En el III Domingo de Cuaresma, Mons. Carlos Enrique Samaniego López reflexionó sobre el pasaje evangélico del encuentro de Jesús con la mujer samaritana, destacando cómo el Señor rompe barreras sociales, culturales y religiosas para acercarse a cada persona y ofrecerle la vida nueva.

Durante su homilía, el Obispo explicó que el diálogo de Jesús junto al pozo de Jacob revela el profundo deseo de Dios de encontrarse con el ser humano. Al pedir agua, Cristo manifiesta también su “sed” del amor y de la fe de la humanidad, invitando a todos a saciar esa sed con una respuesta sincera de vida.

Asimismo, señaló que solo Dios puede llenar plenamente el corazón humano, pues muchas veces las personas buscan saciar sus anhelos en realidades pasajeras que no logran colmar su interior. Por ello, el encuentro con Cristo conduce a reconocer la propia verdad, liberarse de los ídolos y abrirse a la gracia de Dios.

Finalmente, Mons. Samaniego destacó que, así como la samaritana pasó de ser una mujer marcada por su pasado a convertirse en misionera, también los discípulos de hoy están llamados a compartir la alegría del Evangelio y a ser signos de esperanza para los demás. En este contexto, invitó a reconocer y agradecer la valiosa presencia y misión de la mujer en la Iglesia y en la sociedad.

Homilía de Mons. Carlos Enrique Samaniego López – III Domingo de Cuaresma

En este evangelio de la samaritana vemos, en primer lugar, cómo el Señor Jesús rompe barreras. Va a romper algo convencional. No era común ver a un samaritano junto con un judío. No era común ver a un rabino acercándose a una mujer. De hecho, se asombran los apóstoles cuando lo ven con aquella mujer. Y es así como descubrimos cómo Dios, cómo Jesús, se hace cercano, cómo rompe esa barrera de religión, cómo rompe barreras raciales, cómo no hay prejuicios sociales y se acerca al ser humano.

Así también vemos nosotros cómo hay este acercamiento siempre de Dios hacia todo ser humano, sin importar la raza, la religión, la condición social. Y estamos todos llamados a ello. Vemos en este primer punto cómo no hay que hacer todas estas distinciones de clases.

En segundo lugar, vemos también cómo el Señor Jesús se hace presente con una necesidad física. Esta necesidad es la sed y esto hace referencia a que Él tiene sed del hombre. Dios tiene sed del ser humano. Vemos al Señor Jesús en la cruz diciendo: “Tengo sed”. Y nuevamente vemos quién ha saciado la sed de Dios. Es una sed de su amor. Es una sed también de su felicidad. Es una sed de su fe.

Vemos, por ejemplo, que san Francisco de Asís gritaba por todo Asís: “El amor no es amado. El amor no es amado”. La madre Teresa de Calcuta llegó a entender esas palabras de Jesús, “Tengo sed”, como si se las estuviera diciendo a través del hambriento, a través del sediento, a través del desnudo, del encarcelado, del enfermo, del forastero, como si todos ellos le dijeran: “Tengo sed”. Es Jesús que está allí. Hay que saciar con amor la sed de Jesús.

Ha sido una mujer y, después de ella, muchas mujeres las que han querido saciar esa sed de Dios. Él tiene sed de nuestro amor, de nuestra felicidad, tiene ganas. De hecho, el Señor Jesús veía necesario pasar por Samaria, pasar por allá donde estaba aquella mujer. Se utiliza una expresión que aparece pocas veces en el Nuevo Testamento. Por ejemplo, cuando está con los discípulos de Emaús, el Señor Jesús dice: “Era necesario que el Hijo del Hombre padeciera”. Era necesario. Se trata de una necesidad de Dios, de una voluntad de Dios.

O cuando está en Getsemaní, en otro momento muy difícil: “Padre, si es posible, aparta de mí este cáliz, pero si no, que se haga tu voluntad”. Nuevamente se refiere a esa actitud de necesitar de la voluntad de Dios. Y aquí dice el texto que acabamos de escuchar que era necesario pasar por Samaria. En realidad, geográficamente no había necesidad; había que hacer un borde, pero en la voluntad de Dios era necesario ese encuentro con aquella mujer. Y pensar que todo comienza en aquel pozo, el pozo de Jacob.

En tercer lugar, vemos ahora que el Señor le ofrece a la samaritana otra agua que de verdad sacia para siempre. Y es entonces cuando Él se presenta como una opción que llena la vida y es así como ella lo cree. Ella tiene capacidad de recibir de esa agua. Por eso es que el pozo de Jacob representa todo aquello que quiere saciar nuestro corazón y que no lo alcanza a saciar.

Pensemos en algunos placeres, en la recreación, en la diversión, en cosas materiales, incluso en el amor humano. No alcanza a llenar el corazón del hombre, sino solo Dios. Dirá santa Teresa: “Solo Dios basta”, porque el corazón del hombre es tan grande que solo lo llena Dios.

Por eso, en cuarto lugar, vemos cómo la verdad libera. Ella se enfrenta a su verdad cuando dice que tiene marido. Y el Señor Jesús le hace ver que en realidad no tiene marido, que ha vivido con cinco y con el que ahora vive no es su marido. Se refiere al pueblo de Israel que ha caído muchas veces en la idolatría y ahora nuevamente tiene un ídolo. Parece que no lo llena Dios.

Y es que realmente el ser humano es el creador de sus propios ídolos. Idolatramos personas, idolatramos algunas aficiones, se cae en la idolatría ante algunos deportistas, artistas, ante la pornografía, la idolatría hacia uno mismo. El ídolo es la creación de nuestras propias manos, decía el Papa Francisco en Lumen Fidei: “De tal manera que, como consecuencia lógica, pasamos de la idolatría al politeísmo”. Porque como no nos llena un ídolo —porque ya decíamos que el corazón del hombre es tan grande que solo lo llena Dios y no lo llena un ídolo— entonces el ser humano se fabrica otro ídolo y luego otro, y se cae en el politeísmo.

Esa mujer enfrenta su verdad, reconoce su verdad. Ya decíamos que representa al pueblo de Israel que ha caído en la idolatría, lo reconoce y entonces, como dice el Señor, la verdad los hará libres. Y quitando de sí esos ídolos, ahora será capaz ella de llenarse de aquella agua que sacia el corazón y desbordar.

Hay que vaciarse para llenarse. No se llena un recipiente si antes no está vacío. Por eso ella, al reconocerlo, quedará liberada y no solamente va a saciar su vida, sino ahora va a ser caudal de esa agua que sacia a los demás, dejando ella su cántaro que le pesaba. Queda liberada también al reconocer los ídolos.

Y pasamos, en quinto lugar, de una mujer pecadora a una mujer misionera. Ahora ella es capaz de ser caudal de esos ríos de agua viva. Es la mujer que en la Iglesia colabora. Sí, desde estructuras muy altas colaboran con el Santo Padre en el gobierno de la Iglesia universal o de la Iglesia que preside a todas las iglesias del mundo en la caridad, la Iglesia de Roma.

También en las curias, en los arzobispados, ahí están las mujeres, en los apostolados. Si viéramos cómo son las reuniones de catequistas, llenan canchas de fútbol en muchas diócesis. ¿Cuáles son las ministras extraordinarias de la Sagrada Comunión? Son las mujeres que han sabido ser canales de ese amor de Dios.

Por eso el día de hoy, en que la sociedad celebra el Día Internacional de la Mujer —que se dice celebración porque no es exactamente un festejo, es un reconocimiento muchas veces de que hay que, como decía el Papa León en un mensaje para este día, “erradicar toda violencia de género”— tratando sí de no subestimar cualquier abuso, llegando incluso a la denuncia, porque la mujer muchas veces ha apostado por ser madre, por ser esposa y muchas veces se ha encontrado defraudada, engañada e incluso asesinada. Y es por ello que el Santo Padre invita también a la denuncia y a erradicar la violencia de género, la violencia contra la mujer.

También nos invita el Papa León a, como decía el Papa ya Juan Pablo II y el Papa Francisco, descubrir el genio femenino que contribuye en la sociedad, que la transforma, siendo un signo también de transformación, también en la Iglesia y donde quiera que haya una mujer, porque ahí está la armonía.

El día de hoy demos gracias a Dios por la mujer, pero quisiera finalmente decirles a las mujeres, en primer lugar, que solas no pueden, y a los hombres que solos no pueden. Nos necesitamos mutuamente. Dios no nos ha creado con dos pies izquierdos o dos pies derechos. Necesitamos uno del otro. Y mientras uno da un paso, el otro ya se está moviendo. No va uno adelante del otro. Se necesitan hombre y mujer. Se necesitan. Por eso Dios los creó varón y mujer.

Descubramos este valor infinito del ser humano que es hombre y mujer. Caminemos juntos, construyamos juntos una nueva sociedad.

Que así sea.