En el marco del Domingo de Ramos, Mons. Carlos Enrique Samaniego López invitó a los fieles a vivir con profundidad el inicio de la Semana Santa, destacando este día como el “pórtico” que introduce al misterio central de la fe: la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo.
Durante su homilía, el Obispo subrayó el significado de la Pascua como paso de la esclavitud a la libertad, recordando que Cristo es el Cordero de Dios que libera del pecado. Asimismo, exhortó a los presentes a entrar en un ambiente de silencio, recogimiento y contemplación, dejando de lado el ruido cotidiano para disponerse al encuentro con el Señor.
Mons. Samaniego también hizo un llamado firme a la coherencia de vida cristiana, señalando el contraste entre quienes aclaman a Jesús y después lo rechazan, una realidad que —advirtió— puede repetirse hoy en quienes profesan la fe pero no la viven plenamente.
Finalmente, animó a los fieles a aprovechar esta Semana Santa como una oportunidad de conversión auténtica, caminando con Cristo y renovando el compromiso de vivir conforme al Evangelio.
Homilía de Mons. Carlos Enrique Samaniego López – Domingo de Ramos
Era la fiesta de la Pascua cuando el Señor Jesús llegó a Jerusalén. Ya habían intentado matarlo, pero Él iba a celebrar también la Pascua. En la Pascua se celebraba, como su nombre lo dice, el paso. Eso es lo que significa Pascua, del hebreo Pesaj: el paso de Dios en medio de su pueblo, que les había dado la libertad porque estaban oprimidos por el imperio de Egipto. Y es así como Dios liberó a su pueblo a través de una señal, que era la de un cordero degollado, cuya sangre se había untado en las puertas para que, cuando pasara el ángel exterminador, no tocara a aquellas familias hebreas, pero sí a los primogénitos egipcios. Y es así como Dios liberó a su pueblo.
El Señor Jesús ahora también va a celebrar la Pascua. Venían judíos de todas las naciones, de todos los países donde ahora ya estaban dispersos, pero llegaban a celebrar anualmente esa gran solemnidad. Y el Señor Jesús ahora vivía esa Pascua de una manera diferente. Resonaban en sus oídos las palabras de Juan el Bautista: “Este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.
Seguramente nuestro Señor iba muy concentrado, meditando que Él era la Pascua definitiva, quien iba a vencer el pecado, la muerte, el vicio. Y así, seguramente, en estos pensamientos se encontró con que a su entrada extendían los mantos como a un jefe de Estado, a un jefe de naciones. También extendían las palmas que cortaban, y esto significaba reconocerlo también como un libertador.
También aparecía gente que gritaba: “¡Hosanna!”, que quiere decir: “Auxilio, ayúdame”. Otros gritaban: “¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”. Y este era el grito festivo que se le dedicaba a los peregrinos. Y también ahora, seguramente, Él se identificaba como aquel que venía realmente en nombre del Señor.
Hubo otros que quisieron callar a la multitud, querían callar a los niños que también gritaban, pero otros se dieron cuenta y decían: “Es que, si callamos, hasta las piedras van a proclamarlo Rey”. Y en esos pensamientos iba nuestro Señor: “Este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Seguramente apropiándoselo: “Yo soy el cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.
Es así como llega al pórtico de la Ciudad Santa. El Domingo de Ramos también es el pórtico de la Semana Santa. Es la puerta. No es un simple espacio para cruzar de afuera hacia adentro, o mejor dicho, es muy significativo el que pensemos qué significa estar afuera, como fuera de Dios, y entrar por la puerta que es Cristo para entrar a la presencia del Señor. Es una semana que tiene este pórtico, este domingo, para dejar el ruido, muchas veces, de las redes sociales, el ruido de la música, de nuestras preocupaciones, y entrar a la presencia del Señor, entronizarnos con Él en aquellos misterios que nos han traído una vida nueva.
Entramos con Él a meditar acerca de su pasión, muerte y resurrección. Entramos con Él, pues, a esta Semana Santa, el Domingo de Ramos. Ojalá que sea una Semana Santa diferente, en donde entremos ya desde hoy a ese ambiente de silencio, de recogimiento, de contemplación.
Para ello nos va a ayudar también este grupo de jóvenes, que no solamente van a representar la Semana Santa, sino que nos van a ayudar, como medio de Dios, a actualizar esos misterios que nos han traído una vida nueva, la vida en Jesús.
Y es por ello que el Señor Jesús, al entrar a ese pórtico, tuvo también una experiencia de silencio, porque Él se enfrentó con Jerusalén, por quien había hecho todo. “¿Qué más puedo hacer por ti, Jerusalén?”. Y el Señor Jesús lloró ante Jerusalén. Allí, a la vista de Jerusalén, hay una capilla que se llama Dominus Flevit, que quiere decir: “Jesús lloró”. El Señor lloró. Lloró por nosotros, porque hizo todo y no le respondimos. Hizo todo por aquel pueblo que ahora lo estaba aclamando, pero no le estaban respondiendo. Jesús lloró.
Adentro de esa capilla, en Tierra Santa, hay un altar, y en el altar hay un mosaico. Y aparece en el mosaico, hecho y donado por mexicanos, hay una gallina —imagínate—, Jesús como gallina, ahí queriendo acoger a los polluelos. “Cuántas veces he querido reunirte, Jerusalén, como la gallina congrega a sus polluelos, y no has querido”.
El Señor Jesús lloró y ahora está entrando ya a Jerusalén. Ya antes había visto la ciudad eterna y ahora va con este sufrimiento, pero también va pensando: “Yo los puedo liberar. Soy el cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.
Pero, ¿qué diferentes voces se va a encontrar unos días después? Porque el Domingo de Ramos es introducción ya para toda la Semana Santa, y en estos días vamos a ver qué distintas voces. Como dice san Bernardo, meditando en estos misterios, meditando en este domingo: unos que estaban gritándole “¡Hosanna!” ahora van a gritar “¡Crucifícale!”. Aquellos que estaban gritando “¡Viva el rey de los judíos!” ahora gritan “Nosotros no tenemos más rey que el César”. Aquellos que extendían sus mantos para que pasara el Señor Jesús, ahora lo están despojando de sus vestiduras. Aquellos que agitaban las palmas, ahora lo están crucificando en un madero. Los que echaban flores, ahora están trenzando en su cabeza una corona de espinas.
Qué distintas voces, qué contraste se nota también en la liturgia. Comenzamos llenos de alegría, y vean cómo este grupo de jóvenes nos está ayudando a introducirnos. Se creó un efecto muy hermoso, muy bonito. Seguramente así fue. Toda la muchedumbre gritaba: “¡Viva el rey! ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”. Y, de pronto, al entrar aquí recordando ese pasaje, como un balde de agua fría, viene un contraste en la liturgia. Veníamos alegres y, de pronto, la lectura de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo.
Pero, ¿qué contraste dan aquellas voces que primero lo proclaman rey y después dicen: “No tenemos más rey que el César”? ¿Qué contraste vivimos en nuestra vida? Cristianos de nombre y luego paganos de vida. Para vergüenza de Cristo nos llamamos cristianos; o nos quitamos ese nombre o nos comportamos como verdaderos cristianos. Porque nos decimos católicos y, al mismo tiempo, tenemos los primeros lugares en crimen organizado, y ahí están bautizados también. Nos decimos seguidores de Jesús, pero al mismo tiempo tenemos los primeros lugares de corrupción en todo el mundo. Nos decimos cristianos que gritan “¡Viva Cristo Rey!”, y de pronto nadie nos gana en tener tantas madres buscadoras, porque hay muchos desaparecidos.
Y así vivimos también este contraste en nuestra vida. Dicen que no existe un círculo cuadrado, pues no tendría que existir tampoco un “pagacristiano”: cristiano de nombre y pagano de vida. Y, sin embargo, lo hacemos posible.
Decía el Papa Juan Pablo II: “México siempre fiel”. De pronto, con tanta violencia, habría que ponerle signos de interrogación. México, ¿de verdad siempre fiel? Decía el Papa: México, 101% católico. ¿De verdad vivimos como católicos? ¿Estamos transformando con los valores del Evangelio las estructuras de la educación, de la economía, del comercio, de la salud? Ahí están los bautizados.
Por eso, este domingo también es un llamado a la coherencia, a que vivamos auténticamente como seguidores de Jesús. Este domingo vamos a seguir a Jesús y nos vamos a ir adentrando en los personajes de Semana Santa. En Pedro, quizá, que lo negó. ¿Quién soy yo, Señor, en esta Semana Santa? Quizá Judas, que lo ha traicionado, o quizá san Juan y la Virgen María, que están ahí al pie de la cruz, al pie del Crucificado, del hermano que está siendo flagelado por las injusticias, por aquellas personas más pobres que son flageladas también por la pobreza, por el desempleo, por el crimen organizado.
¿Quién soy yo delante de ti, Señor? Quiero seguirte a Ti, que vas pensando: “Soy el cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.
Por eso concluyo diciendo que el día de hoy traemos en nuestra mano una palma. Vamos a ponerla en algún lugar visible en nuestro hogar. No es un signo de superstición, sino que nos recuerda que somos seguidores de Jesús. Y le recordamos al Señor Jesús: “Señor Jesús, yo quiero ser tu seguidor. Quiero seguirte en tu pasión, muerte y resurrección. Sé que el camino para la resurrección es la cruz. Yo te quiero seguir. Introdúceme nuevamente en la actualización que nos dio la vida nueva, tu fiesta pascual. Hazme pasar del pecado a la gracia, del vicio a la virtud. Enséñame nuevamente la orientación que debe tener mi vida. Ayúdame a estrenar un corazón, a pasar del corazón de piedra a un corazón de carne”.
Por eso, tomados de la mano de Jesús, desde este Domingo de Ramos, vamos a introducirnos a estos misterios que nos han dado una vida nueva: la vida nueva en Jesús.
