Por Mons. Juan Manuel Mancilla Sánchez, Obispo de Texcoco

“La más pequeña del campo”.

Mis queridos hermanos, creo que hoy debemos saborear desde una perspectiva muy bella el misterio del Reino de Dios, la palabra, la acción, el trabajo de Dios, en favor del universo, que en pocas palabras tiene un dinamismo maravilloso; hay recursos, hay fortalezas, crecimiento, grandeza, frutos.

En el texto del Profeta Ezequiel, se habla por ejemplo, de cómo Nuestro Señor plantará en la cima de un monte muy alto, sublime, excelso, en la montaña más alta: un árbol, un gran cedro; y en otros lugares de la escritura también se habla de la palmera. El cedro pues era el árbol más alto, más bello, más admirable; la palmera igual, donde sea en el desierto, en la playa, y más en el Medio Oriente, una palmera que da frutos, dátiles deliciosos, tal vez a ese tipo de miel se refiera la escritura, cuando dice que en la tierra del Señor, en la tierra de Israel manará leche y miel. Y luego tenemos también el olivo: en la casa del señor estará siempre verde, frondoso y le brotan retoños a toda hora.

O el Salmo primero: el hombre de Dios, el justo es como un árbol plantado en las corrientes del agua, de hecho es ‘sobre la fuente′, sobre la corriente de agua; y ahí hay una imagen muy bella: y ese árbol de Dios, el hombre de Dios no se marchita, no se seca, no lo queman; es como de los dramas que pasa con la naturaleza, con la vegetación, cuando hay descuido, cuando no se puede realizar perfectamente ese árbol o esa plantita. Pues también está la imagen de la vid, Nuestro Señor mismo se comparó a una vid: ‘Yo soy el árbol Yo soy el tronco Yo soy el tallo y ustedes las ramitas′, y para que este árbol tan valioso dé fruto, necesita de las ramas, y las ramitas, las ramas son ustedes; en esa línea creo que va la enseñanza de este domingo

Mis queridas, mis queridos hermanos, ver, en realidad lo que importa es el ser humano, ¡sí, la naturaleza! pero la naturaleza es la casa del hombre, es el lugar donde habitan los seres humanos, y por eso esas analogías esas referencias, pues nos ayudan mucho para valorar y para entender mejor lo que es el ser humano; el reino de Dios, el reino de Dios es para los hombres, para compartir pues toda su dicha, su felicidad, su sabiduría, su amor pues con nosotros, con nosotros sus criaturas, hoy hijos, verdaderos hijos de Dios.

Cuando nos asomamos por ejemplo a esto que decía Nuestro Señor: ‘El Reino de Dios es aparentemente chiquito, insignificante como una semillita′. Rápido yo quisiera decir: pues el hombre pertenece a ese Reino de Dios; y también, cuántas veces vemos al ser humano tan chiquito, tan frágil; lo vemos por ejemplo en el cuerpo de la mujer: quién se iba a imaginar que en el cuerpo de la mujer hay dinamismos tan extraordinarios que están en juego millones y millones y millones de partículas colaborando en el crecimiento del niño que está en el seno de la mamá, no se ve, no se siente, ni la misma mamá. En el libro de los Macabeos la mamá les dice: ustedes aparecieron milagrosamente en mi cuerpo, en mi seno, y nunca jamás yo me di cuenta a qué horas les salió el pelito, los ojos, las manitas, el corazón, ¡todo es obra del Padre celestial! todo crecimiento viene de Dios.

Esto para que ya cada uno de nosotros recoja ese mensaje tan bello: en tu vida, en tu persona, por modesta, por oculta, por chiquita, por insignificante que quiera parecer, hay todo un dinamismo, toda una riqueza impresionante de Dios, que te está ayudando a que crezcas, a que te engrandezcas, a que llegues a un lugar a un espacio, a una situación verdaderamente dichosa, feliz y gloriosa.

Y por eso el Reino de los cielos que nos ha traído Cristo, pues ahora sí que como Él, ¡se encarnó!, se metió de lleno en la vida, en la existencia, en el cuerpo humano, por eso le llamamos “La Encarnación” porque Él se encarnó, tomó nuestra carne, y desde ahí también como en las plantas hay todo un dinamismo de mejora, de mejoría de su vida, de grandeza, que también los salmos lo habían predicho: “Tú engrandecerás todo mi bien” o “Gracias a tu ternura, yo he podido crecer, he crecido”. De hecho eso es lo que la Magdalena le dice a Cristo resucitado: ¡Rabuní Rabuní! tú me salvaste, tú me engrandeciste, tú me trajiste a esta posición tan grande de amor, de dicha, de felicidad.

El Reino de los Cielos, todo lo de Dios siempre aparecerá como muy modesto, pero es muy grande; simplemente ver las estrellas, las podemos disfrutar, apreciar, porque están chiquitas y están en la noche para nosotros, y las estrellas no son chiquitas, hay estrellas millones y millones de veces más grandes que el sol, y las vemos quietecitas como un foquito, y las estrellas van por el universo a velocidades inimaginables; la tierra misma avanza 111,000 km por hora ¿quién puede superar esa velocidad? es una velocidad, y miren, quietecita, ni un pelo se nos mueve, tranquila, pero es obras de Dios, solo Dios puede hacer eso: que la velocidad sea quietud y que la grandeza sea insignificancia.

Todo eso para hablar del ser humano, de cada uno de los hijos de Dios, así son los hijos de Dios: siempre se verán chiquitos, siempre se verán lejecitos, siempre se verán ‒pues tal vez ahí‒ acalambraditos, pero el Reino de los cielos es como una semilla que crece, y sin que el agricultor se dé cuenta esa semillita va para arriba por sí sola, gracias a la tierra, primero los tallos, luego las espigas, luego los granos, y el hombre ni cuenta se dio a qué horas iba sucediendo todo ese dinamismo, la certeza de ese crecimiento, como lo es todo lo que sale de las manos de Dios.

Pues animémonos queridos hermanos, no seamos personas tristes, no seamos personas acomplejadas, amargadas, porque llevamos una velocidad admirable hacia el cielo, hacia el encuentro con el Padre Celestial, sobre todo, gracias a su Hijo que nos compartió admirablemente el dinamismo infinito y todopoderoso de la obra de Dios. Así sea.