Lectio Divina

Domingo 26 de octubre de 2025

“En la Diócesis de Texcoco, nos reconocemos, valoramos 

y aceptamos como personas para ser casa y escuela de comunión”

El humilde es justificado ante Dios

Lc 9-14

Invocación al espíritu Santo.

Espíritu de verdad, enséñame a presentarme ante Dios con humildad. Quita de mí la vanagloria y la autosuficiencia, y hazme reconocer que todo es don, que sin ti nada soy ni puedo nada. Amén.

Lectura. 

Del Santo Evangelio según san Lucas, 9-14

En aquel tiempo, Jesús dijo esta parábola sobre algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás: «Dos hombres subieron al templo a orar; uno era fariseo y el otro publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior:

*Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todas mis ganancias’. El publicano, en cambio, se quedó lejos, y ni siquiera se atrevía a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: ‘Dios mío, ten misericordia de mí, que soy un pecador’. Pues bien, les aseguro que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se engrandece será humillado, y el que se humilla será engrandecido”.

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Indicaciones para la lectura.

Jesús nos muestra dos actitudes ante Dios: la soberbia y la humildad. Solo el que se reconoce pecador es justificado.

Pregúntate hoy desde qué lugar oras y cómo te acercas al Padre.

Meditación.

El fariseo no ora, se elogia. Su actitud cierra la puerta a la gracia. Se compara y desprecia. Cree merecer. ¿A veces oro así yo, creyéndome justo por mis actos religiosos?

El publicano no se justifica ni se excusa. Se presenta como es, golpeado por su pecado. Pero también confiado en la misericordia de Dios. Esa es la oración que agrada al Padre: la del corazón contrito.

Jesús concluye con una gran verdad: quien se engrandece será humillado. El Reino es para los humildes. Solo desde la verdad de lo que somos puede comenzar la acción redentora de Dios en nosotros.

Por esto, nos toca muy directamente la parábola del «fariseo y el publicano» que Jesús relata con trazos muy vivos y contrastantes, y que san Lucas nos refiere como algo muy propio de él (Lc 18, 9-14).

Como el fariseo, también nosotros podríamos tener la tentación de recordarle a Dios nuestros muchos méritos, esfuerzos y fatigas en orden a vivir en fidelidad a su santa ley. Pero, para subir al cielo, la oración debe brotar de un corazón humilde y pobre… Por tanto, también nosotros, al examinar nuestras vidas hemos de, ante todo, dar gracias a Dios, no por nuestros logros, sino por el don que El nos ha hecho al llamarnos a formar parte de su santa Iglesia, que es germen y anticipo del Reino de Dios. Nos reconocemos pequeños y necesitados de salvación, de misericordia.

Reconocemos que todo viene de Él y que sólo con su gracia se realizará lo que nos ha prometido. Sólo así podremos «volver a casa» verdaderamente enriquecidos, más justos y más capaces de caminar por las sendas del Señor… La primera lectura y el salmo insisten en el mismo tema, subrayando que es tanto más poderosa en el corazón de Dios cuanto mayor es la situación de necesidad y aflicción de quien la reza. «La oración del humilde atraviesa las nubes», afirma el Sirácide (35, 17). Y el salmista añade: «El Señor no está lejos de sus fieles y levanta a las almas abatidas» (Sal 34, 19).

Esta confianza consoladora en el Dios cercano, que libera a sus amigos, es la que testimonia el apóstol san Pablo en la segunda carta a Timoteo. Al ver ya cercano el final de su vida terrena, él hace un balance: «He luchado bien en el combate, he corrido hasta la meta, he perseverado en la fe» (2 Tm 4, 7). La experiencia del Apóstol es paradigmática para todo cristiano. De un corazón purificado -en paz con Dios y con el prójimo- han de nacer propósitos animados con el espíritu de las bienaventuranzas. (Benedicto XVI, Homilía, 24-X-2010)

Contemplación.

El Catecismo enseña que la humildad es el fundamento de la oración (2559). El corazón humilde abre la puerta al perdón y a la gracia. Solo el que se reconoce pecador se deja salvar.

Oración.

Señor, ten piedad de mí. No tengo méritos, pero confío en tu amor. Ayúdame a vivir desde la humildad, sin juzgar a los demás, sabiendo que todo viene de ti. Amén.

Propósito personal.

Oraré hoy con humildad y sinceridad de corazón.