En el marco del IV Domingo de Cuaresma, Mons. Carlos Enrique Samaniego López reflexionó sobre el pasaje evangélico de la curación del ciego de nacimiento, subrayando que Cristo es la luz que ilumina la vida del ser humano y lo llama a salir de las tinieblas para vivir como hijo de la luz.

Durante su homilía, el obispo explicó que la liturgia de este domingo —conocido también como Laetare— anticipa la alegría de la Pascua y simboliza el paso de la oscuridad a la claridad, representado incluso en el cambio del color litúrgico del morado al rosa. En este contexto, recordó las palabras de la Carta a los Efesios: “En otro tiempo fueron tinieblas, pero ahora, unidos al Señor, son luz”.

Mons. Samaniego advirtió que en la cultura actual predominan criterios que nos alejan del Evangelio, como el individualismo, el hedonismo, el narcisismo y el ateísmo. Frente a ello, invitó a los fieles a vivir según las reglas del Reino de Dios, caracterizadas por el amor, la entrega, la humildad y la fe.

Asimismo, exhortó a los cristianos a “despertar” espiritualmente y a dejar que Cristo ilumine su vida: “Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz”, citó, animando a todos a redescubrir su misión y a anunciar con su vida que Cristo vive en medio de nosotros.

Finalmente, recordó que los laicos están llamados a llevar el Evangelio a todos los ámbitos de la sociedad, para que Cristo reine en la vida personal y comunitaria. “Vale la pena ir contra la corriente, porque el mundo necesita la luz de Cristo”, concluyó.

Homilía de Mons. Carlos Enrique Samaniego López – V Domingo de Cuaresma

A este domingo le podríamos titular el Domingo de la Resurrección del Corazón. Veamos por qué. El Santo Evangelio nos presenta el pasaje de la resurrección de Lázaro. Llega el Señor Jesús avisado de que estaba enfermo Lázaro. Llega a Betania, donde están sus amigos, María, Marta, Lázaro. Pero cuando llega, Lázaro ya está muerto y entonces recibe una especie de reclamo de Marta: “Si hubieras estado aquí, mi hermano no hubiera muerto”. El Señor Jesús le dice: “Pero él resucitará”.

Y Marta le dice, desanimada, desilusionada y con poca esperanza: “Ya sé que resucitará, pero al final de los tiempos”. Entonces el Señor Jesús le dice: “Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en mí, aunque haya muerto, vivirá. Y quien vive, si cree en mí, no morirá para siempre”. Y es entonces cuando el Señor Jesús fue a ver dónde estaba sepultado Lázaro y pidió que quitaran la piedra, y le dijo a Lázaro: “Sal de ahí”. Y Lázaro resucitó y recibió nuevamente el cariño de María y de Marta.

Vemos cómo ya se acercan los días de la Semana Santa y con ella el Triduo Pascual, donde celebraremos la pasión, muerte y resurrección del Señor. Vemos ya un anuncio de la resurrección, pero se trata de acontecimientos muy, muy diferentes. Por un lado, Lázaro resucita hacia atrás, podemos decir, va a volver a la vida que ya tenía. En cambio, el Señor Jesús va a resucitar hacia delante, hacia una vida nueva. Lázaro volverá a morir y estará allí en la tierra, mientras que el Señor Jesús vivirá para siempre y se irá al cielo. Son momentos muy diferentes, pero el Evangelio no solamente es para ser leído, sino para ser, de alguna manera, revivido.

¿Qué nos quiere decir la Palabra de Dios con este pasaje de la resurrección de Lázaro? La podemos entender desde la primera lectura, que siempre está en relación con el Evangelio. ¿Qué dice la primera lectura? Es el profeta Ezequiel. Y ahí se nos habla de un pasaje que tiene un fragmento muy parecido al que acabamos de escuchar, sobre todo a ese fragmento donde Jesús les dice: “Quiten la piedra. Lázaro, sal de ahí”. Y entonces Lázaro volvió a la vida.

Veamos el fragmento del libro del profeta Ezequiel, donde Dios dice a su pueblo: “Yo mismo los sacaré del sepulcro y les infundiré mi espíritu, que les dará la vida”. Aquí Dios le está hablando a su pueblo, al pueblo de Israel, que está desanimado, desilusionado, que parece que está como muerto. De hecho, el pasaje es de una parábola de los huesos secos, donde Dios llevó al profeta Ezequiel y le enseñó un valle lleno de huesos secos, como muertos. Y era el pueblo deprimido, desilusionado, que estaba deportado en Babilonia.

Así se parece también la gente de este tiempo, desilusionada, desanimada por la guerra o las guerras en el mundo, por la violencia, el narcotráfico en nuestro país, por el desempleo, la pobreza, la falta de salud. Hay temor, tristeza, llanto, desilusión, un desánimo, una depresión. Y así estaba el pueblo de Israel, como un valle de huesos secos. Y es ahí cuando Dios le dice al profeta: “¿Tú crees que puedo revivir a estos huesos secos?”. Y el profeta Ezequiel respondió diciendo: “Eso solo tú lo sabes”. Y entonces le dice Dios al profeta: “Pide a estos huesos que se reúnan”. Y se reunieron.

Había un peroné por allá, la rodilla más allá, otro hueso por acá, y se formaron como unos esqueletos. Y entonces le dice Dios al profeta: “Invoca al espíritu de los cuatro vientos para que vivifique a esos huesos secos”. Y así ocurrió. Con un estruendoso sonido, los huesos secos cobraron vida. Y entonces se les mandó ponerse en pie y formar un gran ejército. De huesos secos pasaron a ser un ejército, el ejército del Señor. Es decir, aquel valle de huesos secos que representa al pueblo de Israel, desanimado, desilusionado, ahora tiene nuevamente esperanza en el Señor, en su Dios. Así también el Señor quiere infundir esperanza en nosotros.

Por eso, permítanme ahora ser como el profeta y llamarles a ustedes mis huesos secos. Y quisiera decirles en primer lugar, con la Palabra de Dios: huesos secos, aprendan a escuchar. Porque fíjense que eran huesos secos, pero muy habladores. Decían: “Ya nuestros huesos se han secado. Ya no tenemos esperanza. Ya no se puede hacer nada”. Y así mucha gente vive desesperanzada, desahucia a los demás, no tiene esperanza.

Huesos secos, aprendan a escuchar la Palabra de Dios, que nos quiere vivificar.

En segundo lugar, huesos secos, aprendan a confiar, confiar en el Señor. Ya ven que Dios le dijo al profeta: “¿Crees que le puedo dar vida a estos huesos secos?”. Y el profeta respondió: “Yo no lo sé. Eso solo tú lo sabes”. Esa es una respuesta. Otra respuesta es: “No, no se puede hacer nada”. Otra respuesta es como la de aquel hombre en el Evangelio que dice: “Pues creo, pero aumenta mi fe”. Otra respuesta es la de la Virgen María, que ante lo imposible dice: “Hágase en mí según tu palabra”, sabiendo que para Dios no hay imposibles. Yo les preguntaría, huesos secos: ¿creen que Dios puede revivir a todo ese valle de huesos secos, todo ese ambiente como de muerte, de falta de vida?

En tercer lugar, huesos secos, aprendan a unirse, comiencen a vincularse. Comencemos con el saludo, comencemos con el buen trato, con la amabilidad. Y así dice el libro del profeta Ezequiel que cuando se comenzaron a unir, articular, entonces comenzó a crecer la carne, los nervios y al final la piel. De adentro hacia afuera se fueron vivificando.

Pero no bastaba solamente que se unieran, no basta solamente una comunidad, porque hace falta la vida de Dios. No, a fuerza de estar juntos no vamos a lograr la comunión. Ciertamente, la unión hace la fuerza. Dos cabezas piensan más que una. Pero nosotros nos reunimos sobre todo porque donde dos o más se reúnen, ahí está presente Dios. Y la fuerza de Dios es incomparable con cualquier asociación o agrupación humana.

El Espíritu de Dios quiere infundir toda la vida en esos grupos que comenzaron a articularse. Por eso Dios le dice al profeta: “Invoca al espíritu de los cuatro vientos, que es el Espíritu del Señor, para que vivifique a esos cadáveres, a esos huesos que ya se habían articulado”.

Huesos secos, pónganse de pie. Es decir, no vamos a lograr nada apoltronados. No vamos a lograr nada si no comenzamos a caminar. Te tienes que ayudar. Tienes que colaborar con la gracia de Dios, con la acción de Dios. “El Dios que te creó sin ti no te va a salvar sin ti”, dice San Agustín. Por eso se requiere la colaboración nuestra con la gracia de Dios.

Huesos secos, formen un ejército.

¿Cómo es un ejército? Un ejército tiene estrategia, un ejército tiene esperanza, un ejército tiene la fuerza de Dios.

Por eso el día de hoy pensemos cómo el Señor quiere resucitar los corazones desanimados, desalentados. También son corazones muertos, ¿verdad?, o como cadáveres, cuando hay un matrimonio que está a punto de expirar porque no se comunican, o cuando un estudiante está reprobando algunas materias y quiere tirar la toalla, o cuando alguna persona que va viviendo, sufriendo el desempleo, se comienza a desanimar y comienza a caer en un vicio. O aquel que está en un vicio y piensa que nunca va a salir de ahí, o aquel que no se soporta ni a sí mismo por su carácter y sufre mucho el estar cargando con su propia manera de ser, o aquel que tiene un pecado y no lo acaba de superar, de vencer.

Entonces es cuando el Señor quiere vivificar, quiere resucitar esos corazones. Ya no es una resurrección física, sino la resurrección de los corazones.

Pero ahora viene, creo yo, lo más importante: que no se trata solamente de que nosotros seamos los huesos secos. Les pedí permiso para ser yo el profeta y ustedes los huesos secos. Pero ustedes han venido a la Eucaristía y reciben palabras de vida eterna, y van a recibir a Jesús, quien dice: “Yo soy la vida”, y su cuerpo es cuerpo y sangre de vida eterna. Nos llena de vida el Señor para que nosotros vayamos a resucitar los corazones.

Así nos lo dice Mateo 10. Somos los discípulos del Señor, a los que manda Él: “Vayan y sanen a los enfermos y resuciten a los muertos”. Esto nos pide el Señor: colaborar y transmitir esa vida que viene de Él.

Ya sabemos por el catecismo una de las obras de misericordia, que es enterrar a los muertos. Veamos también como una obra de misericordia resucitar a los muertos.

Pidámosle al Señor que nos ayude a ser caudales de su vida.

Quisiera concluir la homilía diciéndoles que también resucitar muertos significa el hecho de descubrirles a los demás que tienen una vida que les ha sido dada desde el santo bautismo, la vida de Dios. Y esa vida de Dios está llamada a desarrollarse, a crecer, a dar fruto. Y por ello también nosotros podemos colaborar en la formación de las nuevas generaciones, cultivando esa vida, haciendo que los demás tomen conciencia de que ahí está la vida de Dios que está llamada a fructificar.

Por eso, esa sería una obra de misericordia muy concreta: la formación cristiana. Y al final de la misa les vamos a dar unos avisos, porque en Catedral queremos vivir esta, por decirlo de alguna manera, esta nueva obra de misericordia: resucitar a los muertos creando algunos grupos de formación cristiana.

Que así sea.