Por Mons. Juan Manuel Mancilla Sánchez, Obispo de Texcoco

“Seis días para trabajar, hacer los quehaceres, el séptimo para descansar”.

Cómo es hermosa la Iglesia mis queridas mis queridos hermanos, que siempre nos lleva a entender, a cumplir la voluntad de Dios; por ejemplo hoy, en la primera lectura, primero se nos dice ‘¡trabajar! seis días′ hay que cumplir, tenemos que hacer nuestros quehaceres, no ser mantenidos, no ser flojos o irresponsables, ꞌtrabajar′; incluso ustedes saben de las cosas bellísimas del trabajo, pues sí es la ocupación, pero pues sobre todo ser útiles; qué bonito es ser útiles para la familia, que podamos apoyar a las personas mayores, a nuestros padres o abuelos, qué bonito que podamos ayudar a los niños que todavía no pueden asumir trabajos pesados o responsabilidades fuertes, qué bonito es ayudar a los que no pueden, a los que no tienen, por eso ‘seis días′ para ser útiles, seis días para tener la satisfacción y la terapia ocupacional, seis días para trabajar: hacer trabajos, quehaceres, cumplir responsabilidades.

Y después, qué delicioso es el descanso, con un día que nosotros descansemos en forma se rehacen las fuerzas, para eso es el descanso, para que recuperemos energías, para que nosotros podamos verdaderamente tener otro tipo de experiencias más personales, íntimas, que se puedan cubrir con ese periodo de descanso; simplemente asearnos, bañarnos a gusto, vestirnos en una forma agradable ‒porque no‒ aunque seamos pobrecitos pero podemos vestirnos en una forma distinta el día del descanso, el día del sábado; atender nuestro cuerpo atender e hidratar nuestro cerebro, nuestro corazón, todos nuestros sistemas, y ponerlos listos para el funcionamiento que sigue a lo largo de la semana; ‘atender nuestro cuerpo′ atender pues todos nuestros miembros.

Muchas veces se pueden hacer cosas incluso necesarias, agradables, porque tenemos nuestro descanso; y luego ‘sentirnos libres′ sentirnos libres; y eso de sentirnos libres también nos ayuda a tener experiencias de encuentro, de apoyo, y pues de relación constructiva con nuestros semejantes, sobre todo en la familia; podemos pensar en nuestro entorno: como poner más orden, como tener mejor presentada nuestra casa; el día de descanso es también para dialogar, para escuchar; en el pueblo de Israel se recomendaba mucho dedicarlo al Señor, era la forma más útil de aprovechar el día de descanso. Y acuérdense se nos dice en el libro del Deuteronomio: el descanso es parejo, es para todos, que no nada más nosotros los que dirigimos, ¡no! tu hijo, tu hija, tu ayudante, el que te colabora, tu trabajador, tu esposa, tus vecinos o visitantes; o sea, que se haga un ambiente de tranquilidad y de descanso.

Pero repito, el Pueblo de Dios decía: «No hay descanso más agradable que conocer, que escuchar a Dios, sus enseñanzas, recoger su sabiduría, pensar en Él, meditar, adorarlo, bendecirlo ‒bueno simbólicamente‒ visitarlo en el Santuario, en el Templo; dedicar un espacio en donde nosotros nos veamos como creaturas hechura de Dios, ahora hijos de Dios gracias a Jesucristo, y luego pues hermanos, miembros de una gran familia, y así llegar a esa plenitud de vida de sentirnos pues dignos, libres, útiles y felices. Muchas veces el trabajo agobiante, el tener así como una pasión desmedida por el trabajo, al final nos desgasta tanto, y que nos va a hacer amargosos, y nos va a hacer personas insatisfechas, y por eso hoy pues, la enseñanza grande está en el descanso.

Y Jesucristo le dio una luz tan grande a esto del descanso, que llegó a decir: ꞌno se hizo el sábado, no se hizo el hombre para el sábado, sino el sábado todo es para, en favor del hombre, el ser humano, la criatura primordial de Nuestro Señor y creador. Jesucristo pues nos ha dado un estilo de vida, pues muy digno, un estilo de vida pues satisfactorio; por eso Él mismo cuantas veces le dijo a sus Apóstoles: ¡vénganse! vamos a un lugar tranquilo, vamos a descansar, se dice que no tenían tiempo ni para comer, se dice que lo apretujaban las multitudes y Él se recogía, y Él buscaba la paz, y en la noche buscaba la contemplación para estar disfrutando la palabra, la presencia del Padre Celestial.

Pues queridos hermanos, hoy fijémonos en esta enseñanza, ¿cómo está nuestro cumplimiento del deber? ¿Estamos haciendo bien nuestro trabajo? ¿nos interesa, nos emociona lo que hacemos? ¿Amamos las encomiendas que se nos han dado, aunque sean modestas nuestras encomiendas? Pues ahí está la realización, la identidad, la plenitud, el fruto. Y luego también, saber disfrutar y saber compartir el esfuerzo que nos trae a nosotros cosas buenas, pero alcanza para los demás; es lo bonito del trabajo, que tiene frutos y que se pueden ofrecer y compartir, y distribuir con los demás. Recordemos pues este dinamismo: el trabajo, el descanso; no seamos desordenados; el pecado nos desequilibró, trajo muchos desequilibrios, hay personas que solo puro trabajo, trabajo, o hay personas que puro descanso, puro descanso y vivir de los demás, y explotar ¡no! es el equilibrio bello de la vida, trabajamos ‒ descansamos, trabajamos ‒ somos útiles, trabajamos ‒ ayudamos y descansamos, y crecemos, descansamos y respiramos, descansamos y pues también adquirimos un plus como personas que nos hacen felices. Así sea.