En el marco del Domingo de la Divina Misericordia, el Obispo dirigió una reflexión sobre la figura de Santo Tomás, invitando a los fieles a reconocer en él un espejo de la propia vida de fe.
Durante la homilía, se destacó que Tomás no debe ser reducido únicamente a la incredulidad, sino comprendido en su proceso completo: desde el arrojo inicial, pasando por la duda y el desencanto, hasta llegar a la certeza de la fe. “Santo Tomás es también nuestro gemelo”, se afirmó, subrayando que cada creyente atraviesa momentos similares en su camino espiritual.
El Obispo explicó que la duda no es el final, sino una etapa que, vivida con paciencia y acompañamiento comunitario, puede conducir a un encuentro más profundo con Cristo. En este sentido, resaltó la importancia de “saber esperar”, como lo hizo Tomás, quien permaneció con la comunidad hasta encontrarse con el Señor resucitado.
Uno de los momentos centrales fue la invitación a hacer propia la profesión de fe del apóstol: “Señor mío y Dios mío”, como expresión de una fe renovada y consciente en la presencia viva de Cristo.
Asimismo, se recordó que la experiencia de Tomás culmina en la misión, pues la tradición lo reconoce como evangelizador hasta entregar su vida, lo que confirma que quien se encuentra verdaderamente con Cristo no puede quedarse igual.
Finalmente, el Obispo exhortó a los fieles a “volver a enchufarse” a Cristo mediante la oración, los sacramentos y la vida comunitaria, para pasar de la duda a una fe firme y comprometida.
En su mensaje final enfatizó que no importa el momento de fe en el que cada uno se encuentre, lo esencial es volver a Cristo y caminar con Él, con la certeza de que verdaderamente vive y está en medio de su pueblo.
Mons. Carlos Enrique Samaniego López – II Domingo de Pascua
Domingo de la Misericordia
Homilía
El día de hoy nos vamos a acercar a la persona de Santo Tomás, que ha sido llamado en el arte “incrédulo”. Muchas obras de arte que lo pintan se llaman La incredulidad de Santo Tomás. Y lo recordamos también en el ámbito popular con la frase: “Hasta no ver, no creer”. “Yo, como Santo Tomás, hasta no ver, no creer”. Y así lo asociamos siempre a la incredulidad.
El día de hoy vamos a tratar de conocer más a Santo Tomás, incluso a reivindicar un poco más a Tomás. Ya les adelanto que sería muy bueno que se hiciera viral, que fuera conocido él como “el enchufado del Señor”.
Vamos a acercarnos y, de antemano, les doy su contacto para que lo puedan conocer un poco más. Su contacto, como antes nos aprendíamos los números de teléfono, ¿verdad?, pues va bien aprendérnoslos todavía: 11 14 20 26.
A ver si lo repiten. Lo digo una vez más: 11 14… espérenme tantito… 11 14 20 26. Ahora sí: 11 20.
Muy bien. Ese es el contacto de Santo Tomás para que se pongan en relación con él y lo puedan conocer mejor. Pueden acudir cuantas veces lo deseen en su Biblia de cabecera.
Vamos a ver los momentos de Tomás. Y, de una vez, les digo que no aparece más que en san Juan con más detalle acerca de su vida; los otros evangelios apenas y lo mencionan, pero le llaman el Dídimo, el mellizo, el gemelo. Y el día de hoy vamos a hacer una revelación muy importante. ¿Ustedes saben lo que todo mundo sabe? ¿Saben quién es el mellizo, el gemelo de Santo Tomás? Porque sabemos quién es el discípulo amado, ¿verdad?, quién es san Juan, los hijos del trueno; y también sabemos quién es Santo Tomás. Santo Tomás es el mellizo. Pues les quiero decir que el gemelo eres tú. Tú eres el gemelo. Así está escrito el Evangelio, para que te identifiques tú con los momentos que vivió Santo Tomás.
Vamos al primer capítulo, al primer momento de Santo Tomás. Está en el capítulo número 11. ¿Cuál era el contacto de Santo Tomás? 11 14 20 26.
Vamos al capítulo 11 de san Juan, al primer momento de Santo Tomás, y le podemos titular: el arrojo de la fe, la decisión de Santo Tomás. El Señor Jesús anuncia que va a ir a Judea y los apóstoles están en desacuerdo. Todos dicen: “Pero si ahí te acaban de apedrear, ahí te quisieron matar y quieres ir nuevamente allí, ¿por qué quieres ir a Judea? Es que Lázaro está dormido”. Más de uno le habrá dicho: “Pues ya despertará. No vayas a Judea”. Y, en cambio, Santo Tomás dice: “Vayamos a morir con Él”. Es el arrojo de la fe.
Es como cuando un joven o una joven dice: “Me voy a casar”. “¿Cómo que te vas a casar? ¿Pero ya lo pensaste bien?” “Sí, me voy a casar. Es el amor de mi vida. Quiero casarme”. Es aquella joven que dice: “Voy a ingresar a la vida religiosa”. “Pero ¿cómo? ¿Qué desperdicio?” Como si todo lo que se le da al Señor fuera desperdicio y no la mejor parte.
De hecho, muchas personas tienen obstáculos en sus mismas familias para entrar al seminario, para entrar a la vida consagrada, para consagrar toda su vida al Señor. Santo Tomás dice: “Vayamos a morir con Él”. Es aquel joven que sale de un retiro y que dice: “Yo quiero ser santo”. Como santa Teresa que decía: “Aunque me cueste, aunque no pueda, aunque reviente, aunque me muera en el camino, yo quiero ser santa”. Es el arrojo de la fe de aquel que inicia un nuevo proyecto en la vida.
Todos hemos pasado quizá por ahí, pero ahora vamos a otro momento de Santo Tomás. Ahora comienza a dudar. Es cuando el Señor Jesús dice: “Voy a mi Padre, que es su Padre; voy a prepararles un lugar. En la casa de mi Padre hay muchas moradas. Quiero que donde yo esté estén también ustedes. Ya saben el camino”. Y Santo Tomás dice: “Señor, no conocemos el camino”. Y entonces Jesús le dice: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”.
“Señor, no conocemos el camino”. ¿Cómo va a ser esto? Es cuando aparece la duda en aquel joven que entra al seminario y dice: “Caramba, ¿seré yo para esto? ¿Será que en verdad Dios me está llamando?” Es la duda prudente de aquel joven que sale del retiro, de aquel matrimonio, y que dicen: “¿Será que esto es para nosotros? ¿No será demasiado exagerado si todos viven al revés y solamente nosotros queremos vivir de acuerdo a los mandamientos de Dios? ¿No será que esto no es así?”
Es el momento de la cuestión, del interrogante que aparece en nuestra vida: “¿Será que voy bien?” Hay quien lo duda. Mientras estemos en este mundo, la duda va también cerca de la fe; está siempre en relación, como es el cuerpo a su sombra. Y así es Santo Tomás. Es la duda también quizá de aquel que emprende un proyecto y se quiere quedar en el camino.
Vamos al tercer momento de la fe, porque ya llevamos dos momentos. 11 14… ¿En qué capítulo está el siguiente momento de Santo Tomás? En el 20. Muy bien. 11 14 20 26.
Vamos al capítulo 20. Otro momento de Santo Tomás. Pero, ¿te acuerdas quién es Tomás? Tomás eres tú. O bien, tú eres su gemelo. Tú te puedes identificar también en la vida de Santo Tomás.
¿Qué pasa ahora con Santo Tomás? Ya perdimos aquí a Tomás. Es el desencanto. Es cuando aquel que quiere entrar al seminario dice: “Yo mejor me voy de aquí”. O aquel que ya es sacerdote —son expresiones muy tristes— cuando dice algún sacerdote, “me lo ha dicho alguno: yo quiero colgar la sotana”.
Popularmente decimos, cuando queremos renunciar a algo: “Ya quiere colgar la toalla, ya quiero dejar este matrimonio, ¿para qué me casé? Mejor me voy”. O le dicen a su cónyuge: “Ahí están las puertas bien abiertas. Yo no te traje a la fuerza”. Es aquel que dice: “Santo yo, esto es para otros. La santidad es más para admirar que para imitar. Esto no es para mí”. Es cuando das un manotazo en la mesa y dices: “Aquí se acabó todo. Yo renuncio. Soy de mecha corta y aquí tronamos tantos años de esfuerzo. Yo me voy”.
Ese es el Santo Tomás que llega con los discípulos y le dicen: “Hemos visto al Maestro”. Todos están contentos, todos alegres, todos de acuerdo, menos Santo Tomás. ¿Se acuerdan de la primera parte, cuando todos estaban en desacuerdo con Tomás y él era el único que decía: “Vayamos a morir por Él”?
Ahora todos están contentos, todos hablan de Jesús resucitado y él es el único que no quiere creer, pero no quiere creer no en Jesús, sino en ellos, porque seguramente le platicaron: “Estuvo aquí con nosotros, ha resucitado”.
“A ver, ¿y qué les dijo?” “Que vayamos a predicar el Evangelio a todo el mundo”. “Ah, mira nada más… y siguen aquí encerraditos. Pues yo, hasta que no vea las señales de los clavos en sus manos, hasta que no meta mis dedos en sus agujeros, hasta que no meta mi mano en su costado, no creeré”. Porque ustedes sí lo vieron y siguen aquí encerrados, no me dan testimonio, no creeré.
Es, pues, el testimonio de aquel que quiere abandonar todo. Pero viene el cuarto momento de Santo Tomás. Está en el capítulo… y una pregunta más difícil: capítulo 20, versículo 26. ¡Wow! Sacaron summa cum laude, con suma alabanza: 20, 26.
Santo Tomás, nos dice el Evangelio en ese versículo, que se esperó ocho días. Ocho días después. Estamos hablando de que este domingo es ocho días después de la Vigilia Pascual. Por eso se lee el día de hoy este testimonio de Santo Tomás. Ocho días después. Parece que simplemente es un dato cronológico. Dichosos los que se esperan un tiempo después, ocho días después, y Santo Tomás va a ver la gloria de Dios.
Dichoso aquel que quería salirse del seminario, pero se esperó un momento, porque en el momento de crisis no se toman decisiones. Dichoso aquel joven, aquella joven o matrimonio, que querían ser santos después de aquella charla, después de aquel retiro, y vieron que no podían, que fracasaban, que incluso volvían a pecar. Pero recordaban frases como la del Papa Juan Pablo II: “Santidad no es impecabilidad, sino lucha por no ceder y, una vez que se ha caído, volverse a levantar”.
Dichosos aquellos que vieron que su matrimonio estaba a punto de tronar, de romperse, y se esperaron ocho días después, un tiempo todavía para ver qué pasaba con la acción de Dios que había prometido asistirlos todos los días de su vida. Dichosos aquellos que se esperan, que apuestan. Dichosos aquellos —disculpen la palabra— que, pudiendo haberse largado, se quedaron; se quedaron ahí a esperar la acción de Dios.
Así es Santo Tomás: se quedó. Pero qué mérito tiene también la comunidad de apóstoles, que no le recriminaba, sino que lo animaban, que se quedaron con él, que le tuvieron paciencia, que lo “acolchonaron” un poquito. Y es cuando entra Jesús resucitado y le dice: “Tomás…” —y te está diciendo a ti, que eres el mellizo, que eres el gemelo de Tomás, con tu nombre; colócalo ahí en vez del nombre de Tomás— “Tomás, trae acá tus dedos y mételos en mis manos. Trae acá tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente”.
Y entonces Santo Tomás dijo la profesión de fe más importante de todo el Nuevo Testamento. Se le había llamado al Señor Mesías, hijo de David, pero nadie le había dicho Dios. Es la cita de un salmo: “Señor mío y Dios mío”.
Fíjense que hace ya muchos años estaba presente esta expresión en la liturgia para cuando se eleva el Cuerpo de Cristo, cuando el sacerdote dice: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Y entonces mucha gente agachaba la cabeza, y se pidió en la liturgia que, para ver al Señor, se dijera: “Señor mío y Dios mío”.
Después se ha quitado esta expresión, pero permanece en la devoción del pueblo de Dios, que sigue diciendo, mirando al Señor, o con humildad, a veces sintiendo indignidad para verlo, pero sigue diciendo en su interior, o a veces en voz alta: “Señor mío y Dios mío, tú eres mi Señor, tú eres Dios”.
El Señor Jesús le dice: “Dichoso tú que has creído, pero más dichosos aquellos que sin ver creerán”, refiriéndose a todos nosotros que no lo hemos visto físicamente y, sin embargo, creemos en Él como nuestro Dios y Señor, y seguimos diciendo: “Señor mío y Dios mío”.
Santo Tomás no acaba allí. ¿Cuál es su contacto? 11 14 20 26.
Pero esta historia no acaba allí. Esta historia es tu historia, es mi historia, es la historia de cualquiera de los que estamos aquí, pero es historia de la salvación. La vida de Santo Tomás no acaba ahí. ¿Qué pasó con Santo Tomás? Ya nos lo cuenta la tradición: él evangelizó la India y murió por Jesús.
¿Se acuerdan del capítulo 11? “Vayamos a morir por Él”. Santo Tomás supo esperar y vio la gloria de Dios, y regresó nuevamente al arrojo de la fe, al primer amor, al primer entusiasmo. Ahora a Santo Tomás se le han abierto los ojos, se le ha encendido el corazón, el alma le volvió al cuerpo. Santo Tomás estaba apachurrado, desilusionado, desanimado, pero cuando metió la mano al costado del Señor, fíjense que sintió muy cerca su corazón.
Nadie había estado tan cerca de Jesús como san Juan, el discípulo amado, que recostó su cabeza en el pecho de Jesús. Estuvo muy cerca de su corazón, pero Santo Tomás sintió el palpitar del corazón de Jesús cuando metió su mano. Nuevamente recuperó la fe, se revitalizó.
Por eso, Santo Tomás puede ser llamado el “enchufado del Señor”. Por eso nos está invitando la Palabra de Dios a “enchufarnos” nuevamente al Señor, como aquel celular que ya se le está acabando la batería, ya se está muriendo. Hay que recargarse en la oración, en la comunión, en la reconciliación.
Ojalá que con Santo Tomás descubramos que esa es tu historia, es mi historia, es historia de la salvación.
No importa el momento que estás viviendo de la etapa de Santo Tomás; lo que importa es que volvamos nuevamente al momento de la certeza de la fe. Ojalá que el día de hoy podamos salir también diciendo: “Vayamos a morir con Él”.
Que así sea. Que así sea.
