Por Mons. Juan Manuel Mancilla Sánchez, Obispo de Texcoco

“Los Sumos Sacerdotes y todo el pueblo multiplicaron sus infidelidades”

Pues queridas hermanas, mis queridos hermanos, la historia humana, el Pueblo de Dios, las personas, hemos pasado por situaciones muy amargas, por situaciones muy feas, por situaciones de infidelidad, de pecado, y hoy, los textos sagrados primero nos ayudan a reconocer todas esas situaciones en las que nos hemos apartado, nos hemos revelado y nos hemos arrastrado por el polvo como las serpientes, con mucho veneno, por el desierto árido, quemante, pues con sed y hambre; y de ahí, y desde ahí, Dios ha visitado a su pueblo, Dios no ha abandonado a sus hijos,  –como ahora hemos de llamarnos, porque Jesucristo así nos lo regaló– Él nos compartió todo, nos ha compartido a su Padre celestial, nos ha compartido su espíritu, nos ha compartido a su Madre, nos ha compartido su Cuerpo, su Sangre, sus discípulos; a sus discípulos nos los regaló, a sus  Apóstoles: “¡Vayan! estén con la gente, predíquenle, cúrenlos, santifíquenlos”.

Y nosotros, por eso a toda hora hemos de bendecir a nuestro hermoso Señor, a toda hora hemos de pensar en su salvación, en sus regalos; pues en verdad son tesoros los que Jesús nos ha traído para salvarnos; el más grande: “Tanto amó Dios al mundo, que le regaló a su propio Hijo”, le regaló lo mejor, nosotros –como digo– en el polvo, en la basura, rastreros, y Él nos regala a su propio Hijo; pero un Hijo suyo lleno de amor y lleno de luz, lleno de misericordia, porque no ha venido a condenar, no ha venido a juzgar, no ha venido a derribar a nadie, no ha venido a humillar; Él no ha venido a condenar, a atormentar a nadie, ¡Salvador, Rey, lleno de luz!

Por donde veamos a Cristo encontramos su luz amorosa, paciente, delicada, fina, educadísimo era Nuestro Señor, paciente; y luego, pues lleno de poder: curó todas las enfermedades que encontró a su paso; no registra el Evangelio una sola persona a la que Él no haya curado, a la que no le haya dado la vista, el oído, la voz, sus manitas, sus pies, su piel, su mente, su corazón, incluso la vida; ahí nos dio señales de que es “El Señor de la vida”: y resucitó a Lázaro, y resucitó a la hija de Jairo, y resucitó a aquel joven.

Y Jesucristo vino a traernos su poder divino, y eso es lo que la Iglesia cultiva en los Sacramentos, en el anuncio del Evangelio, en las comunidades, en todo lo que organiza la Iglesia para servir a sus hermanos; ¡sí! muchas veces parecerá que solo damos una despensa, o que podemos compartir un poquito con los enfermos y necesitados, pero en el fondo es el Reino de Dios, el que se está entregando, el que se está ofreciendo y encarnando en la vida de las personas, porque somos hijos de Dios, y no estamos hechos para esa tristeza que sentían los judíos a la orilla de los Ríos de Babilonia, porque pues, habían pecado y ahora estaban en esclavitud, ahora estaban lejos, en el destierro, y no tenían ánimo, para celebrar el nombre del señor.

Todo eso malo se acabó; y a partir de Cristo, Dios queda en una posición espléndida, de respeto, paciencia, apoyo y bendición para todos los seres humanos. ‘Tanto amó Dios’ –no dice a Israel, tanto amó Dios a los sacerdotes, tanto amó Dios a los laicos comprometidos en el Templo, ¡no! – “cosmos”: todo el universo santificado por la presencia del Hijo de Dios; la presencia de Cristo, aunque haya sido aparentemente tan modesta, pues lleno de luz, transformó, cambio el destino de todo ser, de toda criatura, y todos tienen una cita con Cristo, y será levantado.

Nosotros tenemos ese privilegio de tener muchos signos, de que Cristo ha sido levantado en lo alto; tenemos a ver, por ejemplo: aquí los candelabros, tenemos las imágenes, tenemos la sagrada Cruz, tenemos la imagen misma de Nuestro Señor crucificado, tenemos los campanarios, tenemos las cúpulas, tenemos las columnas; y sobre todo nuestros ojos, nuestros corazones, nuestra mente, nuestros labios, que alaban y bendicen a Dios. Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, y quedaban curados ahora, el que es levantado en alto, es el Hijo de Dios, y con mirarlo, contemplarlo, valorarlo, acercarse a Él, recoger sus bendiciones, nosotros entramos al camino de la salvación.

Demos gracias a ese Padre Celestial tan grande, que ha decretado permanecer ya, en constante postura misericordiosa, amorosa de salvación. Así sea.