En la Catedral de Texcoco, los fieles se reunieron para celebrar el tradicional Te Deum de acción de gracias, con motivo de la conclusión del año 2025 y el inicio del 2026, colocando a Jesucristo como centro del tiempo y de la historia.

Durante la celebración, el Señor Obispo invitó a los fieles a mirar el año que concluye desde la fe, reconociendo tanto los momentos difíciles como las bendiciones recibidas, y a no pensar en “arrancar páginas” de la propia historia, al contrario, hay que asumirla íntegramente como parte del plan amoroso de Dios.

A la luz del testimonio de la Virgen María y de san Francisco de Asís, exhortó a todos los presentes a vivir una actitud de alabanza, discernimiento y confianza, descubriendo el “hilo de oro” de la voluntad de Dios incluso en medio de las pruebas personales y sociales vividas durante el año.

La celebración concluyó con una oración de alabanza en coro, agradeciendo los dones recibidos en el 2025 y pidiendo fortaleza y esperanza para afrontar el 2026 con espíritu de fe, comunión y abandono confiado en las manos amorosas de Dios.

Homilía
31 de diciembre de 2025

Estamos reunidos para acabar juntos el año viejo 2025 y comenzar juntos el año nuevo 2026, y para colocar al centro del tiempo que nos toca vivir a Jesucristo, que es el mismo ayer, hoy y siempre; a Jesucristo, que es el creador del tiempo, el que es el principio y el fin, el Alfa y la Omega, el Señor de la historia, de nuestra historia. Estamos aquí para colocar al centro del tiempo que nos toca vivir a nuestro Señor Jesucristo.

Estamos aquí para expresarle nuestro Te Deum, que quiere decir nuestra acción de gracias, nuestra apertura al tiempo que nos concede vivir como regalo.

Si el día de hoy hiciéramos una encuesta: ¿qué quitarías del año que concluimos?, ¿qué quitarías de lo que pasó en tu vida, en tu familia, en tu ambiente de trabajo?, ¿qué le quitarías al 2025?, ¿qué le quitarías a nuestro México?, ¿qué le quitarías del 2025 al mundo en que vivimos?

¿La guerra? Rusia contra Ucrania; Estados Unidos bombardeando; Venezuela; en Medio Oriente, Israel y Hamás. ¿Qué le quitaríamos al 2025? El choque del tren interoceánico; la red del huachicol en buques, trenes y pipas; delitos financieros; la violencia desenfrenada en Sinaloa, Guanajuato, aquí en el Estado de México.

¿Qué le quitaríamos? Los asesinatos de figuras públicas como Carlos Manso y de muchas otras personas inocentes que permanecen en el anonimato; la guerra de aranceles de Trump; la persecución y deportación de nuestros paisanos en Estados Unidos; la creciente contaminación del medio ambiente y la extinción de especies animales. ¿Qué le quitarías al 2025?

También hemos de reconocer que hubo buenas noticias. Por ejemplo, el Habemus Papam, que anunció la llegada del Papa León tras la muerte del Papa Francisco.

En mi caso, cuando el nuncio me anunció que el Santo Padre me pedía ser obispo de Texcoco, hubo nuevas noticias. Por ejemplo, los hermosos momentos que vivió cada uno. Al menos en mi caso, fue un bello momento, único, irrepetible, la bienvenida tan cálida que me dieron en un día tan frío cuando comencé mi ministerio episcopal aquí en Texcoco.

¿Quién no quisiera, ante todas aquellas cosas negativas, pasar la página? Es lo que queremos hacer cada que se desequilibran nuestras relaciones, nuestras finanzas, nuestros planes fracasados, nuestra salud deteriorada. Queremos pasar la página, que ya se acabe este año y que venga el nuevo; que se borre, como se borra con la goma, un error del lápiz.

Pero ¿cómo podemos borrar en la memoria, por ejemplo, esos momentos que nos han marcado? La muerte de un ser querido, el bello momento en que iniciaron una vida matrimonial. ¿Cómo borrar de la memoria cuando concluiste tu carrera o cuando tuviste un fracaso? ¿Cómo borrar de la memoria la herida de una traición de un ser querido?

Es una tentación pensar que se pueden arrancar de nuestra vida las páginas que no queremos, como se arrancan las páginas de un calendario. Pero todo deja su huella en lo profundo del corazón y forma parte de nosotros de manera indeleble, imborrable.

Hoy es un día en que podemos poner nuestra mirada en dos personas. La primera de ellas es María, y de ella podemos aprender mucho en este fin de año. Podemos aprender de María para asumir todo lo que ha pasado en el 2025 de manera correcta. Incluso esas cosas que quisiéramos borrar las podemos asumir de manera fructífera; es decir, nos podemos aprovechar de todo ello.

María fue tomada de improviso, desprevenida en medio de todo lo que le pasó. Ella es maestra en el silencio que sabe escrutar. Ella vivió cosas trágicas: el ángel le anunció que iba a ser madre del Redentor, y esto no era fácil porque estaba desposada con san José; vivió como migrante en Egipto; sabía que querían matar a su hijo; vivió el rechazo de su hijo; vio morir en la cruz a su hijo.

¿Y cómo nos enseña María a vivir todos esos momentos que consideramos trágicos? Ella escuchaba, ella escrutaba, descubriendo el sentido de la historia que Dios escribe para nosotros. Ella descubrió, en el silencio de las dificultades, la voluntad de Dios.

A nosotros, en medio de las crisis, se nos escapa el significado de las cosas. No descubrimos el hilo de oro de la voluntad de Dios. Con María aprendemos mucho: no hay que botar nada; más bien hay que retenerlo todo y tratar de comprenderlo dentro del cuadro grande, dentro del conjunto del plan de Dios y de la historia que cada uno está construyendo dentro de ese plan.

Es más, las páginas más dolorosas, más difíciles, más duras de entender, son páginas que dan vida. Son páginas que hay que leer y releer buscando la comprensión de nuestra vida, de nuestra historia, de nuestro caminar.

La otra persona que nos puede ayudar el día de hoy, al final de este año, es san Francisco de Asís. Él, en los momentos más tormentosos de su vida, hizo un repaso de todos los momentos de crisis y buscó en cada uno de ellos un motivo para alabar a su Señor, para agradecer a Dios, para abrirse a la alabanza, para hacer su Te Deum, su acción de gracias.

Seguramente siempre hay momentos de este año que estamos terminando que vamos a recordar como para quejarnos, como para querer derrumbarnos incluso otra vez. Pero san Francisco de Asís, al recordar todos esos momentos que golpearon su vida, quiso encontrar la mano de Dios, la mano amorosa de Dios en cada ocasión, en cada golpe de la vida, diciendo: “Laudato si’, alabado seas, mi Señor”.

Creo que la actitud de María y de san Francisco son las que podemos aprender y ejercitar en un día como hoy, 31 de diciembre. No caigamos en la rutina irreflexiva, viendo todo lo que pasa de manera superficial, como si Dios no estuviera ahí, porque no aprenderíamos nada en la vida. Hay que entrar en el corazón de Dios y buscar ahí su voluntad; buscar el hilo de oro que nos enseñará a valorar la vida y verla con nuevos ojos.

Por eso hoy hagamos una profunda toma de conciencia y busquemos los motivos para alabar a Dios, sin actitudes de víctima, quejándonos de todo, sino como personas de fe que saben captar el plan de Dios, que a veces nos supera y se nos hace incomprensible, pero que siempre nos involucra y hace que todo concurra para nuestro bien. Como dice san Pablo: todo contribuye para el bien de los que aman a Dios.

Todo viene pesado y medido por la amorosa mano de Dios, que quiere únicamente nuestro bien. Estamos en las amorosas manos de Dios y en mejores manos no podemos estar.

Siempre estuvimos en el 2025 en sus manos amorosas. Nos toca a nosotros ir descubriendo para qué fue todo esto, ir descubriendo cómo todo eso nos hizo crecer, nos hizo madurar. Todo viene pesado y medido por su amorosa mano. Basta —decía santa Teresita— reconocer la propia nada y abandonarse como un niño en los brazos del mejor de los padres.

¿Que hay mal en el mundo? Claro que sí. El demonio anda como león rugiente buscando a quién devorar. Pero a veces se nos olvida que dice Jesús: “Mi Padre trabaja y yo también trabajo”. Él está trabajando para hacer un gran bien. Se nos ha olvidado que Jesús dice: “Yo he vencido al mundo”.

Por eso vivamos este 31 de diciembre con espíritu de fe, con el corazón de María, que todo lo guarda en su corazón y no desperdicia nada de lo que va viviendo. Vivamos este 31 de diciembre con el corazón de san Francisco, que en el momento más doloroso de su vida entró en sí y escribió el Cántico de las criaturas.

Hazlo de modo personal el día de hoy, y también en tu hogar y con tus comunidades de vida. Que surja una alabanza a Dios como alabanza coral: “Alabado seas, mi Señor”. En la vida nunca faltarán las sorpresas de Dios, pero a veces estamos distraídos y no nos damos cuenta.

Te invito, querido hermano, el día de hoy a releer la vida, pero con el asombro de la fe. Hoy cerremos los ojos corporales y abramos los ojos de la fe para descubrir a Dios, descubrir tantos beneficios, tantas bondades, descubrir el proyecto de Dios para nuestra vida.

Por eso yo les invito en este momento a ponerse de pie. Les invito a que alabemos a Dios por este 2025 que estamos concluyendo.

Vamos a ir diciendo, junto con san Francisco, nuestro Te Deum. Vamos a ir diciendo: “Alabado seas, mi Señor”.

Alabado seas, mi Señor, por todas tus criaturas, porque has creado el cielo y la tierra, lo visible y lo invisible. Decimos juntos: porque tanto amaste al mundo que enviaste a tu Hijo, padeció, murió y resucitó por nuestra salvación.

Alabado seas, Señor, porque enviaste el Espíritu Santo, que nos santifica, que nos ilumina, que nos guía, que nos fortalece.

Alabado seas por tu santa Iglesia, por los sacramentos, porque te has querido quedar en un pedacito de pan como alimento, porque nos das el don de tu perdón en el sacramento de la Reconciliación.

Alabado seas por nuestros hogares, por nuestras familias, por nuestros amigos, porque no nos dejaste solos; al contrario, nos hiciste experimentar cuánto nos amas, cuánta ternura nos tienes, cómo nos cuidas, cómo nos proteges a través de tantos hermanos que fueron cercanos a nosotros.

Alabado seas, Señor, por la fe que nos mantiene ahora aquí, delante de tu presencia. Gracias, Padre, por todos los beneficios del 2025.

Fortalécenos para afrontar con fe el 2026. Alabado seas, mi Señor.

Y finalmente, alabado seas, mi Señor, porque te has querido quedar en un pedacito de pan y en un poco de vino, donde estás tú presente: cuerpo, sangre, alma y divinidad.

Alabado seas, mi Señor.