TEXCOCO, EDOMEX. — En el marco del Domingo del Buen Pastor, en la Santa Iglesia Catedral se celebró la Eucaristía y, de manera especial, se oró por las vocaciones sacerdotales, en un ambiente de comunión con formadores y seminaristas de distintos seminarios presentes en la celebración.

Durante su homilía, el Obispo destacó la figura de Jesucristo como el Buen Pastor que conoce, llama y da la vida por sus ovejas, subrayando que esta imagen tiene sus raíces en el Antiguo Testamento, donde Dios se revela como pastor de su pueblo. Sin embargo, recordó que, ante la experiencia de pastores infieles, los profetas anunciaron la llegada del verdadero Pastor, que se cumple plenamente en Cristo.

El Obispo explicó que Jesús no solo se presenta como el Buen Pastor, sino también como la puerta que conduce al Padre, afirmando con claridad que Él es el único acceso seguro a la vida plena y a la comunión con Dios. En este sentido, exhortó a los fieles a discernir entre las “puertas” que ofrece el mundo y a optar decididamente por Cristo, evitando caminos que no conducen a la verdad ni a la salvación.

Asimismo, dirigió un mensaje especial a los seminaristas, invitándolos a configurarse con Cristo, reflejando en su vida la cercanía, la ternura y la entrega del Buen Pastor. De igual manera, recordó que todos los bautizados —padres de familia, maestros y quienes tienen alguna responsabilidad sobre otros— están llamados a ejercer un auténtico pastoreo desde el servicio y el testimonio.

En un tono cercano y exhortativo, el Pastor diocesano animó a los fieles a ser, primero, buenas “ovejas” que escuchan la voz del Señor, para después convertirse en verdaderos pastores que acompañan, sostienen y guían a los demás en el camino de la fe.

La celebración concluyó con una invitación firme a responder con generosidad al amor de Cristo: “Él ha dado la vida por nosotros; también nosotros estamos llamados a dar la vida por Él”, alentando así a toda la comunidad a vivir con entrega, fidelidad y esperanza su vocación cristiana.

Mons. Carlos Enrique Samaniego López – IV Domingo de Pascua

Domingo del Buen Pastor

Pues, ¡qué alegría que estén el día de hoy entre nosotros aquí, en la Santa Madre Iglesia Catedral, nuestro Seminario! Está el padre rector, el padre José Luis, con todo el equipo formador. El día de hoy también nos acompaña el padre Omar, representando a los seminaristas que están aquí también presentes de la Diócesis de Teotihuacán, Seminario de Valle de Chalco, que también se forma aquí en Texcoco; seguramente ahora está con su Obispo, con su Pastor. También nos acompaña el padre Óscar, que representa la Vida Consagrada de aquí de nuestra diócesis, y también el otro Seminario, que es el de los Misioneros Servidores de la Palabra, donde alberga también a muchos seminaristas que quieren ser sacerdotes. Nos acompaña el padre Rubén, representando al Seminario de las Vocaciones Adultas para las diócesis necesitadas. Están aquí los formadores, los seminaristas, que han experimentado el llamado de Dios en la vocación sacerdotal.

El día de hoy es el Domingo del Buen Pastor. El Buen Pastor que da la vida por sus ovejas. El Señor Jesús se presenta como el Buen Pastor, pero esta historia comienza antes, en el Antiguo Testamento. El pueblo de Israel ha querido significar su relación con Dios a través de la figura del Buen Pastor.

Dios es el pastor y el pueblo de Israel es el rebaño que Él guía. Y Dios ha querido hacerse presente, cercano, compasivo, tierno, y ha querido manifestarse cercano a través de unos representantes, unos que fueran como pastores, representantes del gran Pastor. Y estos fueron los patriarcas, los jueces, los reyes, las autoridades del pueblo de Israel; pero fueron malos pastores, falsos pastores. Y esto lo denunciaron los profetas, y también ellos anunciaron que vendría un buen pastor. Los profetas eran como la boca de Dios que anunciaban que vendrían buenos pastores.

El profeta Isaías habla lo que Dios le dice, diciendo: “Les daré pastores según mi corazón”. Y es así como Dios envía a su Hijo, al Mesías. Él es el Buen Pastor. Y Jesús dice: “Yo soy el buen pastor”, ho poimên ho kalós. Soy el pastor bello, el pastor auténtico, el fascinante, el hermoso. Esa es la traducción más fiel del griego: yo soy el pastor bello. Pero se contrapone a los anteriores pastores, aquellos que solamente buscaban la leche de las ovejas, la carne de las ovejas, la lana de las ovejas. Este Buen Pastor más bien quiere dar la vida, entrega la vida, llama a las ovejas por su nombre; es un pastor que se entrega, es diferente, porque Él es el Buen Pastor.

Pero el Señor Jesús nos da la sorpresa con que no solamente se llama el Buen Pastor o el pastor bello, sino además utiliza otra figura del Antiguo Testamento, y es la de puerta: “Yo soy la puerta”. Ya el templo de Jerusalén era todo él como la puerta de acceso para entrar a la presencia de Dios, a la shekiná, que quiere decir la gloria de Dios. Ese es el templo de Jerusalén.

La Iglesia Católica, en sus templos, en sus fachadas, tiene muchas veces una inscripción latina tomada del Antiguo Testamento: Domus Dei et Porta Coeli, esta es la casa de Dios y la puerta del cielo. Por eso cada puerta de cada templo significa Cristo, porque solamente a través de Él entramos a la gloria de Dios, a la presencia de Dios. Y si no se entra a través de Él, simplemente no se puede entrar.

Hay quienes dicen que todos los caminos llevan a Roma. Pues tú agárrate un caminito y vas a ver que no todos los caminos llevan a Roma. Hay quienes dicen que todas las religiones llevan a Dios… el hinduismo… pero el hinduismo ni siquiera se reconoce a sí mismo como religión. Y nosotros diciendo que todas las religiones llevan a Dios, y ellos diciéndonos: “No somos una religión”. ¿Sí me explico?

No todas las religiones, no todos los caminos, no todas las puertas son acceso a Dios. Por eso, aunque Cristo se presenta como la puerta, como el acceso al redil para entrar a Dios, también se dice que hay otras puertas que no llevan a Dios, que no llevan al redil. Quien entra por otra puerta es un ladrón, dice el Señor. Es un ladrón porque roba, es un bandido porque engaña. Por eso no todas las puertas nos llevan a Dios. Solamente Jesucristo. Él es la puerta que no nos va a defraudar. Él es la puerta que sí nos da acceso a la shekiná, a la presencia de Dios, porque Él mismo es Dios de Dios. Él dice: “Quien me ve a mí, ve al Padre”. Él es el acceso directo al Padre. Él es la puerta.

Hay quienes llegan a decir: “El que no tranza no avanza”. Si te metes por esa puerta, ciertamente podrás avanzar, pero no te dicen a dónde. Puede ser a un laberinto sin salida, a la soledad o a la cárcel, o a otros lugares que no dan plenitud a tu vida. Por eso Jesús se presenta como la puerta.

Ahora bien, ¿cómo discernir? ¿Cómo saber cuando hablamos del Buen Pastor y no de falsos pastores? ¿Cómo saber cuando hablamos de una puerta verdadera y de una puerta falsa? ¿Cómo discernir?

Es más, veamos la importancia que tiene, porque, así como Dios quería ser representado en su ser de pastor por los patriarcas, profetas y reyes, ahora quiere también manifestar su pastoreo a través de nuevos pastores, a través, sí, de los obispos, de los sacerdotes que guían, que acompañan una comunidad, pero también a través de otros pastorcillos que pueden ser los padres de familia en relación a sus ovejas, que son sus hijos; o los maestros también pueden ser un buen pastor que guía a sus alumnos, o un empresario que tiene a su cargo muchos colaboradores.

Todos podemos ser también buenos pastores que guían a los demás si reflejamos la ternura, la compasión, la cercanía del gran Pastor. Y también podemos ser puerta de acceso a los demás, dar con nuestra vida un testimonio, que nosotros seamos una puerta de acceso a Dios para aquellos que nos tratan, para aquellos que conviven con nosotros.

¿Cómo hacer para discernir? En primer lugar, pensaba que observemos cómo hay pastores —sacerdotes, obispos, padres de familia, maestros, empresarios— que dejan morir a las ovejas. No van por la oveja perdida. Las dejan solas cuando están sufriendo. No viven en medio de las ovejas, las dejan perderse en vez de introducirse y ayudarlas.

Cómo es necesario aprender a ser oveja para poder ser buen pastor. Porque nadie puede obligar a otro a recorrer un camino que no conoce. Por eso va bien aprender a ser discípulo, aprender a ser oveja para después ser buen pastor. ¿Y cómo es una buena oveja? Escucha la voz del pastor, va haciendo familiar la voz del pastor con la oración, leyendo, meditando la Palabra de Dios, y así, familiarizándose con esa Palabra de Dios, puede distinguir su voz y entonces puede seguir al pastor, puede imitar al pastor, puede dar la vida como el pastor.

Este báculo representa el cayado del Buen Pastor. Esta parte curvita es para jalar a aquellos que se están saliendo del redil; esta parte recta para que se apoyen las débiles, las frágiles, las enfermas; y esta parte de abajo para empujar a las flojitas, a las que no quieren caminar. Pues tenemos que dejarnos empujar, atraer; debemos dejarnos ayudar para que después nosotros seamos aquellos que jalemos a los demás, en los que se pueden sostener los demás, en los que pueden esperar un estímulo, una orientación, un empuje en la vida.

Por eso pensaba que hay que ser buenas ovejas para ser buenos pastores, buenos discípulos para ser buenos misioneros.

Ahora, ¿cómo se puede pasar de una puerta falsa a la puerta verdadera, que es Cristo Buen Pastor? ¿Cómo distinguir? ¿Cómo discernir? Pensaba cómo es necesario enderezar la proa, que es la punta del barco, darle vuelta al timón, cambiar de ruta, es decir, conversión; no andarse metiendo en otras puertas, sino solamente en Jesucristo, que es el acceso al Padre.

Hay un término hebreo, teshuvá, que quiere decir recomenzar, reorientarse. El Papa Juan Pablo II decía que a cada suspiro se puede volver a empezar; es retornar, es volver a tocar la puerta verdadera que es Jesucristo.

Queridos hermanos, queridos seminaristas, queridos niños, jovencitos que nos acompañan el día de hoy: se nos ha presentado Cristo como el pastor bello, el pastor hermoso, ho poimên ho kalós. “Yo soy el pastor bello, auténtico, fascinante. Yo soy la puerta hermosa”. A través de Él accedemos a la shekiná, a la gloria de Dios.

Deseamos el día de hoy para ustedes que su vida sea bella, que su vida sea hermosa. Queridos seminaristas, que sean un reflejo vivo, una representación sacramental de Cristo, el Buen Pastor. Que quien se encuentre con ustedes, con cada cristiano, se encuentre con Dios, se encuentre con un acceso directo a la ternura, a la compasión, a la misericordia de Dios.

Pensaba finalmente cómo Cristo ha dado la vida por nosotros. Nosotros también hemos de querer dar la vida por Cristo. Por eso, repitan después de mí:
¡Cristo ha dado la vida por mí!
Cristo ha dado la vida por mí.
¡Yo quiero dar la vida por Cristo!
Yo quiero dar la vida por Cristo.

Y es que, fíjense, me preguntaba en esta reflexión: ¿qué es lo que hace que nuestra vida sea bella? Y es el hecho de dar la vida como el Buen Pastor. Por eso, no dudemos en seguir contemplando a Cristo, el pastor bello, esa puerta hermosa que es Él mismo, que nos da acceso a la gloria de Dios.