritu Santo, que el matiz más peculiar del Mesías, iba a ser el sufrimiento, el dolor, la pequeñez, que incluso perdería el rostro humano, y llegaría a parecer un gusano, como un gusanito que se arrastra por la tierra, despreciado, como esperando el pisotón a ver a qué horas lo despaturran y lo acaban.
Y efectivamente, nosotros sabemos que Cristo tuvo tantas características, tantos aspectos bellísimos pero, el que resplandece ante los ojos de Dios y ante la mayoría de los seres humanos, no es su resplandor, sus aspectos gloriosos donde Él se manifestó lleno de poder, sino que Cristo se robe el corazón y la mirada de todos al verlo pequeñito, el último, el servidor, el que se abaja el que se calla, el que se retira, el que ayuda. Por eso nosotros queridos hermanos, si alguna vez hemos tenido esa tentación que tuvieron esos discípulos de primera línea, grandes como Santiago y Juan, Pedro también, otros, de ser los primeros, de ser protagónicos, de ser especiales, de ser los más altos, recordemos la figura de nuestro hermoso Señor, la esencia de Cristo.
Qué dicha, que acierto, aprender a ser pequeños, qué bueno tomar para nosotros lo más modesto de la vida, de las conductas, de las posiciones; qué delicioso para nosotros que somos cristianos esperar, ser pacientes, refugiarnos en el Señor, y más que acudir a los reflectores ‒como decía el santo rey David‒ ‘correr a la sombra de tus alas, que ahí yo me esconda que tú me escondas, y que al final yo me refugie en ti′.
Pues mis queridas hermanas, mis queridos hermanos, en este domingo tan bello de enseñanzas tan hermosas de la Santa Iglesia, de los apóstoles, démosle gracias a Nuestro Señor, porque precisamente hoy se celebra el Domingo Mundial de las Misiones; cuando la Iglesia quiere salir al mundo, a los alejados, a los incrédulos, para anunciarles el misterio de Cristo, la persona de Cristo, la persona de Cristo; que nosotros aprendamos a dar testimonio de Jesús desde esa humildad, desde esa capacidad de sufrir como la que él tuvo, para que nuestro mensaje sea creíble; que en la Iglesia se suscite la caridad, que en la Iglesia y en las familias cristianas resplandezca la misericordia; no hay mejor forma de misionar y de convencer que la caridad cristiana; lo que decía san Pedro admirado de Nuestro Señor Jesucristo: “pasó haciendo el bien, tendiendo la mano a todos, Dios estaba con Él”, se sentía la grandeza amorosa de Dios en Cristo.
Pues, al pensar pues en las misiones, nosotros pensemos en nuestra propia misión, en la forma correcta de dar testimonio, y de divulgar y de ofrecer y convencer a nuestros hermanos, para que se acerquen a Cristo, y adoren y sirvan con un corazón puro y fiel, al único Dios verdadero.
Así sea.
