Por Mons. Juan Manuel Mancilla Sánchez, Obispo de Texcoco

”Reciban Espíritu Santo”

Como es emocionante para la Iglesia conmemorar la llegada del Espíritu Santo, porque por donde pasa el Espíritu pasa la luz, pasa la hermosura, pues esa alegría y paz que solo Dios puede dar. El Espíritu Santo convirtió el caos en un cosmos, los abismos en solidez o tierra firme, y pues todo el desorden y todos los peligros los convirtió en fortalezas, en bendiciones, y pues en una infinita belleza. Hoy por eso la Iglesia celebra el establecimiento del universo, tan bello de Dios; y el universo de la fe, del amor, y de la Redención, que Cristo Nuestro Señor nos ha traído. El Espíritu Santo es la ‘joya de la corona′ en la salvación, y viene a dar a ese mensaje, a ese misterio de Cristo un toque precioso, sólido, pero también muy agradable; por eso damos gracias a nuestro Padre celestial, damos gracias a su Hijo Jesucristo, que nos ha regalado espléndidamente el Espíritu Santo.

Y es bonito visualizar el momento en que llega al cenáculo para los Apóstoles, y aparece en lenguas de fuego, significando que cada apóstol iba a tener el lenguaje correcto, apropiado, para anunciar el Evangelio en todas las Naciones, en todas las latitudes; todos los pueblos iban a entender, e iban a escuchar el mensaje de Jesús en su propio idioma.  Y es admirable la lista que nos presenta san Lucas, en este capítulo tercero de Hechos de los Apóstoles, segundo capítulo, cuando nos dice que había personas de Mesopotamia, de Egipto, de Frigia, Panfilia, que había personas del Ponto, de Roma, había de Creta, árabes, pues de todos los pueblos del Vaso del Mediterráneo, y los escuchaban en su propio idioma.

Recordemos que hubo un drama fatal, así como en Sodoma, que fue destruida por el fuego, o por el diluvio, o por la torre de Babel, cuando la soberbia del ser humano hizo que se perdiera la capacidad comunicativa, se acabaron los idiomas o el idioma universal y nadie se entendía, y al final pues todos quedaron contrapunteados y ya no podían convivir, ya no podían unirse, había un desastre, como pues también muchas veces lo vemos ahora cuando los pueblos pierden a Dios,

no nos entendemos; si no entiendes a Dios no vas a poder entender a nadie, si tú no amas a Dios no vas a poder amar a nadie, si a ti no te importa Dios y tú te distancias de Dios quedas muy lejos al final de todas las personas.

Ahora con el Espíritu Santo llega la comunión, llega la inteligencia, llega la dulzura del lenguaje    ‒incluso íntimo‒ que verdaderamente te satisface, te fortalece, te llena de paz; esto es uno de los frutos primeros del Espíritu Santo. Alguien se burló de que a poco los cristianos nos entendemos, hablamos tantos idiomas y, pues san Cirilo, san Irineo decían: «¡cómo no! en todas partes está la Iglesia, y donde está la Iglesia se anuncia el Evangelio, las maravillas de Dios, y las personas la entienden; quien se iba a imaginar que nuestros pueblos hace 500 años iban a poder escuchar el anuncio este del Evangelio en su propio idioma, en náhuatl, o en totonaca, o en maya, o en purépecha; nuestros pueblos escucharon en su propio idioma las palabras del amor y de la salvación.

A la fecha, la Iglesia puede expresarse en China, en Japón, en Corea, en Filipinas, puede en África; cómo tenemos comunidades, Diócesis, parroquias en los cinco continentes, allí habla el espíritu y ahí se entiende a Dios; las personas de buena voluntad y sobre todo, entienden el lenguaje del amor, que debe ser el lenguaje de los creyentes: una sonrisa se entiende en cualquier parte del mundo, una mano que se tiende pues fácilmente se recibe, y todas las expresiones de respeto, de cercanía que ha producido la Iglesia de Cristo, pues han sido acogidas en muchas latitudes y en muchos corazones.

Y bueno pues entrémonos en un minutito en este don precioso que se llama el Espíritu Santo; la esencia del Espíritu es el amor, la comunicación, la frescura, el respeto, la fortaleza, la dignidad, lo vemos en esta Secuencia que se nos ha proclamado, como en primer lugar se le dice: tú eres una luz, tú eres una sonrisa por donde quiera que pases ¡Oh Espíritu Santo! Y me gusta mucho ese título que se le ha dado “Padre de los pobres”; no hay huérfanos en la Iglesia, nadie puede decir ni debe decir que está solo, está el Espíritu, te acompaña, te acerca a otros hermanos tuyos que son tu familia: “Padre de los pobres”.

También a Jesús el Profeta Isaías le había llamado “Padre Sempiterno” Padre por siempre, Padre que no se va, Padre que no nos abandonará jamás: ‹aunque tu padre y tu madre te abandonen, yo no te abandonaré› es el Mesías, “Padre de los pobres”, es el Espíritu Santo: amable huésped del interior, de la intimidad, amable; ojalá nosotros hagamos eso de la Iglesia, un espacio amable, «Que amables son tus moradas» había dicho el Salmista, cuando llegue el Mesías los espacios de Dios van a ser amables, el Pueblo de Dios tendrá experiencias amables, se le darán las palabras de vida, de amor. de santidad.

Y si quieren, finalmente ustedes y yo, fijémonos en esta obra del Espíritu: cura nuestras heridas; hay muchas heridas, y todos los seres humanos de muchas maneras hemos sufrido heridas, y hoy muy profundas, muy dolorosas; abramos el corazón al Espíritu Santo, el médico maravilloso de Dios que cura, sana, venda nuestras heridas. Y el primer ejemplo bellísimo fue Jesucristo: «¡miren mis manos! estaban heridas, ahora nada más están las cicatrices; miren mi costado, miren mis pies heridos, están sanos, y me han hecho muy feliz; y por eso les digo “La paz esté con ustedes»; y por eso les digo: reciban Espíritu Santo, este Espíritu que me resucitó es para ustedes, también a ustedes los levantará, los curará, y por eso perdonen los pecados»; es la  encomienda grande que llevan los sucesores de los apóstoles, tenemos la obligación, el mandato del Señor, de abrir los tesoros de la paz, de la misericordia, y perdonar los pecados; que empiece de nuevo la vida, que florezca, que reviva nuestra sed de existencia feliz. Así sea.