En el marco de la Vigilia Pascual, Mons. Carlos Enrique Samaniego López invitó a los fieles a reconocer la acción viva del Espíritu de Dios que, desde el principio de la creación hasta nuestros días, transforma el caos, la confusión y la oscuridad en vida nueva.

Durante su homilía, el Obispo recordó que, así como en el Génesis el Espíritu de Dios dio orden y luz al mundo, también hoy actúa en medio de una realidad marcada por la violencia, el desánimo y la incertidumbre. Señaló que, al igual que los discípulos tras la muerte de Jesús, la humanidad experimenta temor, tristeza y desilusión, pero es precisamente ahí donde irrumpe la fuerza de la Resurrección.

Mons. Samaniego destacó que la Pascua es el “paso de Dios” en la vida de cada persona, que trae consigo dones concretos: el llamado a pasar de una vida mediocre a una vida fervorosa, la certeza de que nuestra meta es el cielo y la esperanza firme en la resurrección.

Asimismo, subrayó que Cristo vivo infunde confianza y envía a los creyentes a ser portadores de vida en medio de ambientes marcados por la muerte, recordando que el cristiano está llamado a transformar su entorno desde el Evangelio.

Finalmente, el Obispo exhortó a los fieles a proclamar con convicción que Cristo vive y permanece en medio de su pueblo, renovando así la alegría pascual y el compromiso de ser testigos de la vida nueva.

Mons. Carlos Enrique Samaniego López – Vigilia Pascual

(Sábado Santo)

En el principio todo era caos, confusión y oscuridad, y el espíritu de Dios aleteaba sobre la faz de la tierra. Y aquello que era caos fue convertido en orden. A Dios le gusta el orden. Lo vemos en los microorganismos, lo vemos en las estrellas del cielo. Aquello que era confusión fue transformado en el cosmos. De ahí viene la palabra cosmético: algo bello, algo armonioso. Y la oscuridad fue disipada con la luz del Espíritu de Dios.

En tiempos de Jesús también intervino el Espíritu, aquel que profesamos como el Señor y dador de vida. Habían matado al Maestro y los discípulos se habían dispersado; otros se habían encerrado a cal y canto. Había temor de que les pasara lo mismo que al Maestro. El Señor resucitó. Sabían que ya estaba vivo, pero había temor, había tristeza, había llanto. Al menos cuatro veces se dice que María Magdalena estaba llorando. Temor, tristeza, llanto, desilusión. Los discípulos de Emaús se regresaron a su aldea. Temor, tristeza, llanto, desilusión, desánimo.

Y el Espíritu de Dios resucitó a Jesús de entre los muertos. El Señor Jesús está vivo. El Señor Jesús envió su Espíritu sobre los apóstoles el día de Pentecostés. Los llenó de vitalidad, de valentía, y salieron a anunciar que Jesús estaba vivo. Hoy también, como en el Génesis, hay caos, confusión y oscuridad. Hay caos porque estamos viviendo como una tercera guerra mundial a pedazos, decía el Papa Francisco, y lo ha reiterado el Papa León. Hay también confusión política en muchos países del mundo. Hay también oscuridad. Al bien se le llama mal, al mal se le llama bien: caos, confusión y oscuridad. O, como en tiempos de Jesús, también hoy hay temor en las calles por la violencia. Hay tristeza y llanto de las madres buscadoras. Hay desilusión ante la organización política del país. Hay desánimo, hay desaliento por el desempleo, por la enfermedad. Nuevamente podemos decir que el Espíritu de Dios aletea sobre la faz de la tierra.

Hemos concluido la Semana Santa y estamos celebrando hoy la Vigilia de las vigilias, la fiesta de la Pascua. Pascua quiere decir el paso de Dios en nuestras vidas. Y esta fiesta, ante ese caos, confusión y oscuridad, ante el temor, tristeza, llanto y desilusión, nos trae la vida nueva en Jesús. El meditar en la pasión, muerte y resurrección del Señor nos trae su vida, nos trae su Espíritu que vivifica. Es el Señor y dador, ante esta vida que a veces no parece vida. Por eso, la fiesta de la Pascua trae unos regalos. Vamos a ver estos regalos de la fiesta pascual.

Cómo el contemplar al Señor muerto y resucitado produce en nosotros un efecto de la gracia. El primer regalo que nos trae esta fiesta es que nos excita. Vean, los verbos vienen de fuera porque son regalos, no vienen de nuestro esfuerzo. Nos excita a pasar, Pascua, al paso de un lado a otro. La fiesta de la Pascua, el contemplar a Cristo muerto y resucitado, nos excita a pasar de una vida inerte y mediocre a una vida santa y fervorosa.

La fiesta de la Pascua también nos quiere convencer, como quien quiere convencer a alguien de ir a una fiesta. Nos quiere convencer de que nuestra morada última y definitiva no está aquí en la tierra, sino en el paraíso del cielo. Somos ciudadanos del cielo, vivimos aquí en la tierra donde reinan unos valores como el individualismo, el narcisismo, el hedonismo, pero somos ciudadanos del cielo. Por eso, el desafío, el reto, es vivir con los valores del Evangelio, aquí donde privan otros valores. Vivir con los valores del reino: la paz, la justicia, la solidaridad.

La fiesta de la Pascua nos trae un tercer regalo, nos quiere dar. Vean, los verbos siempre vienen de fuera, son regalos. Nos quiere dar la esperanza de que, si Cristo resucitó, también nosotros resucitaremos con Él. Nos da la esperanza de que nuestros abuelos, aquellas personas queridas que ya se nos adelantaron, han sido llamados a la vida eterna. Nos recuerda que Jesús decía: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas. Quiero que donde yo esté estén también ustedes”. La fiesta de la Pascua nos hace pasar de la antigua levadura del pecado a una nueva manera de pensar y de actuar según los criterios de Cristo.

Finalmente, la fiesta de la Pascua infunde en nosotros como una inyección. Infunde en nosotros la confianza de que Cristo está vivo y es invencible ante el ambiente de muerte, temor, tristeza, llanto, desilusión; ante la atmósfera de caos, confusión y oscuridad. Hemos de saber que Cristo está vivo y nosotros, los que venimos a alimentarnos de esa vida, porque escuchamos palabras de vida eterna, recibimos al pan vivo que ha bajado del cielo. Nos encontramos con una comunidad de aquellos que han recibido el Espíritu que vivifica y estamos llamados a transmitir esa vida a ese ambiente de muerte. Como el rey Midas, que todo lo que toca lo convierte en oro, así también el cristiano: todo lo que toca lo convierte en vida. Hemos de ser transmisores de esta vida que recibimos al acercarnos al Dios de la vida. Por eso, hemos de manifestar que Cristo vive y nos quiere vivos, que Cristo vive en medio de nosotros. ¿Lo creen así? Voy a decir: Cristo vive. Y el que crea que Cristo está vivo en su vida, en su hogar, va a responder: en medio de nosotros.

Cristo vive, en medio de nosotros.
Cristo vive, en medio de nosotros.
Cristo vive, en medio de nosotros.

Un fuerte aplauso por la alegría de saber que ¡Cristo vive en medio de nosotros!