Por Mons. Juan Manuel Mancilla Sánchez, Obispo de Texcoco
“Yo te alabo Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios, a los inteligentes, y se las has revelado a los pequeñitos”
Pues queridas hermanas, mis queridos hermanos, al acercarnos al texto nosotros descubrimos la autenticidad, la vida verdadera de Nuestro Señor, que después San Benito plasmará en una forma magistral: “Ora et Labora”, trabaja y ora, haz oración y ponte a trabajar, o “haz oración trabajando”.
Se ve que Nuestro Señor vivía en oración, en dialogo con el Padre Celestial, lleno de su Espíritu Santo a toda hora; cada paso que daba lo dialogaba, lo ponía en la presencia de su Padre Celestial, y por eso el texto no dice como aquí nos han traducido: “En aquel tiempo Jesús exclamó” , “contestó”; ¿a quién le contestó? al Padre Celestial. En aquel tiempo Jesús en su ministerio, en su sagrada enseñanza estaba con sus discípulos, de repente interrumpe como quien dice lo que está enseñando, y se dedica a hablar al Padre Celestial; como que el Padre Celestial en ese momento le dijo algo tan bello, algo tan interesante, que Él cortó su sagrada enseñanza y le contestó, se enganchó con el Padre Celestial.
Y entonces fue cuando dice esto: “Yo te bendigo Padre” y se puso a hacer una homilía, dejo la homilía que llevaba para el Pueblo y se puso a hablar con Dios. eso creo que a nosotros como nos edifica, saber que se puede llevar vida íntima de dialogo, de valoración de la presencia del Padre Celestial en lo que andamos haciendo; que a toda hora la sagrada presencia de la divinidad, la mirada del Padre, los sentimientos del Padre, las inspiraciones del Padre Celestial, sean las que a nosotros pues, nos vayan acompañando en el trabajo pastoral o en cualquier trabajo de servicio, que le va contestando el Padre Celestial
‘Yo te bendigo Padre, yo te exalto, te engrandezco, Padre Señor del cielo y de la tierra, porque efectivamente te da gusto que yo estoy con los chiquitos; ya me di cuenta que gozas que yo ande con los sencillos, no con los importantes de este mundo; mira con quien ando y ya veo que eso te hace feliz; te agradezco Padre que valoras mi Encarnación, mi cercanía con tus hijitos los más chiquitos, los más receptivos ‒y casi yo aquí me atrevo a decir‒ porque Tú has revelado, Tú habías preparado todo esto, no para los grandotes, sino para los chiquitos que no son problemáticos‛. Dios no nos quiere conflictivos, Dios no nos quiere mata ondas, Dios no nos quiere con las uñas, Dios no nos quiere con colmillos; por eso decía: las zorras tienen madrigueras, están listas para cuidarse, defenderse, atacar; el lobo, ¡No! “corderos en medio de lobos, palomas y no víboras.
Entonces, que bonito mensaje ese para nosotros los consagrados, que veamos donde está el agrado, el tesoro de la Revelación, del sagrado ministerio de Jesús, como le ayudamos, como le facilitamos su sagrada misión cuando nosotros pues, tratamos de ser pequeños, tratamos de ser sencillos, tratamos de ser exigentes y disfrutar, valorar todo lo que se te dé, todo lo que venga del Señor, de su Iglesia, de los demás. ¿Porque a veces tenemos que exigirles tanto a los demás? si ni nosotros nos exigimos tanto, ni andamos a toda hora exigiéndonos; cuando uno se hace demasiado exigente pues ni disfruta, ni deja que los demás sean felices.
Que nuestra Vida Consagrada, se acuerdan cuando estábamos aquel gran aniversario de la Vida Consagrada, esta diócesis tomo el lema “¡Alégrate! Vida Consagrada”; que todo consagrado sea un hombre feliz, sea un hombre así como dice el Evangelio: bien sencillo. En estos días también Nuestro Señor habla mucho de que el mundo está lleno de sucios, hay muchos espíritus sucios, soberbios, conflictivos; y los discípulos están llamados para arrojar, echar fuera esos espíritus que como amargan la vida, como entorpecen la acción de Dios. Bueno y luego Nuestro Señor remata con esto tan bonito “Aprendan de mí”; nunca terminaremos, tenemos un reto delicioso: “Aprendan de mí” decía Nuestro Señor.
Pues pido para ustedes, ustedes pidan para el Obispo, pidamos unos para con otros, recoger en la Vida Consagrada esta deliciosa postura, esta actitud, este tesoro existencial, tan bonito que Nuestro Señor nos ofrece, espera de nosotros, sobre todo nos regala. Así sea.
